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lunes, agosto 29, 2005 

La metamorfosis de Zeferina

Cuando llegamos a hablar Micaela y yo con Zeferina, nos encontramos que ahí estaba también Ontiveros, sujeto que se decía experto en exolingüística pero que vivía de decir la suerte con la baraja española. Zeferina estaba en su recámara, envuelta en una alfombra sobre la cama. Ontiveros estaba al pie de la cama en actitud de oración. Unas velas y unas pajas de incienso completaban el cuadro.


Al sentir nuestra presencia, Ontiveros se levantó y nos conminó a salir de la habitación.


—Maha Deva está en una importante fase de transformación y no la debemos interrumpir—, nos susurró con tono de gravedad, una vez que estuvimos en la sala.


—¿Cual majadera? ¿Y por qué tiene a Zeferina envuelta en la alfombra?—, preguntó Micaela.


—Maha Deva es el nombre espiritual de nuestra hermana que, como la larva, saldrá convertida en mariposa de esa crisálida.


Debí haberlo sospechado. El río revuelto que traía Zeferina en la cabeza resultaba para Ontiveros una magnífica oportunidad para pescar y seguramente no la iba a desaprovechar por razones tan banales como la ética. Lo que no alcanzaba a explicarme era cómo había llegado ese tipo a controlar a Zeferina al grado de tenerla inmóvil varias horas, envuelta en una alfombra. Decidí hablar con su madre.


—Es que me dijo que él la puede ayudar a que esas visiones sean más claras y puedan ayudar más a la gente—, me explicó la madre, un poco acongojada—. Ya ve lo que le pasó a doña Meche con el Rayo Veloz.


—¡Pero ese tipo es un charlatán y un farsante!—, repuse, suponiendo que ese argumento sería suficiente para que doña Matilde lo expulsara de su casa sin más miramientos.


—Pero es que también me dijo que conoce a un productor de Televisa, que pueda ayudar a mi Zefe a tener su programa de televisión, como las niñas de Rebelde.


Tuve que rendirme ante ese razonamiento tan contundente: ¿qué madre no haría hasta lo imposible para que a sus retoños se les abrieran las puertas de la fama y la fortuna? Salí de allí decidida a hablar con la tía Asunta y revelarle lo que me había contado Zeferina.


domingo, agosto 28, 2005 

Zeferina tiene visiones

Las tensiones entre Zeferina y el padre Néstor aumentaron cuando la muchacha empezó a tener visiones proféticas. La primera profecía se refería a la muerte del Rayo Negro, el perro de doña Mercedes, la portera de su edificio. Doña Meche se acongojó mucho cuando se enteró de la visión, pues ella adoraba a su perro, un dálmata totalmente negro, muy raro y "muy fino, con pedigrí", como repetía a cada ocasión.










El rayo negro era una extraña raza de dálmata

La segunda visión fue el derrumbe de la panadería donde trabajaba Felipe, lo cual alarmó profundamente no sólo a su dueño, sino también a los vecinos, que temían resentir también los daños.


Después de anunciar esas dos catástrofes, Zeferina cayó en el mutismo total, se encerró en sí misma y no volvió a proferir palabra en varios días. Fue entonces cuando vino a verme una comisión formada por el padre Néstor y la tía Asunta, que en realidad resultaba tía abuela de Zeferina.


—Por el bien de la muchacha, y para evitar más problemas en la colonia, necesitamos que nos diga qué fue lo que le dijo Zeferina—, me lanzó el padre Néstor, mientras la tía Asunta encendía su puro.


El tono conminatorio del padre Néstor me resultó muy desagradable, pero tuve que reconocer que tenía algo de razón. La colonia ya se había dividido entre quienes creían a pie juntillas las palabras de Zeferina y quienes las ponían en duda o abiertamente se burlaban de las pretensiones de "esa falsa profetisa". Incluso ya había habido conatos de enfrentamiento entre los dos bandos que habían dejado un saldo de varias ventanas rotas a pedradas.


—Esto no puede seguir así—, intervino la tía Asunta, mirándome agudamente con sus pequeños ojos, que entrecerraba al inhalar el humo del puro—. Si usted no habla, será cómplice de cuanta catástrofe nos pueda ocurrir.


Yo me debatía entre mi obligación para con Zeferina y mi deber civil. Era cierto que doña Meche, por cuidar al Rayo Negro, prefería dejar abierta la puerta del edificio. Así, unos días antes alguien había aprovechado la situación para subir a la azotea y robarse la ropa de los tendederos. Asimismo, don Octavio se quejaba de que la gente ya no quería ir ni por bolillos, pues temía ser víctima del anunciado derrumbe de su panadería.


La gravedad del problema me impedía darles una respuesta inmediata, así que prometí tratar de hablar primero zon Zeferina y luego ir a ver a la tía Asunta, pues después de la nefasta reunión en la oficina del padre Néstor, prefería evitarlo. Tras varios alegatos, logré que se fueran, no muy convencidos de la sinceridad de mis palabras.


sábado, agosto 27, 2005 

Los peligros del celular

Desde que llegó a trabajar conmigo, Micaela seguía rigurosamente un ritual al llegar a mi casa: sacaba su celular del morral y lo colocaba encima de la mesa del comedor o la barra de la cocina, para tenerlo al alcance "en caso de emergencia". Nunca oí que sonara, más que una vez que fue número equivocado, y otra, cuando su mamá le habló para preguntarle dónde había dejado unas ollas de su cocina. Y cuando yo traté de hablarle por cualquier razón, invariablemente me respondían que el número estaba fuera del área de servicio. Pero más bien se trataba de que Micaela por lo general lo traía apagado, "para ahorrar pilas".


Ya que Micaela cuidaba de su celular como su bien más preciado, me extrañó que este miércoles no lo dejara al alcance de la mano. Al rato, francamente intrigada, me decidí a preguntarle.



—¡Uy, seño Yina! ¿A poco no sabe?—, me preguntó sinceramente extrañada.


—¿Qué es lo que no sé?


—Pues que los celulares dan cáncer en la cabeza y además, luego los hijos salen mutantes.


—¿De dónde sacaste esa idea?—, le pregunté más bien para confirmar, pues ya me estaba sospechando por dónde iba la cosa.


—Pues ya hasta me lo mandaron en un imeil... ¿a poco usté no sabía?


Sí sabía o, mejor dicho, sí me había llegado esa cadena por correo electrónico respecto a las mortíferas y peligrosísimas radiaciones que se transmiten por los teléfonos celulares. Pero jamás se me habría ocurrido darles ninguna credibilidad.


—Por eso yo mejor ya no lo uso. Lo dejé alzado en el cajón de mi burot y le quité la pila para que no me vaya a hacer daño.


Ya no quise discutirle. Después de todo, no le haría mal prescindir del aparato pues, a final de cuentas, muy poco era el servicio que le daba. Recordé unas palabras oídas a un maestro, que decía que hay gente que hace lo correcto por error. La mente funciona de manera tan extraña, que Micaela era capaz de convertirse efectivamente en mutante por pura sugestión. Y creo que el mundo no está preparado para eso.


viernes, agosto 26, 2005 

La vi allá (6)

Sentí mucha ternura al ver los esfuerzos que hizo Marisela para que nuestra segunda cita fuera "perfecta". Estuvo bastante bien, he de decir, a pesar de lo que ocurrió al final. Primero fuimos al cine, a ver Daredevil con Jennifer Garner. Me sentí muy a gusto disfrutando un churro holivudense sin tener que soportar las prejuicios ideológicos de Renata que, para empezar, jamás habría ido a ver una película como ésa. Después fuimos a echarnos unos tacos al Tizoncito y por último pasamos por una botella de Cazadores para rematarla en su departamento de la Narvarte.


Todo iba de maravilla y yo estaba contando con pasar la noche ahí, hasta que llegó Clara, una amiga con la que Marisela había estado saliendo antes y que por lo visto no había recibido el memo de que ya no era bien recibida en esa casa. Nunca me expliqué cómo fue que Marisela se enganchó con esa mujer, una trailerona a la que sólo le faltaba escupir y tener panza cervecera para lograr su ideal de parecer hombre. La misma Marisela no me lo pudo explicar muy bien. Cuando yo la conocí, ella traía un rollo autodestructivo muy fuerte, estaba cayendo en la anorexia y esa relación simplemente completaba el cuadro.


La Clara trató de actuar como el señor de la casa, ofreciéndose a rellenar los caballitos, despatarrándose en el sillón y tratando de abrazar a Marisela en cuanta oportunidad se le presentaba. Era evidente la incomodidad de Marisela con su presencia que, además, no daba luces de terminar. Decidí recortar mis pérdidas y despedirme. Marisela salió a acompañarme al coche y aprovechó para disculparse por tan inopinada interrupción.


Al día siguiente me llamó para volver a disculparse y darme más explicaciones, insistiendo en que ya tenía tiempo que no salía con Clara y que no se explicaba cómo fue que llegó esa noche. Yo no lo sentí necesario, pero la dejé pues sentí que más que disculparse quería desahogarse. Me invitó nuevamente a su casa esa misma noche cuando, dijo, ya no seríamos interrumpidas.


¡Dios! ¡Cómo hacía frío esa noche! Con todo que llevaba abrigo y bufanda, sentía el aire helado que me atravesaba ropa, piel y grasa hasta cortarme los huesos. El departamento de Marisela estaba en la planta baja pero de todos modos, el trayecto del coche a su puerta bastó para volver a congelarme. Adentro, sin embargo, estaba bien calientito, gracias a un calefactor que había estado funcionando desde hacía varias horas.


Quisiera decir que esa noche había luna llena, o una importante constelación, pero no lo sé. Lo único que puedo decir es que había magia en el ambiente, en esa sala donde acabamos sentadas en la alfombra, rodeadas de cojines, hablando de algo que no recuerdo pero que terminó en un apretado abrazo. La sentí suave. Así como he sentido mujeres duras, Marisela era suave, flojita, flexible, y en ese abrazo su cuerpo se amoldó al mío como si nos hubiera diseñado un mismo tornero.


La siguiente sorpresa fue su olor a ajo. Cuando yo llegué en la tarde, ella se acababa de bañar. Estaba oyendo un disco de los Pretenders, un grupo que yo nunca había oído, y salió a abrirme en la bata de baño, al ritmo de Dont' Get Me Wrong. Sus movimientos naturales parecían seguir los de la canción y su imagen llena de gracia se me grabó junto con esa pista sonora. En todo caso, ya no le dio tiempo de ponerse perfume y así pude descubrir su olor natural. Excitante.


Y por último, al besarla me llevé la sorpresa de descubrirla fresca, a pesar de que yo me la había imaginado de labios calientes. Abrigadas ya sólo por la temperatura del calefactor, decidimos que sería mejor irnos a la recámara. Allí me esperaban aun más sorpresas.


Cuando me desperté a la mañana siguiente, Marisela ya había preparado el café y había ido a comprar pan dulce. Desayunamos entre miradas de contento y sonrisas de complicidad. Poco después me despedí pues tenía bastante trabajo pendiente en la casa. Y, claro, quedamos de hablarnos para ponernos de acuerdo y vernos en la noche. Salí de ahí como a las diez de la mañana y, de regreso a mi casa, pasé a un Sanborn's a buscar otros discos de los Pretenders.


 

Tortas de chicharrón

A nadie le sorprendió que el compadre Medrano cayera desplomado en pleno parque. Con 125 kilos de peso, en la colonia era conocido como el inventor de las tortas de chicharrón con chorizo y además, por sus excesos etílicos, era frecuente verlo dormido en alguna de las bancas de ese mismo parque.


Pero esa vez sufrió un infarto, del que pudo salvarse gracias a la rápida intervención de los médicos y, sobre todo —al menos eso decía él— por la milagrosa intercesión de la Virgen de Guadalupe, de la que era devoto desde que Juan Pablo II expresara su predilección por esa advocación mariana.


—Estos son avisos—, gustaba de repetir después de salir de terapia intensiva—. Y Dios nos los manda para que corrijamos el camino.


Y así fue. Para asombro de todos y consternación de don Elías, el cantinero, el compadre Medrano dejó de tomar. Lo veíamos pasar con una botella de agua —consumía cuatro litros al día—, enfundado en unos pants y cargando una maletita rumbo al gimnasio. Ah, claro, porque el compadre Medrano se metió al gimnasio a bajar de peso. Pasaba cerca de dos horas allí, entre bicicleta, caminadora y otros aparatos de ejercicio cardiovascular. Además, reemplazó sus famosas tortas por ensaladas y carne asada. Se levantaba al alba y salía a correr rumbo al gimnasio. En la noche no se desvelaba. Y, por supuesto, dejó de fumar.


—Definitivamente, el cambio del compadre Medrano es un milagro de la Virgen—, comentó alguna vez el padre Néstor al referirse al caso en su homilía dominical. Y lo repitió varias veces más, para remachar su valor ejemplar, dirigiéndose a los más descarriados de la colonia, que solían congregarse cerca de la puerta.


En efecto, el cambio era por lo menos sorprendente. En cosa de tres meses, el compadre Medrano había perdido como quince kilos, era asistente del entrenador del equipo de futbol de la iglesia y, quizá debido a que ya no faltaba a su trabajo por irse de borracho, lo habían ascendido en su compañía.


Cuando el compadre Medrano llegó a su meta de 90 kilos hizo una fiesta para celebrarlo. Claro, sólo se sirvieron aguas de frutas, mucha ensalada y pechugas de pollo a las brasas. En su mayoría, los señores se sintieron ofendidos de que se les invitara a una fiesta sin alcohol y no se quedaron ahí más de media hora. Luego supimos que se habían ido a celebrar por su cuenta con don Elías, que los recibió encantado, pues temía que cundiera el ejemplo del compadre Medrano.


Pero no todos se fueron. Rigoberto el mecánico fue uno de los que se quedaron, no tanto por solidaridad con el compadre Medrano, sino por celar a Martina, su novia, que años antes había sido pretendida por el festejado. En ese tiempo fue fama que la Martina lo había rechazado precisamente por su aspecto, pues ella, que era menudita, temía morir aplastada en la noche de bodas. Ahora que se había eliminado el obstáculo, Rigoberto temía que volvieran a encenderse los rescoldos de la pasión de antaño.


Y con justa razón. En una ida que dio al baño, al regresar al patio encontró a los dos bailando muy acaramelados. Rigoberto siempre fue hombre de pocas palabras. Así que sin abrir la boca fue a su coche, de donde regresó blandiendo un tubo. Y sin decir agua va, le partió el cráneo al compadre Medrano. De ese golpe, ¡ay!, ni los médicos ni la Virgencita pudieron salvarlo.


Lo velamos antenoche. Su madre, muy acomedida, nos ofreció de las tortas que tanto le gustaban al difunto. Después los señores sacaron las anforitas y brindaron por su eterno descanso. Algunos sacrílegos incluso llegaron a decir que el velorio estuvo más animado que la fiesta. Yo no sé. Me fui poco antes de que Martina trajera el radio y todos se pusieran a bailar.


jueves, agosto 25, 2005 

La vi allá (5)

La siguiente cita con Gina fue un desastre. Aunque empezó bien, estuvo a punto de terminar en tragedia. Primero fuimos al cine y de regreso pasamos al Tizoncito a cenar. Y antes de llegar a mi casa, compramos una botella de tequila para platicar a gusto.

Y así fue. Acomodadas en la sala, descubrí que a Gina también le gustaba la astrología y estuvimos hablando de signos y horóscopos, de algunos libros que habíamos leído en común, de películas, de programas de televisión, de nuestras vidas. Me llamó la atención cuántas cosas teníamos en común: las dos habíamos tenido problemas en la escuela, habíamos experimentado con el sexo más o menos a la misma edad con nuestras amigas de la secundaria pero, sobre todo, el hecho de que constantemente estuviéramos en busca de una relación, como si no pudiéramos estar solas.

Todo iba bien, en realidad, hasta como a las dos de la mañana cuando, sin avisar, llegó Clara. Tengo que aclarar que Clara y yo no éramos novias, ni la consideraba mi pareja ni mucho menos. Para mí era una amiga a la que veía cuando no tenía nada más que hacer, aunque últimamente había notado en ella cierta actitud posesiva que ya me resultaba irritante. Además, mi relación con ella era demasiado conflictiva, si no es que de plano destructiva. Clara tenía la capacidad de sacar mi lado más obscuro y en no pocas ocasiones yo la había humillado, cosa que ella parecía disfrutar. No había ningún lazo afectivo al menos de mi parte y de hecho yo ya estaba pensando en decirle que no quería volverla desde antes de conocer a Gina, aunque no me había atrevido a hacerlo.

Aunque sí noté que Gina se sacó de onda por la llegada de Clara, lo disimuló bastante bien. Como si nada, Clara se sentó a mi lado y empezó a hablar de su trabajo. Luego resultó que tenía conocidos en común con Gina, de una editorial en la que habían trabajado las dos en distintas fechas. Así que cuando me fui a la cocina a preparar unas botanas, las dejé en la sala platicando muy animadamente.

Como a las cuatro de la mañana, Gina dijo que ya se iba. Yo deseé que Clara aprovechara el momento para irse también pero, por el contrario, dijo muy tranquila que ella se quedaría a pasar la noche conmigo. Eso acabó de irritarme por completo. Todo el tiempo había estado actuando como si ella fuera la de la casa, como si yo fuera su propiedad, acercándose a mi para abrazarme, ponerme la mano en las piernas y otros gestos con los que trataba de decirle a Gina que ella tenía derechos sobre mí.

Cuando nos quedamos solas, Clara me reclamó que hubiera salido con Gina y que la hubiera invitado a la casa. Sólo eso me faltaba para sacar todo el coraje que yo traía con ella y, totalmente fuera de mí, aproveché para reprocharle todo, desde su forma de vestir tan hombruna hasta que hubiera llegado a mi casa sin avisar. Creo que nunca le había gritado tan fuerte a nadie. Y Clara no se la esperaba. Desconcertada, empezó a gimotear y a rogarme que la perdonara, que lo que pasaba era que me quería mucho, que yo era todo en su vida, que no podría vivir sin mí y otras cosas así de cursis. Acabó por darme lástima y la dejé que se quedara conmigo aunque, claro, no se atrevió a acercárseme en la cama y cada quien durmió en su lado.


miércoles, agosto 24, 2005 

Confesión con el padre Néstor

El padre Néstor me mandó decir con su monaguillo que quería hablar conmigo. Yo respeto mucho a los hombres de fe, así que no pude dejar de asistir a la parroquia para saber de qué se trataba el asunto, pues el recado que me dio el muchacho fue bastante parco.


—Que dice el padre Néstor que si puede ir a hablar con él a la parroquia.


Tenía curiosidad pues, como yo no soy su parroquiana, no me imaginaba de qué quería hablar conmigo. Recuerdo que mi abuela usaba velo para ir a misa, mucho tiempo después del concilio en el que, según ella, "se había traicionado el verdadero espíritu de la misa". ¿Tendría que llevarlo ahora para hablar con el cura o podría presentarme vestida de civil? Por si las moscas, me fui de falda larga, blusa abotonada hasta el cuello y me eché una mascada en la bolsa por si me la pedían a la entrada.


Entré en la oficina, que estaba en penumbras, llena de muebles viejos, algunos cuadros y un viejo calendario en las paredes y montones de papeles por todos lados. El ambiente sombrío y decadente me recordó la oficina de los detectives privados de Hollywood y me sentí en una novela de Sam Spade. El padre Néstor estaba de espaldas, viendo algunas cosas que tenía en una credenza, abajo de un ventanal. Al oírme entrar, sin embargo, no se volteó y me empezó a hablar sin mayores rodeos.










El padre Néstor tenía un extraño parecido con algún actor de cine

—Tengo entendido que Zeferina fue a hablar con usted—, me soltó con una voz monótona y nasal.


Lamenté no haber nacido 60 años antes, pues tenía la sensación de estar en la película del Halcón maltés. En esta versión tercermundista, el padre Néstor podría ser Humphrey Bogart y yo, Mary Astor. Esperé a que se diera la vuelta para responder, pensando que traería sendas copas en las manos y que me ofrecería una. Pero no, lo que había sacado del cajón era una bolsa de Nachos, de la que se puso a comer copiosamente, sin siquiera convidar.


—Así es—, repuse sin querer extenderme mucho antes de saber qué se traía entre manos este hombre de mirada dura y gesto receloso.


—Como sabe, le ha dado por decir que está embarazada del Espíritu Santo, lo cual es una blasfemia a Nuestra Santísima Madre. Le ruego me informe qué fue lo que le dijo, pues no puedo permitir ese tipo de conductas en mi parroquia.


—No puedo traicionar la confianza de Zeferina... ¿por qué no le pregunta usted mismo?


El padre Néstor me echó una mirada que sacaba chispas, pero supongo que alguno de los votos sacerdotales implica no maldecir, por lo que siguió hablando con su voz mesurada.


—Eso fue lo primero que hice, pero la muchacha no me quiere decir nada—, admitió no sin cierto resentimiento.


Se levantó del asiento, tomó un pañuelo que estaba encima del escritorio para limpiarse la grasa de los dedos, y con todo respeto tomó una bufanda delgada que colgaba de un perchero y se la puso en el cuello.


—Me puede hablar con confianza; yo respeto el secreto de confesión—, dijo al volver a sentarse.


Luego me enteré que esa bufanda que se puso se llama estola y representa la facultad de celebrar los sacramentos, en este caso, el de la confesión. ¿Tendría que ponerme la mascada para confesarme? ¡Qué diablos! ¡Claro que no me iba a confesar este curita! A mí no me tizna nadie, ni en miércoles de Ceniza.


—Lo siento, pero no puedo. Si ella no quiere decirle nada a usted, sus razones tendrá. Y como veo que está usted muy ocupado—, dije levantándome—, no le quito más su tiempo. Con permiso.


Al cerrar la puerta tras de mí, oí claramente una maldición.


lunes, agosto 22, 2005 

Zeferina hace contacto

Hace unos meses, Zeferina, la hermana de Micaela, estuvo desaparecida dos semanas. Los primeros días sus papás no se preocuparon, pues supusieron que se habría ido con su novio, como ya había hecho otras veces. O que se habría ido a Apaseo, donde a veces trabajaba en casa de doña Mercedes y de donde regresaba muy satisfecha, con un buen dinerito. Pero esas veces no llegaba a dilatar más de cuatro o cinco días. Así que esta vez, a los diez días de desaparecida, su familia sí empezó a alarmarse.


Pero Micaela no parecía preocuparse mucho por la suerte de su hermana.


—De seguro ya se fue al otro lado; siempre hablaba de irse al otro lado. ¿No hasta se pintó el pelo de güera quesque para que la confundieran con gringa?



Y en apoyo de su teoría, Micaela citó el hecho de que Zeferina había vuelto a sus clases de inglés.


—Chance y hasta ya se pescó un gringo por allá.


Por el tono supuse que las dos hermanas de por sí no se llevaban muy bien. Pero no quise ahondar en el tema pues tenía mucho trabajo pendiente y ya sabía que las pláticas de Micaela podían ocupar toda la mañana.


Cuando regresó Zeferina, a las dos semanas, contó una historia extraordinaria: había sido secuestrada por extraterrestres, que se la llevaron a bordo de un platillo volador a un planeta desconocido, donde la sometieron a numerosas pruebas clínicas. Después de borrarle la memoria de esos días, dijo, Zeferina fue devuelta en una milpa, no muy lejos de donde para la Flecha, así que pudo regresar sana y salva a su casa.


A mí la historia me pareció bastante contradictoria. Primero porque no creo en visitas de extraterrestres; en segundo lugar, porque si efectivamente le borraron la memoria, ¿cómo es que recordaba haber estado en una nave espacial alienígena? Pero yo no quise meterme en ese delicado asunto. Sobre todo cuando, tiempo después, resultó que la muchacha estaba embarazada y ella empezó a asegurar que debía ser obra del Espíritu Santo pues ella seguía siendo virgen.


—¿No habrán sido los extraterrestres?—, me preguntó en una ocasión Micaela, a quien por primera vez vi preocupada por su hermana. Pero supongo que la mirada que le eché no fue suficiente para convencerla de que era inútil que insistiera en esa idea.


—¿Y si tiene un hijo extraterrestre? ¡Ay, no, qué feo! Imagínese que saliera como el i ti...


En esos momentos yo estaba trabajando en un difícil texto de química, para el que necesitaba toda mi concentración, así que decidí no hacer caso de las interrupciones de Micaela que, escoba en ristre, estaba recargada en el quicio de la puerta de mi estudio. Pero finalmente me di por vencida, pues ella seguía divagando en voz alta, impidiéndome distinguir entre ácidos y sales, así que apagué la computadora y le pedí que aprovechara para darle una barrida al estudio.


Ahí no paró la cosa, claro. Días después, las dos chicas fueron a verme pues Zeferina tenía "unas revelaciones" y yo, claro, como periodista, era la más indicada para recibirlas. Ahí fue cuando lamenté no haberle hecho caso a mi abuelo, que quería que me metiera de corista del Blanquita. No porque me viera con grandes dotes para la farándula, sino porque calculaba que así él podría tener la entrada franca al burlesque. Pero ya estoy divagando. El relato de Zeferina, en efecto, fue estremecedor pero, por desgracia, ya se me está acabando el espacio, así que lo dejaré para otra ocasión.


domingo, agosto 21, 2005 

Micaela quiere ropa

El otro día, Micaela me pidió un aumento de sueldo porque, dijo, quería comprarse uno de los vestidos que doña Marta iba a vender en subasta. Cuando le pregunté de dónde había sacado esa idea, por toda respuesta me enseñó un arrugado recorte de periódico que traía doblado en un bolsillo del pantalón. Era un periódico viejo con el que me habían hecho un cucurucho al comprar chiles en el mercado. Seguramente Micaela no se fijó en la fecha y pensó que lo de la subasta de ropa de Martita estaba vigente.


—Es que mire nomás la ropa que traigo—, añadió a modo de justificación. En efecto, traía unos pantalones de mezclilla deslavados, los únicos que le he visto desde que empezó a trabajar conmigo hace varios meses.



—¿Y para qué quieres esos trajes de doña Marta?


—Pus nomás imagínese lo que ha de ser traer puesta su ropa, ¿no? Se ha de sentir una muy importante...


Además de la rigurosa desinfectada y del exorcismo que tendría que practicarle a esa ropa, no me imaginé qué más podría yo hacer con ella. Yo admiro a nuestra Primera Dama como puedo admirar a cualquier otra mujer intrigante y oportunista que ha sabido cumplir sus ambiciones, pero de ahí a seguir su payo gusto en materia de guardarropa, hay mucha distancia que no pienso recorrer.


—¿Y cuánto tendría que aumentarte para que te pudieras comprar uno de esos trajes?—, le pregunté siguiéndole un poco la corriente.


—No mucho, seño. ¿No vio que dice ahí que doña Martita regaló su ropa para la beneficiencia? No pueden darla muy cara. Con que me aumente a cien pesos el día yo creo que sí acabalo.


Por supuesto que le di el aumento. También le di unos pantalones que ya no uso, para aliviarle un poco la frustración cuando sepa del fraude que fue la dichosa subasta de ropa. Y cuando yo vaya al mercado la próxima semana, seguramente Micaela podrá entererarse de las últimas novedades.


sábado, agosto 20, 2005 

La ví allá (4)

No sé porqué me enganché con Marisela. Bueno, sí sé, pero sería muy complicado de explicar. Creo que lo que más me gustó de ella fue su simplicidad. No se complicaba para nada la vida, muy a diferencia de Renata, cuyas angustias e incesantes cuestionamientos llegaron a colmarme la paciencia (de hecho, supongo que esos cuestionamientos fueron los que hicieron que me dejara para regresar con el novio con el que anduvo antes de conocernos). Y no es que Marisela fuera tonta; era más lista de lo que aparentaba y quizá su misma inteligencia le advirtiera que no se complicara la vida.

El caso es que esa noche en el bar del María Isabel me la pasé muy a gusto con ella. Por fin encontraba con quién platicar de los programas de televisión sin tener que hacer la crítica epistemológica, ni situarlos en el contexto ideológico-coyuntural. No me malinterpreten, no soy anti-intelectual, disfruto de un buen libro de análisis del discurso como cualquier persona. Tampoco soy fan de la tele. Simplemente me sentía liberada de la necesidad de asumir poses, como me pasa cuando estoy con mis amigas, a las que siento demasiado preocupadas por mantener su imagen de mujeres de avanzada, progres y lectoras de La Jornada, en pocas palabras. Además, sí, claro que Marisela se veía preciosa con el conjuntito que traía y yo estaba encantada de platicar ante una cara tan linda.

Me sentí muy cómoda y, como suele sucederme en esos casos, me dio un ataque de logorrea y no me paró la lengua en toda la noche. Pero a Marisela no pareció importarle que no soltara el micrófono; más bien al contrario, parecía deleitarse con todo lo que yo decía y creo que eso fue una parte importante de mi gancho con ella. Con el tiempo me daría cuenta que la admiración mutua desempeñó un papel muy importante en nuestra relación. Admirábamos en la otra lo que no teníamos: una verdadera atracción de los opuestos.

Sin embargo, me pasé buena parte del tiempo conteniéndome para no verme muy lanzada, muy ansiosa de saborear esos labios, de acariciar su piel y sentir el ardor que despedía en forma natural. Ya estaba escarmentada con esas relaciones relámpago y ahora tenía ganas de explorar antes de lanzarme. Esa noche, la neurona le ganó a la hormona y llevé a Marisela a su casa, donde la dejé sólo con la firme promesa de volver a vernos.


 

Silvia busca nuevos aires

Hace unos días me encontré a Silvia, desconsolada porque había terminado con Felipe, el panadero. Su desconsuelo le venía no sólo por haberse quedado sin pan gratis para la merienda de toda su familia, sino sobre todo, dijo, "porque en la colonia no hay nadie que valga la pena". Creo que con esto quería decir que a ella ya no le quedaban más candidatos que explorar. Las famas que circulaban por la colonia aseguraban que ya se había metido con todos los prospectos disponibles, por lo que le dije que quizá ya fuera hora de buscar nuevos aires.


Sólo que no me imaginé a dónde iba a buscar esos nuevos aires. Poco después vino a verme para que la ayudara a registrarse en una de esas "páginas de amigos, en el Internet". Tras una breve advertencia sobre los peligros que implica relacionarse con desconocidos (breve porque ella estaba ansiosa de empezar, no porque sean pocos los riesgos que se corren), nos metimos a corazonessolitarios punto com, que ofrecía la ventaja de ser gratuito. Sentada ante mi computadora, ella misma llenó el formulario, describiendo a su príncipe azul y describiéndose también a sí misma. Cuando terminó, me dijo que le tomara una foto en bikini, "para tener más chances de agarrar algo".


Sin hacer caso de su petición, le dije que me dejara ver lo que había puesto en su perfil.


—Qué bien—, le dije—. No sabía que ya estabas en la carrera.


—Bueno, todavía no, pero a lo mejor para cuando conozca a alguien ya por lo menos terminé la secu.


—Ni tampoco sabía que hubieras viajado tanto a Europa...


—Bueno, eso sí le adorné un poco... La semana pasada fuimos con mi familia a Celaya, ¿no se acuerda que le comenté?


Ya no quise detenerme en los atributos que exigía a su "fiel compañero para toda la vida", como llamaba al afortunado que para ser el objeto de su afecto tenía que cubrir una larguísima lista de requisitos. Le deseé la mejor de las suertes y le recomendé un cibercafé que está en la otra cuadra y que cobra cinco pesos la hora. No fuera a ser que la muchacha además quisiera abonarse conmigo para venir a chatear con sus galanes.


Con todo, reconozco que me quedé con la curiosidad y, al día siguiente, me volví a meter a ese sitio para ver su perfil con más detenimiento. La primera sorpresa fue que el lugar de la foto, que originalmente había quedado vacío, ahora estaba ocupado por el rostro de Shakira. Y que sus cualidades se habían multiplicado para abarcar el dominio de varios instrumentos musicales e idiomas.


—Es que así tengo más chances—, me explicó en la tarde, cuando me la encontré de salida del cibercafé—. Es más, ya recibí varias respuestas.


—Mmm... pues a ver qué pasa cuando se conozcan en persona.


—Este, bueno... pues para eso quería ir a verla ahorita—, me dijo con un dejo de vacilación que no pudo más que inquietarme. De momento no supe qué responder, así que ella tomó mi silencio por consentimiento y siguió hablando.


—Es que ya me escribió un niño que está soñado... ¡igualito a Brad Pitt! Pero... ¿ya ve que no hay que pagar nada por inscribirse? Pero entonces, lo que pasa es de que, para contestar, 'ora sí que me piden que pague y, pues, quería ver de que si me prestaba su tarjeta para pagar y poder contestarle.


 

Amo a Gmail

Para contrarrestar un poco los ataques a su racista política migratoria, el departamento de Estado de Estados Unidos, a través de su Servicio de Naturalización e Inmigración, organiza cada año una lotería en la que el premio son 50 mil tarjetas verdes, los documentos que les permiten a los extranjeros residir y trabajar legalmente en Estados Unidos.


Como todo sorteo, claro, éste tiene sus reglas, y una de ellas especifica que para participar en él es necesario ser ciudadano de un país con muy bajo índice de migración a Estados Unidos. Es decir, aquellos países que hayan enviado a más de 50 mil inmigrantes en los últimos cinco años, no tienen derecho a concursar. México, por supuesto, es uno de ellos, de lo que se sigue que ningún mexicano puede entrarle a esta tómbola, establecida por el congreso estadounidense con el fin de "diversificar" la inmigración. De hecho, el nombre oficial de esta lotería es el de "visas de diversidad". Ya ven cómo son los gringos, tan amantes de la diversidad que quisieran que todos fueran como ellos. Y tan hipócritas también, claro.


Yo por eso amo a Gmail. Sin decirle nada, sin tener que configurarlo, solito sabe cuándo me están enviando spam y me lo manda a una carpeta donde no estorba. Pero ayer tuve curiosidad de ver qué tanta basura había recibido y me encontré con la novedad de que yo me había ganado una de estas visas. Bueno, al menos eso decía la línea de asunto. La verdad, en un periodo de dos semanas recibí varios mensajes de la misma organización, que responde al nombre de USAFIS.



  • 2 de agosto.Primer mensaje en el que me explican lo que es la lotería de visas.

  • 7 de agosto.Segundo mensaje en el que me invitan a participar.

  • 8 de agosto.Tercer mensaje en el que me invitan a participar, esta vez en español, por si no entendí el mensaje anterior que estaba en inglés.

  • 11 de agosto.Cuarto mensaje en el que me aseguran que esto no es un sueño y que puedo realizar la ambición de mi vida, que estos ingratos suponen que es la de vivir en un estado policiaco y una sociedad racista.

  • 15 de agosto.Quinto mensaje en el que me dicen que "me quieren de vuelta" en Estados Unidos y me ofrecen 15 dólares en mercancía (¿qué mercancía? Misterio, eso no lo aclaran).

  • 15 de agosto.Sexto mensaje, recibido el mismo día que el anterior, pero éste en inglés, instándome a llenar mi solicitud.

  • 19 de agosto.Séptimo mensaje, ¡en el que me felicitan porque fue aprobada la solicitud que nunca mandé!.


Repito: amo a Gmail. Al abrir cualquiera de estos mensajes me advertía que los vínculos que contenía podían ser peligrosos. Existe algo que llaman phising y que no entiendo muy bien aunque tengo la idea de que sirve para robar información del usuario en determinados sitios Web. No sé a quién puedan interesar las zonzeras que tengo en mi disco duro. Pero en todo caso son mis zonzeras y no me gustaría que alguien anduviera husmenado por aquí.


Revisar la carpeta de spam, además, me permitió enterarme de muchas otras ofertas y oportunidades que se me han ofrecido. Claro, no tengo mi futuro financiero cifrado en la posibilidad de desfalcar el erario nigeriano, como me han propuesto varias personas, ni mi satisfacción sexual en adquirir Viagra a bajo costo. En esto de separar la mies de la cizaña electrónica, puedo asegurar que Gmail es excelente.


viernes, agosto 19, 2005 

La vi allá (3)

Cuando la volví a ver, una semana después, supe de inmediato que no era una mera coincidencia. Digo, porque además de la casualidad de encontrarnos dos veces seguidas, ahora ella estaba en la zona que a mí me tocaba atender. ¿No era eso una señal muy clara de que había algo? Entonces, a la primera oportunidad que tuve me acerqué a ella y la saludé como si nada, tratando de disimular el nerviosismo que me causaba su mirada tan profunda.


Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que ella también me recordaba de la vez anterior y que al rato ya estábamos platicando de grandes cuatas. Me encantó su naturalidad, su desenvoltura (Carlos siempre me dice que, para ser modelo y edecán, soy demasiado tímida) y sobre todo su audacia de pedirme el teléfono para invitarme a salir "un día de estos". Yo misma se lo apunté en su agenda y, cuando ella lo leyó, puso una sonrisa que me hizo sentir mariposas en la panza... bueno, un poco más abajo en realidad.


Me habló al día siguiente, como al mediodía. Lo bueno que esa noche Clara no se había quedado conmigo y así tuve libertad de platicar con ella un buen rato. Era periodista, hablaba idiomas y por lo visto había leído mucho. Después me adivinó que yo era géminis y me estuvo diciendo cosas de mi signo, que eran bien ciertas. Por fin quedamos de vernos esa misma noche en el lobby bar del María Isabel. La tarde se me hizo eterna.


Al día siguiente desperté con una sensación extraña: había estado platicando y tomando toda la noche con Gina y, sin embargo, no acabamos en la cama. Como a las tres de la mañana ella me vino a dejar a la casa, nos despedimos apenas con un tierno besito en los labios y eso fue todo. ¿Estaba perdendo mi encanto? ¿Es que ella no me deseaba? No, no era posible; había visto en ella signos de que sí quería, pero... Decidí que la próxima vez que nos viéramos sería en mi casa, para tener más intimidad. Cosa rara, después, cuando me estaba bañando, me descubrí cantando en la regadera.


jueves, agosto 18, 2005 

Una carrera promisoria

Dejo a los especialistas la tarea de descubrir y analizar las semejanzas entre Brozo y Krusty. Yo prefiero hablar ahora de lo que me vino a comentar Silvia, una vecina de la colonia. Primero tendría que explicar que aquí en mi colonia me conocen como "la escritora", pues cualquiera que sea vista con un libro bajo el brazo, y de quien se corra el rumor de que trabajó en un periódico, pasa por leida y escribida en un país de ciegos.


Entonces, el otro día Silvia vino a verme para exponerme una idea que, dijo, le rondaba la cabeza desde hace años. Decidí escucharla pues me pareció encomiable que la muchacha entretuviera una idea tanto tiempo en su cabecita. En efecto, a sus 19 años, la chica ya está por terminar la secundaria abierta, de la que desde hace más de un año dice que "sólo me faltan tres materias"







La escritora en ciernes

—Quiero escribir una historia y necesito que usted me ayude, seño Yina—, me dijo en cuanto se acomodó en el sillón de la sala, sacando unos papeles de su morral.


"Vaya", pensé, "una escritora en ciernes y rival en potencia. Muy bien. A ver si habiendo otra escritora en la colonia, las señoras dejan de venir a pedirme que les escriba las cartas a sus maridos que se fueron al otro lado."


—Es la historia de un amor imposible—, continuó explicando Silvia—. Son dos jóvenes que se enamoran, a pesar de pertenecer a familias rivales. El odio que hay entre sus familias impide su unión y los chicos acaban suicidándose.


Hecho este breve resumen, Silvia me clavó la mirada, en espera de mis comentarios. No supe qué decir, así que fui a la cocina por el café. Cuando regresé con las tazas, ella ya había encendido un cigarro y su actitud revelaba que seguía esperando mi respuesta.


—Es una historia muy bonita—, acerté a decir—. Pero creo que ya está escrita.


—¡Pinche Felipe! Cuando le conté mi idea le pedí que no se la fuera a decir a nadie—, dijo aludiendo al hijo del panadero, con el que los rumores la vinculaban afectivamente.


—No, no fue Felipe—, atajé para evitar una ruptura sentimental—. Esa historia la escribió un escritor inglés hace cuatro siglos. ¿No te suena Shakespeare? ¿Romeo y Julieta?


Silvia se me quedó viendo con los ojos bien abiertos, como buscando la respuesta atrás de mi cabeza.


—La verdad—, dijo bajando la mirada con pena—, ando muy mal en inglés. Es una de las materias que me faltan.


Sentí un poco de pena por Silvia y no le quise cortar las ilusiones. Después de todo, es muy limitado el número de temas sobre los que se puede escribir. ¿Por qué no alentarla a que explorara una nueva perspectiva sobre el ancestral tema del amor imposible? ¿Quién era yo para cortar en agraz lo que podría ser una promisoria y fructífera carrera literaria? Decidí hacer todo lo que estuviera a mi alcance. Le pedí que me acompañara al videoclub de la colonia, y ahí renté Romeo y Julieta de Zefirelli para que le sirviera de inspiración. Prometió verla esa misma noche y regresar para comentarla.


Muy puntual, eso sí, Silvia llegó al día siguiente en la mañana. Una extraña transformación se había operado en ella: la mirada se veía más confiada y la sonrisa más franca. ¿Qué había pasado?


—No, seño, ni se imagina el churrote que es esa película. Qué bueno que la vi, porque ahora creo que es bien absurda. Para empezar, ¿a quién se le ocurre irle a pedir consejos de amor a un padrecito? Y para variar, es el que la cajetea durísimo, cuando la da el veneno a la chava. No, no, le digo que de plano se me quitó la idea de escribir esa historia. Ahora me siento más liberada, ¡muchas gracias!


No dejé de sentir pena en el fondo, al ver que yo había colaborado para matar un sueño de tanto tiempo. En mi defensa podría decir que era mejor que Silvia se olvidara de esa idea y se ocupara de cosas más reales. Además, ¿no veía yo lo contenta que estaba ella de verse libre de la necesidad de contar una historia mil veces contada? Sí, de plano era mejor así. Me sentí aliviada y tuve la convicción de haber hecho una buena obra.


Días después me volví a encontrar a Silvia en la panadería, donde estaba echando novio con Felipe. Al verme, de inmediato se dirigió hacia mí.


—Seño Yina, ya se me ocurrió otra historia y necesito que me ayude. Es acerca de un señor que, de tanto leer novelas de caballería, se vuelve loco y se cree caballero andante. ¿Cuándo puedo ir a verla otra vez?



miércoles, agosto 17, 2005 

No tires la sal, Micaela

Hoy en la mañana, Micaela tiró un salero que estaba en una repisa. En lugar de recoger la sal que se había derramado, lanzó un grito y vino corriendo a verme.



—¡Ay, seño Yina, ya le tiré la sal y sabe qué vaya a pasar!—, me dijo desde la puerta de la recámara que uso de estudio. Al levantar la vista y verla, lo primero que pensé fue que deberían de contratarla de asesora para las películas de Halloween o la calle del infierno, pues el gesto de terror que traía en la cara se lo hubiera envidiado el mismísimo John Carpenter para cualquiera de sus churros de horror.

—Límpiale, Mica, ¿pues que puede pasar?

Con la mirada suspicaz, volteando para todos lados, Micaela se acercó a la mesita de la computadora donde yo estaba trabajando.

—Es que tiré... ¡la sal!—, me volvió a decir en un susurro, como temorosa de que la misma sal la fuera a escuchar.

—Pues recógela—, le respondí también en voz baja, un poco por burlarme de ella, pero sobre todo para respetar la solemnidad que había impuesto con su tono.

Micaela aguzó los ojos, como me he dado cuenta de que hace cuando está pensando y un ligero escalofrío me recorrió la columna: me estaba analizando para ver si me estaba burlando de ella o si de veras no le concedía importancia alguna al hecho de derramar la sal.

—¿No sabe que es de mala suerte tirar la sal?—, me preguntó aún asustada—. Una vez que mi mamacita tiró la sal, se murió mi Tata.

Micaela ya me había contado la historia de su Tata, que en realidad era el abuelo de su madre, muerto a la nada desdeñable edad de 104 años. Los médicos dijeron que había muerto por un paro respiratorio sobrevenido mientras dormía; los vecinos decían que se había ido de viejo, pero la familia sabía que la muerte del Tata había sido provocada por la imprudencia de volcar un salero.

El estado de ánimo de Micaela no se prestaba a razonamientos, así que le inventé que prendiera una veladora y rezara tres avemarías para conjurar el maleficio (y sobre todo para que me dejara seguir trabajando en paz).

La oí allá en la cocina, el devoto susurro de las oraciones repetidas mecánicamente me hizo pensar en aquella frase, tantas veces oída, de quien afirma que no es supersticioso, pues eso es de mala suerte. Claro, supongo que por el temor de que nos caiga la maldición gitana, nosotros mismos estamos más propensos a sufrir accidentes que confirmen la superstición. Recordé el teorema de Thomas, estudiado en algun curso de ciencia política... ¿cómo era eso de la profecía que se cumple a sí misma? ¿Qué habrá sido del profesor Mojitos? Sí, ese chileno que siempre se quejaba del calor, pero que nunca se quitaba un chaleco tejido, de color ya indefinible. Y de su asistente, la chavita aquella que siempre tenía el pelo como grasoso y pegado al cráneo. Repulsivo.

El grito de Micaela me sacó de mis reflexiones, cuando estaba a punto de llegar al tema de las relaciones impronunciables que se decía mantenían el profesor Mojitos y su asistente. Llegué corriendo a la cocina y encontré a Micaela chorreando sangre de una mano, apretándosela con la otra, un reguero de sal en el suelo y virutas de veladora por todas partes. El arma punzocortante causante de la herida no se veía por ninguna parte, aunque más tarde la encontré abajo de un sillón de la sala, sin poder explicarme cómo llegó hasta allá.

—¿Qué te pasó?—, pregunté tratando de no perder la calma y de recordar si el botiquín lo tenía en la cocina o en el baño.

—¡Es la sal... me cayó la sal!—, fue la única respuesta que pudo articular Micaela.

Una vez que le desinfecté la cortada y le puse una bandita (en realidad no fue tan grave como parecía), Micaela me explicó que después de prender la veladora y rezar sus oraciones, había querido reforzar el conjuro, trazando un pentagrama en el suelo con la misma sal y encendiendo más velas. Y ahí fue dónde: para sacarle el pabilo a una vela había agarrado un cuchillo que, mal blandido, había causado esta minitragedia doméstica. Y luego, casi contenta de demostrarme que tenía la razón, me soltó:

—¿Ya vio cómo sí es de mala suerte tirar la sal?.


martes, agosto 16, 2005 

La vi allá (2)

Desde el momento en que la vi acercarse, supe que su nombre era peligro. Ella me dijo que se llamaba Marisela, aunque también le decían Daniela y algunas, más afortunadas, la habían llamado reinita al temblar en sus brazos. Los ojos acerados, la piel blanquísima, el pelo negro y una sonrisa que desarmaba cualquier argumento se me hicieron reconocibles y traté por todos los medios de encontrar en el caos de mis neuronas el recuerdo de haberla visto. Ya estaba llegando a los rincones más remotos de mi memoria sin haber encontrado nada, cuando ella misma se encargó de sacarme de dudas.



—¡Hola, ¡qué casualidad que nos volvamos a ver!—, me dijo con una confianza que después comprobaría que no sólo reservaba para mí—. ¿Te acuerdas, la semana pasada en Procter?


¡Claro! Ella fue la edecán que se me había acercado cuando estaba yo de ociosa en la barra aquella noche. De cerca se veía aun mejor: su piel era alabastrina, como hubiera dicho Agustín Lara de haberla conocido, y sus formas esculturales, como digo yo repitiendo un lugar común. Era más o menos de mi misma estatura y talla. "Mmm... podríamos compartir la ropa... eso es bueno", pensé, figurándome ya una vida en común.


—Sí, claro que me acuerdo. ¿Y aquí qué haces?


De inmediato me arrepentí de haber formulado pregunta tan boba. Era obvio, ¿no? La agencia la había enviado al evento de hoy, al igual que la envió al de la semana anterior. Pero yo siempre he sido muy tarada para iniciar conversación con la gente que me interesa y conscientemente evito la pregunta más idiota de la tarde: "¿Qué música te gusta?" (o su variante en boca de quienes quieren pasar por cultos: "¿Qué música te agrada?"). Afortunadamente, Marisela no captó el faux pas y respondió como si nada.


—Pues trabajando, ¿qué otra? ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?


Su respuesta tan estándar me devolvió el aplomo. Después de unos minutos, calculé que había llegado el momento de pedirle el teléfono, "a ver si salimos a algún lado", a lo que ella respondió con entusiasmo. Ella misma me lo escribió en la agenda, por lo que pude notar el enorme círculo con que puntuó la i de su nombre. Recordé de mis estudios de grafología que eso indicaba inseguridad, proporcional al tamaño del círculo. Pero yo ya había apagado mi sistema de alarma y no hice caso a lo evidente. "¿Qué vas a hacer con una niña así?", me preguntó una voz en mi interior. "Ya lo verás", respondió sonriendo mi libido, "ya lo verás."


domingo, agosto 14, 2005 

David se enfrenta a Goliath a galletazos

El otro día recibí por mail en mi mail un mail que no sólo me daba una receta de galletas, sino que me exhortaba a que se la enviara a cuanta gente pudiera, dizque para derrotar a una malvada empresa y demostrarle que los latinos también podemos, cuando los "americanos" (sic) se quieren pasar de listos.

¿Les suena conocida la historia? Bueno, el mensaje asegura que se trata de una historia verídica, que le ocurrió a un empresario mexicano de visita en Dallas. Le cedo la palabra a nuestro anónimo hombre de industria:

Mi hija y yo acabábamos de terminar una ensalada en el Neiman-Marcus en Dallas (Neiman-Marcus es una tienda por departamentos muy exclusiva y cara en EE.UU), y decidimos pedir un pequeño postre. En vista de que ambos somos amantes de las galletas, acordamos probar las galletas "Neiman-Marcus".






Con este pequeño párrafo se me prendieron varias señales de alarma. ¿Qué mexicano considera que las galletas son un postre? Y, sobre todo, ¿qué mexicano "acuerda" con su hija qué postre pedir en un restaurante? Pero, bueno, quizá podemos pasar por al alto estos detalles de estilo, para que no digan que por deformación profesional les concedo excesiva importancia. Prosigamos con el relato:

Las galletas eran tan exquisitas que pregunté si podían darme la receta a lo que la mesera respondió con una pequeña mueca: "Me temo que no." "Bueno", dije, "¿me permitiría comprar la receta?" Con una sonrisa encantadora, ella dijo que sí. Pregunté cuánto costaba y ella respondió "dos cincuenta". "Es un gran trato" dije con aprobación, "cárgalo a mi tarjeta".


Otra vez se enciende el foco rojo con esa expresión de que "es un gran trato", traducida literalmente del inglés "it's a great deal". Un mexicano hubiera dicho: "No hay pedo, está barato." Claro, quizá nuestro empresario estudió en Harvard y está acostumbrado a pensar en inglés, como les ocurre también a los políticos, así que hagamos a un lado ese detalle y continuemos con la historia:

Treinta días después recibí mi estado de cuenta de Neiman-Marcus por un total de $285.00. Revisé nuevamente y recordé que sólo había gastado $9.95 por las dos ensaladas y aproximadamente $20.00 en una bufanda. Al buscar más abajo en el estado de cuenta, decía: "Receta de galletas: 250.00". "Eso es una locura", pensé. Llamé al departamento de cuentas de Neiman-Marcus y expliqué que la mesera me había dicho que eran "dos cincuenta"; lo que bajo ninguna interpretación de la frase significa doscientos cincuenta dólares. Los de Neiman-Marcus se negaron a negociar. Dijeron que no me harían ningún reintegro; pues, según ellos "lo que la mesera dijo no es nuestro problema, ya usted leyó la receta, así que de ninguna forma le devolveremos su dinero".


Y como toda cadena que se respete, después viene la petición de que le ayudemos a joder a la malvada empresa, difundiendo la receta de las galletas, así como para que nadie más la vuelva a comprar y la tienda pierda una fuente considerable de ingresos. (Sí, claro, con esa estrategia, pronto Neiman-Marcus estará de rodillas y rogando que no se difunda la receta de sus galletas.)

Confieso que mis sospechas (sí, soy medio paranoica pero, ¿qué esperaban después de haber sido fan de Los expedientes secretos?) se convirtieron en curiosidad, y así me di a la tarea de investigar un poco la veracidad y el origen de esta historia.

Lo primero que se vino abajo fue la veracidad, precisamente. El dicho empresario mexicano, el David que quiere derrotar al Goliath de Neiman-Marcus, definitivamente no existe. La historia, como lo revela la desmañada traducción que sufrió, se originó en Estados Unidos. Y no precisamente en Neiman-Marcus. La primera referencia documentada de esta leyenda data de 1948, en un libro de recetas en el que viene la del pastel de chocolate de 25 dólares, llamado así porque eso fue lo que pagó una señora por la receta a bordo de un tren. Después ella se dedicó a difundirla entre todas sus amistades para fregarse al abusivo pastelero-ferrocarrilero.

La misma historia se atribuyó años después, en los sesenta, al hotel Walford-Astoria de Nueva York, en la que el objeto de la receta seguía siendo un pastel. A fines de los setenta, es cuando aparece convertido en galletas, también de chocolate, de una tal Mrs. Fields. Después se le atribuyó a unas tiendas llamadas Marshall-Fields y finalmente, en los noventa, a Neiman-Marcus.

Parece que a los monitos de la tienda les divirtió tanto esta historia que ahora la aprovechan para hacerse un poco de publicidad. No sólo niegan haber vendido la receta, sino incluso la ofrecen gratis en su sitio Web y también, cosa curiosa, le piden al lector que la difunda. Lo que no se dice en esa página es que antes de que se propalara esta leyenda no había lo que se llama una "galleta de chocolate Neiman-Marcus". La tienda la sacó después de que se hubiera corrido este rumor, precisamente para aprovecharlo.

¿Con que el David mexicano quiere vencer al Goliath trasnacional, eh? No sé quién empiece este tipo de cadenas ni qué objetivo persiga al hacerlo. Lo que es evidente es que no es el objetivo declarado. No es la venganza del débil, que pide ayuda a los demás débiles para derrotar al poderoso (y con lo que los demás débiles se sienten buenos al colaborar). Si alguien quiso perjudicar a Neiman-Marcus, lo que logró fue exactamente lo contrario: le hizo el favor de ponerlo en el centro de la atención y de darle una buena idea de mercadotecnia. Vistas así las cosas, ¿no habrá sido la misma tienda la que inició esta cadena?


 

Eres grande, Micaela

Una de las ventajas de vivir con alguien —además del abrigo natural nocturno— es tener a quién echarle la culpa cuando se pierden las cosas. Yo no soy muy dada a los números, pero la calculo que al día pierdo un promedio de media hora buscando cosas: las llaves del coche, los cigarros, el control de la tele, mi bolsa... en fin, cualquier objeto es susceptible de extraviarse y lo más frustrante del caso es no poder gritar:


—¿Dónde dejaste las llaves del coche?


En efecto, al vivir sola, ese grito carece de sentido pues nadie lo va a responder. Y no hay nadie a quien culpar de que la bolsa esté en el buró de la recámara y no en la sala como pensábamos.


Por eso me encantan los jueves. Y es que los miércoles viene Micaela a hacerme la limpieza. Como llega en la mañana, cuando por lo general yo estoy trabajando, ella se las arregla como puede para acomodar las cosas que estén fuera de lugar. Y entonces, al día siguiente, sí puedo gritar:


—¿Dónde carajos se le habrá ocurrido a Micaela guardar el tapetito del sushi?


Los jueves se duplica el promedio de tiempo dedicado a buscar cosas. Aunque tengo una alacena para recipientes de plástico y otra para vidrio, al parecer Micaela no distingue entre uno y otro material y guarda las cosas donde Dios le da a entender. Y supongo que ha de ser atea, pues por lo visto Diosito no le manda ninguna señal que le indique dónde va cada cosa.



Pero las cosas de la cocina no me preocupan mucho, pues sé que si no están en una alacena, estarán en alguna de las otras dos. O en el horno (donde por un tiempo le dio por guardar los botes de yogur). O en la puertita de la vajilla, donde en un principio guardaba los cubiertos, supongo que por pensar que, si en la mesa van juntos, igualmente deberían guardarse juntos. Incluso llegó a guardar trastes en el refri.


—Micaela, ¿por qué está esta olla en el refri?— le pregunté una vez que entré a la cocina por una coca, mientras ella terminaba de trapear la sala.


—Pus es que tiene cosas...


En efecto, el día anterior había hecho un espagueti en esa olla y después de usarla le eché agua para que no se pegara la salsa y fuera más fácil lavarla. La buena de Micaela pensó que esa sopa debería ir en el refri para que no se echara a perder.


Lo que realmente me quita el sueño es que un día desaparezca el control de la tele y me quede sin la posibilidad de cambiar de canal desde la comodidad del sofá. Y con la necesidad de soplarme los anuncios que, gracias al control remoto, ahora me puedo evitar. Por lo menos quitándoles el sonido.


Fuera de eso, tengo que decir que Micaela es grande y pedirle a Dios que me la conserve por mucho tiempo. Lo que le pago es sólo una fracción de lo que me cobraría un terapeuta que me aliviara la angustia de no poder gritar:


—¿Dónde pusiste las llaves, Micaela?


sábado, agosto 13, 2005 

La vi allá (1)

Ella estaba de pie, de espaldas a la barra y acodada, una de sus largas piernas extendida, la otra flexionada, descansando el pie sobre el riel de la barra. Una postura muy masculina, pensé al verla, sólo le faltaban las pistolas para parecer matón de película de vaqueros. Pero no, en realidad no era así. El pelo rojo cenizo le caía a los hombros, la mirada aunque felina dejaba entrever una chispa de dulzura y las redondeces de sus caderas, oprimidas en unos pantalones negros, marcaban un fuerte contraste de feminidad. ¿El balance perfecto?

Yo era una de las edecanes del evento y tenía justificación para acercarme a ella y preguntarle si no se le ofrecía nada. Su sonrisa al verme iluminó la sala. Sí, se le ofrecía un whisky... ¿Otra cosa? No, no por el momento, me sonrió pícara. ¿Me había adivinado las intenciones o así era siempre?

El evento terminó sin que tuviera otra oportunidad de acercarme a ella. El mugroso de Carlos siempre quiere que atienda a la gente de importancia, o sea, viejitos enfadosos que sólo quieren meter mano. A ella la divisé a lo lejos, en un grupo heterógeneo en el que obviamente resaltaba por su pelo, sus formas y sobre todo por su porte. Se había ido a otra área del salón que no me correspondía atender a mí y no tuve forma de averiguar quién era. Y esa noche imaginé que Clara era ella y dormí a gusto.


viernes, agosto 12, 2005 

Una historia ejemplar


Voy a contar una historia que me contó una amiga, y que me pidió que publicara aquí para que sirviera de ejemplo y advertencia a las muchachas que, como ella, pueden ser presa fácil de gente sin escrúpulos. Eso sí, Gabriela Montes Aguilar (RFC MOAG 850303-5W2) me pidió el más estricto anonimato, pues no quiere que su papá se entere. Así que si ustedes conocen a la chica de la foto, no le vayan a decir nada a su familia, pues no quiero traicionar su confianza.


Uno de los grandes problemas de Gabriela es que tiene la convicción de ser la reencarnación de Angelina Jolie.





—Pero, ¿sabes que Angelina esta viva, verdad?—, le pregunté en una ocasión.


—¡Claro! Y que diosito nos la conserve viva por muchos años más.


—¿Y sabes cómo funciona esto de la reencarnación? Alguien se muere y su espíritu regresa en otro cuerpo.


—¿Crees que no lo sabía? Yo sí iba al catecismo de las monjas.


Su tono era tan sincero que acabó por convencerme de que efectivamente ella era la reencarnación de la Jolie. Bueno, pero no quiero distraerme con otras cosas. A continuación el relato textual de esta chica, a la que simplemente llamaremos "G" para respetar su anonimato.


—Todo empezó cuando conocí a Carlos Aguado, que creo que estaba acomplejado con ese apellido, porque todo en él era bien duro: dura la mirada, duros los labios, duro el apretón de manos, duro todo, pues. Lo conocí en el Cinemex, en la premiere de... ¿Se vale decir marcas comerciales?


—Claro, zonza, si no estamos en Televisa. Tú síguele.


—Bueno, pues cuando me lo presentó Roberto, Carlos luego luego lo sentí lanzado. Y sí. Lo primero que me dijo que era un pecado no lucir lo que Dios me había dado. La verdad, de entrada no le entendí, porque en la escuela las monjas nos decían que Diosito nos había dado todo lo que veíamos... ¿qué tenía yo que lucir?
Cuando me explicó a qué se refería, si me dio un poco de pena, porque cuando las monjas nos llevaban al balneario no nos dejaban usar más que trajes de una pieza, pues los bikinis eran pecado. ¿Entonces? ¿Lucirlo era pecado o no? ¿A quién le iba a creer?


—Pues sí, estaba difícil la decisión, la mera verdad. ¿A quién creerle en materia de pecado? ¿A las monjitas que viven de eso (no del pecado, sino de apartarnos de su camino) o a un vividor que se dedicaba a reclutar chavas para casas de citas disfrazadas de agencias de edecanes y modelos? Mmm...


—No me interrumpas que me cortas la inspiración. Bueno, el caso fue que me dio su tarjeta y me dijo que fuera al día siguiente a casa de madam Cocó. Y ya ella acabó de convencerme con sus argumentos. En pocas palabras, me dijo que si de todo modos lo hacía, era mejor que me pagaran por hacerlo. Pues la verdad sí me puso a pensar. Yo ya me quería salir de la escuela para entrar a trabajar y ganar algo de dinero, y el trabajo que me ofrecía madam Cocó pagaba bien. De todos modos, primero quise ir a consultar con las monjas, a ver qué me aconsejaban.


—Muy buena jugada, claro: irles a preguntar a las monjas que, al menos en teoría, se supone que no deben saber nada de las prácticas sexuales. Es como ir a preguntarle a Fox cómo se gobierna un país.


—Dijiste que no hablara nada de política y ya saliste con tus cosas. Y si me sigues interrumpiendo, me voy.


—OK, ya síguele.


—Bueno, de todos modos, de camino a la escuela pensé que mejor no les preguntaba a ellas... Oye, ¿estas segura de que esto va a ser anónimo?


—¡Claro, tontita! Mi blog no lo lee nadie. Es el lugar más seguro para hacer confesiones de todo tipo. Es más, para que veas, yo también voy a hacer una revelación estremecedora: soy adicta a la coca de dieta.


—¡Cabrones colombianos! Piensan en todo. Bueno, entonces le sigo. Camino a la escuela, a donde iba para consultar con las monjas mi decisión de trabajar con madam Cocó, decidí pasar a casa de Carlos y decirle que sí de una vez. Él se puso muy contento y me llevó a una casa allá por la colonia del... ¿también puedo decir nombres de colonias? ¿Sí? Bueno, la casa estaba muy bonita eso sí. Hasta me sentí en ésa en la que se metió a trabajar Salma Hayek en El callejón de los milagros. Se veía que había harta lana y pensé que de perdida algo me iba a tocar de todo eso.
Y así fue. Los señores que iban me trataban muy bien, me daban propinas espléndidas, me compraban ropa, me llevaban de viaje y me hacían muy buenos regalos. Madam Cocó era una ternura de mujer y todas las chicas que trabajábamos con ella la queríamos como a una madre. ¿Carlos? Bueno, una vez acostumbrada a su dureza, él llegó a ser como un verdadero hermano para mí. Me aconsejaba, me cuidaba y siempre tenía alguna palabra cariñosa.


—A ver, un momento, un momento... Me habías dicho que tenías una historia desgarradora que podía servir de ejemplo y advertencia. Y yo aquí veo que te fue muy bien.


—Así es. Lo que yo quiero advertirles a todas mis amiguitas que me estén leyendo es que no les hagan caso a las monjas. Porque la verdad es que allá en la casa de madam Cocó se la pasa una re'bien. Y si quieren mayores informes, no dejen de visitar su sitio Web, en www.madamcoco.com. Ahí mismo pueden llenar su solicitud y...


—Vaya, qué pena, se nos acabó el espacio. Pero espero que en otra ocasión volvamos a tener el gusto de contar con la presencia de Gabriela. Por lo pronto me despido deseándoles a todos muy buenas noches.


miércoles, agosto 10, 2005 

Una verde mirada

Creo que sólo lo vi una vez: sentado en una banca de piedra adosada al muro de adobe. Su traje negro contrastaba con la pared encalada. Parecía un fotografía en blanco y negro. El único destello de color eran sus ojos verdes, profundos en las cuencas sumidas, brillantes sobre su tez blanquísima, realzados por un enorme bigote que llevaba engomado, con las puntas para arriba. El traje brillaba de lo usado y al chaleco le faltaban varios botones. El nudo de la corbata se le había aflojado y le llegaba a medio pecho: una corbata de franjas diagonales azules y blancas, anchísima que se le hubdía torcida en el chaleco. Los zapatos estaban sucios y, aunque no se viera, se adivinaba un agujero en uno de ellos, quizá el que tenía las agujetas desatadas. Entre las manos nerviosas llevaba un sombrero, también negro. Y su cabeza destocada estaba coronada por una melena de pelo rebelde, negro, negrísimo, diría, como renegando de la edad que revelaban las arrugas del rostro.

Esa es la imagen que tengo de él, que no sé porqué se me quedó grabada de verlo tan sólo una vez. Tampoco hablé con él. Con sólo verlo de reojo, cuando me bajé del camión, me di cuenta de que estaba frente a un asesino. Y cuando le puse los ojos encima, mejor dicho, cuando él me traspasó con su mirada verde, comprendí que había venido a matar al cacique Tolentino.

No me asustó la idea. De hecho, esa ansia de venganza flotaba en el pueblo desde hacía muchos años, desde que el cacique había acaparado el agua de los Amates, el río que pasaba al lado del pueblo. No pocas familias habían tenido que abandonar sus tierras, yermas, comidas por el sol y el calorón del Bajío, debido a la imposibilidad de cultivarlas. Esas mismas tierras volvían a florecer una vez bajo el control del cacique.

No, no me asustó la idea de que este hombre viniera a matar al cacique. Pero por ahí en el fondo me pareció detectar una ligera emoción en alguna fibra del corazón. ¿Me estaba alegrando? No quise detenerme a analizarlo en ese momento. Me repegué a la pared de la terminal, tratando de que las columnas de los portales me ocultaran de esa mirada verde. Seguí mi camino tratando de no voltear. De no pensar que pronto el cacique Tolentino yacería en el polvo alimentado con su sangre, el cráneo o el corazón perforados con una bala, o traspasados por un cuchillo. No, mejor una bala. Una bala que saliera lentamente del cañón de la pistola, para que el cacique tuviera tiempo de darse cuenta de que iba a morir. De que le quedaban unas fracciones de milésima de segundo para encomendar su alma a dios o al diablo.

No estaba asustada, más bien estaba agitada cuando llegué a la casa. La puerta del zaguán estaba abierta, los perros ladraban inútilmente en el patio de atrás, donde estaban amarrados, las gallinas corrían ciegas de un lado a otro, cloqueando quejas incomprensibles. Uno de los puercos estaba sentado a la entrada de la casa, mirándome fijamente con sus ojitos muy juntos, quizá pidiéndome una explicación que nunca le podría dar.

Sí, ahí estaba tirado en el patio central, junto a la fuente que tanto orgullo le causó mandar instalar. Su sangre todavía seguía corriendo, formando arroyitos que desembocaban en un charco brillante bajo el sol, lleno del zumbido de las moscas. Su mirada vidriosa no me permitió averiguar si había tenido tiempo de darse cuenta. Tendido boca arriba, el limpio balazo en la frente le había causado, misterios de la anatomía, un chorrete de sangre que le salía de la boca, entreabierta, donde sus dientes podridos se perdían tras el borbollón sanguinolento. Entonces aceleré el paso para ir a buscar en la casa una sábana con la que cubrir el cuerpo del que había sido mi marido durante treinta años y que se había convertido en el cacique Tolentino desde que lo obligué a desviar el agua del río para quedarnos con las tierras que colindaban con las nuestras.


martes, agosto 09, 2005 

Comunicado de prensa

La Unión de Fabricantes de Productos Dietéticos, Adelgazadores y Similares, en combinación con la Asociación Nacional de Vendedores de Ilusiones, va a presentar una demanda a los productores de la megaserie Lost por difamación, libelo, exposición al ridículo y lo que resulte de las investigaciones correspondientes.

Wannabe Skinny, portavoz de la mencionada Unión, expresó en conferencia de prensa que el sector de la industria que representa no está de acuerdo en que el personaje de Hurley en la mencionada serie siga pesando lo mismo, después de una larga temporada varado en la isla.

"Las personas que vean esa serie pueden tener dudas fundamentadas acerca de la utilidad de las dietas para adelgazar", manifestó el vocero quien, sin embargo, no precisó si tienen contemplado entablar acción penal contra J.J. Abrams, creador y productor de la serie televisiva.

"Cualquier persona sometida a una dieta baja en carbohidratos y rica en proteínas, como la que siguen las personas varadas en esa isla, debería haber bajado de 15 a 20 kilos en una temporada", precisó. "El hecho de que este personaje mantenga su enorme volumen a lo largo de toda la temporada vuelve inútiles todos nuestros esfuerzos de mercadotecnia: la gente, siempre tan impresionable, ya está dudando de la efectividad de nuestros sistemas reductores de peso."

El vocero aseguró que las ventas de AstroDiet, SlimFast y otros productos de la Unión han caído en 30 por ciento desde que se inició el programa. "Esto pone en peligro los empleos de miles de trabajadores dedicados a ayudar a la gente a alcanzar su sueño de estar delgada", advirtió. "Por no hablar de la salud financiera de las empresas."

Por otra parte, Skinny deploró el estreno de la serie "Fat Actress", con la actriz Kirstie Alley. "Sólo falta que ahora quieran poner de moda a las gorditas para que todo nuestro negocio se vaya al carajo", manifestó. "En lugar de recurrir a nuestros productos para perder peso y conseguir un papel 'normal', Alley agarró y creó un programa de televisión basado en la gordura. Eso es un golpe bajo y ya estamos analizando las medidas legales que podemos tomar", afirmó.

Jorge García, actor latino que interpreta al controvertido personaje de Lost, declaró por su parte que había aceptado el papel pues ya estaba cansado que sólo le ofrecieran grabar anuncios de productos adelgazantes. "Claro, yo siempre hacía la parte del 'antes'", precisó. Respecto a la controversia desatada por su personaje, el actor, que no quiso revelar su peso exacto, se limitó a encogerse de hombros y a mandar a la chingada a los representantes de la Unión.

"Estoy haciendo una serie de acción y suspenso, no un programa para adelgazar", agregó. "Si quieren estar en forma, consíganse el video de Jane Fonda", recomendó el voluminoso García, refiriéndose al célebre sistema de ejercicios aeróbicos que le ha permitido a la galardonada actriz conservar su palmito pese a los estragos del tiempo.

Entrevistado por separado, el productor de Lost, J.J. Abrams, declaró: "¡Que no se anden con mamadas! ¿Qué no saben que lo que se ve en televisión no es real? Get a life! (en inglés en el original)."



Actualización del 16 de agosto: Para sacarse la espina del hecho de que Hurley no adelgace ni poniéndose a dieta en la isla, en el episodio de fin de temporada, uno de los sobrevivientes le pregunta que dónde guarda los carbohidratos. Pero quizá para expiar su insolencia, ese personaje muere al estallarle en la mano un cartucho de dinamita. O sea: no preguntes ni te metas en lo que no te importa, porque ya ves cómo te va. Yo por si las dudas, no vuelvo a tocar el tema.


lunes, agosto 01, 2005 

El fin del mundo no está lejos


Un día mi gurú, que predicaba la castidad como vía de la iluminación, se me acercó y me dijo:

-Gina, ¿sabías que el fin del mundo ya está cerca?

Yo me le quedé viendo extrañada, pues el día anterior me había dicho que a la Tierra le quedaban más de cinco mil millones de años de vida, por lo que sí nos iba a dar tiempo de alcanzar la iluminación. Y por tanto, dijo, podíamos "salirnos" del camino un ratito (bueno, su "ratito" le duró exactamente 3 minutos y medio), que ya habría tiempo de sobra para volver a encarrerarnos. ¿Por qué ahora venía a decirme que ya estaba cerca?

-No, maestro, no lo sabía-, repuse sin salir todavía de mi asombro.

-Pues así, acabo de tener una revelación contundente. Entonces, como va a estar cabrón que alcancemos la iluminación en tan poco tiempo, ¡pues ya qué! Vente para acá y nos salimos otro ratito del camino.

En esa ocasión, su "ratito" sólo le duró poco más de un minuto, cosa que le reproché pues no me dio tiempo ni de quitarme los zapatos. Y como los traía de tacón, en una de esas rasgué una sábana.

-Es que ya queda poco tiempo y todo hay que hacerlo más aprisa-, fue su explicación.

Ahí sí de plano que no le creí. Me fui de su casa sin molestarme en volverme a poner las alas.


¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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