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jueves, agosto 18, 2005

Una carrera promisoria

Dejo a los especialistas la tarea de descubrir y analizar las semejanzas entre Brozo y Krusty. Yo prefiero hablar ahora de lo que me vino a comentar Silvia, una vecina de la colonia. Primero tendría que explicar que aquí en mi colonia me conocen como "la escritora", pues cualquiera que sea vista con un libro bajo el brazo, y de quien se corra el rumor de que trabajó en un periódico, pasa por leida y escribida en un país de ciegos.


Entonces, el otro día Silvia vino a verme para exponerme una idea que, dijo, le rondaba la cabeza desde hace años. Decidí escucharla pues me pareció encomiable que la muchacha entretuviera una idea tanto tiempo en su cabecita. En efecto, a sus 19 años, la chica ya está por terminar la secundaria abierta, de la que desde hace más de un año dice que "sólo me faltan tres materias"







La escritora en ciernes

—Quiero escribir una historia y necesito que usted me ayude, seño Yina—, me dijo en cuanto se acomodó en el sillón de la sala, sacando unos papeles de su morral.


"Vaya", pensé, "una escritora en ciernes y rival en potencia. Muy bien. A ver si habiendo otra escritora en la colonia, las señoras dejan de venir a pedirme que les escriba las cartas a sus maridos que se fueron al otro lado."


—Es la historia de un amor imposible—, continuó explicando Silvia—. Son dos jóvenes que se enamoran, a pesar de pertenecer a familias rivales. El odio que hay entre sus familias impide su unión y los chicos acaban suicidándose.


Hecho este breve resumen, Silvia me clavó la mirada, en espera de mis comentarios. No supe qué decir, así que fui a la cocina por el café. Cuando regresé con las tazas, ella ya había encendido un cigarro y su actitud revelaba que seguía esperando mi respuesta.


—Es una historia muy bonita—, acerté a decir—. Pero creo que ya está escrita.


—¡Pinche Felipe! Cuando le conté mi idea le pedí que no se la fuera a decir a nadie—, dijo aludiendo al hijo del panadero, con el que los rumores la vinculaban afectivamente.


—No, no fue Felipe—, atajé para evitar una ruptura sentimental—. Esa historia la escribió un escritor inglés hace cuatro siglos. ¿No te suena Shakespeare? ¿Romeo y Julieta?


Silvia se me quedó viendo con los ojos bien abiertos, como buscando la respuesta atrás de mi cabeza.


—La verdad—, dijo bajando la mirada con pena—, ando muy mal en inglés. Es una de las materias que me faltan.


Sentí un poco de pena por Silvia y no le quise cortar las ilusiones. Después de todo, es muy limitado el número de temas sobre los que se puede escribir. ¿Por qué no alentarla a que explorara una nueva perspectiva sobre el ancestral tema del amor imposible? ¿Quién era yo para cortar en agraz lo que podría ser una promisoria y fructífera carrera literaria? Decidí hacer todo lo que estuviera a mi alcance. Le pedí que me acompañara al videoclub de la colonia, y ahí renté Romeo y Julieta de Zefirelli para que le sirviera de inspiración. Prometió verla esa misma noche y regresar para comentarla.


Muy puntual, eso sí, Silvia llegó al día siguiente en la mañana. Una extraña transformación se había operado en ella: la mirada se veía más confiada y la sonrisa más franca. ¿Qué había pasado?


—No, seño, ni se imagina el churrote que es esa película. Qué bueno que la vi, porque ahora creo que es bien absurda. Para empezar, ¿a quién se le ocurre irle a pedir consejos de amor a un padrecito? Y para variar, es el que la cajetea durísimo, cuando la da el veneno a la chava. No, no, le digo que de plano se me quitó la idea de escribir esa historia. Ahora me siento más liberada, ¡muchas gracias!


No dejé de sentir pena en el fondo, al ver que yo había colaborado para matar un sueño de tanto tiempo. En mi defensa podría decir que era mejor que Silvia se olvidara de esa idea y se ocupara de cosas más reales. Además, ¿no veía yo lo contenta que estaba ella de verse libre de la necesidad de contar una historia mil veces contada? Sí, de plano era mejor así. Me sentí aliviada y tuve la convicción de haber hecho una buena obra.


Días después me volví a encontrar a Silvia en la panadería, donde estaba echando novio con Felipe. Al verme, de inmediato se dirigió hacia mí.


—Seño Yina, ya se me ocurrió otra historia y necesito que me ayude. Es acerca de un señor que, de tanto leer novelas de caballería, se vuelve loco y se cree caballero andante. ¿Cuándo puedo ir a verla otra vez?



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Buenos tus posts...pero, por lo pronto a la chica de la foto..comprale unos pantalones, los que trae se le andan cayendo...

Voy a organizar una colecta porque, efectivamente, la pobre chamaca tiene que usar la ropa que dejan sus hermanos menores. Por ahí si quieres entrarle, me avisas.

siempre pasa que uno crea algo y ya se le habia ocurrido a alguien T_T
saludos

Explicale a Silvia que todo esta inventado ya, y proponle ser modelo y tu su "manager", no sea que el novio se te adelante, ya ves que son muy despiertos...

No te quedes callado

 

¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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