]]>

« Inicio | La vi allá (2) » | David se enfrenta a Goliath a galletazos » | Eres grande, Micaela » | La vi allá (1) » | Una historia ejemplar » | Una verde mirada » | Comunicado de prensa » | El fin del mundo no está lejos »

miércoles, agosto 17, 2005

No tires la sal, Micaela

Hoy en la mañana, Micaela tiró un salero que estaba en una repisa. En lugar de recoger la sal que se había derramado, lanzó un grito y vino corriendo a verme.



—¡Ay, seño Yina, ya le tiré la sal y sabe qué vaya a pasar!—, me dijo desde la puerta de la recámara que uso de estudio. Al levantar la vista y verla, lo primero que pensé fue que deberían de contratarla de asesora para las películas de Halloween o la calle del infierno, pues el gesto de terror que traía en la cara se lo hubiera envidiado el mismísimo John Carpenter para cualquiera de sus churros de horror.

—Límpiale, Mica, ¿pues que puede pasar?

Con la mirada suspicaz, volteando para todos lados, Micaela se acercó a la mesita de la computadora donde yo estaba trabajando.

—Es que tiré... ¡la sal!—, me volvió a decir en un susurro, como temorosa de que la misma sal la fuera a escuchar.

—Pues recógela—, le respondí también en voz baja, un poco por burlarme de ella, pero sobre todo para respetar la solemnidad que había impuesto con su tono.

Micaela aguzó los ojos, como me he dado cuenta de que hace cuando está pensando y un ligero escalofrío me recorrió la columna: me estaba analizando para ver si me estaba burlando de ella o si de veras no le concedía importancia alguna al hecho de derramar la sal.

—¿No sabe que es de mala suerte tirar la sal?—, me preguntó aún asustada—. Una vez que mi mamacita tiró la sal, se murió mi Tata.

Micaela ya me había contado la historia de su Tata, que en realidad era el abuelo de su madre, muerto a la nada desdeñable edad de 104 años. Los médicos dijeron que había muerto por un paro respiratorio sobrevenido mientras dormía; los vecinos decían que se había ido de viejo, pero la familia sabía que la muerte del Tata había sido provocada por la imprudencia de volcar un salero.

El estado de ánimo de Micaela no se prestaba a razonamientos, así que le inventé que prendiera una veladora y rezara tres avemarías para conjurar el maleficio (y sobre todo para que me dejara seguir trabajando en paz).

La oí allá en la cocina, el devoto susurro de las oraciones repetidas mecánicamente me hizo pensar en aquella frase, tantas veces oída, de quien afirma que no es supersticioso, pues eso es de mala suerte. Claro, supongo que por el temor de que nos caiga la maldición gitana, nosotros mismos estamos más propensos a sufrir accidentes que confirmen la superstición. Recordé el teorema de Thomas, estudiado en algun curso de ciencia política... ¿cómo era eso de la profecía que se cumple a sí misma? ¿Qué habrá sido del profesor Mojitos? Sí, ese chileno que siempre se quejaba del calor, pero que nunca se quitaba un chaleco tejido, de color ya indefinible. Y de su asistente, la chavita aquella que siempre tenía el pelo como grasoso y pegado al cráneo. Repulsivo.

El grito de Micaela me sacó de mis reflexiones, cuando estaba a punto de llegar al tema de las relaciones impronunciables que se decía mantenían el profesor Mojitos y su asistente. Llegué corriendo a la cocina y encontré a Micaela chorreando sangre de una mano, apretándosela con la otra, un reguero de sal en el suelo y virutas de veladora por todas partes. El arma punzocortante causante de la herida no se veía por ninguna parte, aunque más tarde la encontré abajo de un sillón de la sala, sin poder explicarme cómo llegó hasta allá.

—¿Qué te pasó?—, pregunté tratando de no perder la calma y de recordar si el botiquín lo tenía en la cocina o en el baño.

—¡Es la sal... me cayó la sal!—, fue la única respuesta que pudo articular Micaela.

Una vez que le desinfecté la cortada y le puse una bandita (en realidad no fue tan grave como parecía), Micaela me explicó que después de prender la veladora y rezar sus oraciones, había querido reforzar el conjuro, trazando un pentagrama en el suelo con la misma sal y encendiendo más velas. Y ahí fue dónde: para sacarle el pabilo a una vela había agarrado un cuchillo que, mal blandido, había causado esta minitragedia doméstica. Y luego, casi contenta de demostrarme que tenía la razón, me soltó:

—¿Ya vio cómo sí es de mala suerte tirar la sal?.


Envía por correo esta nota



Recordar mis datos (?)



Todos los datos personales que proporcione aquí estarán regidos por la política de confidencialidad de Blogger.com. Más...

Que tal Georgina, como esta?... yo bien, deleitandome con sus parajes, (disculpe se que no preguntó eso) pero lo tenía que poner... disculpe por la pregunta, pero son reales sus historias, por lo menos son divertidas saludos

Micaela es un personaje, no me lo negaras...
jajajaja

No te quedes callado

 

¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

  • Mi perfil (de frente)
Diseñado para Blogger
por Blogger Templates