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viernes, agosto 12, 2005

Una historia ejemplar


Voy a contar una historia que me contó una amiga, y que me pidió que publicara aquí para que sirviera de ejemplo y advertencia a las muchachas que, como ella, pueden ser presa fácil de gente sin escrúpulos. Eso sí, Gabriela Montes Aguilar (RFC MOAG 850303-5W2) me pidió el más estricto anonimato, pues no quiere que su papá se entere. Así que si ustedes conocen a la chica de la foto, no le vayan a decir nada a su familia, pues no quiero traicionar su confianza.


Uno de los grandes problemas de Gabriela es que tiene la convicción de ser la reencarnación de Angelina Jolie.





—Pero, ¿sabes que Angelina esta viva, verdad?—, le pregunté en una ocasión.


—¡Claro! Y que diosito nos la conserve viva por muchos años más.


—¿Y sabes cómo funciona esto de la reencarnación? Alguien se muere y su espíritu regresa en otro cuerpo.


—¿Crees que no lo sabía? Yo sí iba al catecismo de las monjas.


Su tono era tan sincero que acabó por convencerme de que efectivamente ella era la reencarnación de la Jolie. Bueno, pero no quiero distraerme con otras cosas. A continuación el relato textual de esta chica, a la que simplemente llamaremos "G" para respetar su anonimato.


—Todo empezó cuando conocí a Carlos Aguado, que creo que estaba acomplejado con ese apellido, porque todo en él era bien duro: dura la mirada, duros los labios, duro el apretón de manos, duro todo, pues. Lo conocí en el Cinemex, en la premiere de... ¿Se vale decir marcas comerciales?


—Claro, zonza, si no estamos en Televisa. Tú síguele.


—Bueno, pues cuando me lo presentó Roberto, Carlos luego luego lo sentí lanzado. Y sí. Lo primero que me dijo que era un pecado no lucir lo que Dios me había dado. La verdad, de entrada no le entendí, porque en la escuela las monjas nos decían que Diosito nos había dado todo lo que veíamos... ¿qué tenía yo que lucir?
Cuando me explicó a qué se refería, si me dio un poco de pena, porque cuando las monjas nos llevaban al balneario no nos dejaban usar más que trajes de una pieza, pues los bikinis eran pecado. ¿Entonces? ¿Lucirlo era pecado o no? ¿A quién le iba a creer?


—Pues sí, estaba difícil la decisión, la mera verdad. ¿A quién creerle en materia de pecado? ¿A las monjitas que viven de eso (no del pecado, sino de apartarnos de su camino) o a un vividor que se dedicaba a reclutar chavas para casas de citas disfrazadas de agencias de edecanes y modelos? Mmm...


—No me interrumpas que me cortas la inspiración. Bueno, el caso fue que me dio su tarjeta y me dijo que fuera al día siguiente a casa de madam Cocó. Y ya ella acabó de convencerme con sus argumentos. En pocas palabras, me dijo que si de todo modos lo hacía, era mejor que me pagaran por hacerlo. Pues la verdad sí me puso a pensar. Yo ya me quería salir de la escuela para entrar a trabajar y ganar algo de dinero, y el trabajo que me ofrecía madam Cocó pagaba bien. De todos modos, primero quise ir a consultar con las monjas, a ver qué me aconsejaban.


—Muy buena jugada, claro: irles a preguntar a las monjas que, al menos en teoría, se supone que no deben saber nada de las prácticas sexuales. Es como ir a preguntarle a Fox cómo se gobierna un país.


—Dijiste que no hablara nada de política y ya saliste con tus cosas. Y si me sigues interrumpiendo, me voy.


—OK, ya síguele.


—Bueno, de todos modos, de camino a la escuela pensé que mejor no les preguntaba a ellas... Oye, ¿estas segura de que esto va a ser anónimo?


—¡Claro, tontita! Mi blog no lo lee nadie. Es el lugar más seguro para hacer confesiones de todo tipo. Es más, para que veas, yo también voy a hacer una revelación estremecedora: soy adicta a la coca de dieta.


—¡Cabrones colombianos! Piensan en todo. Bueno, entonces le sigo. Camino a la escuela, a donde iba para consultar con las monjas mi decisión de trabajar con madam Cocó, decidí pasar a casa de Carlos y decirle que sí de una vez. Él se puso muy contento y me llevó a una casa allá por la colonia del... ¿también puedo decir nombres de colonias? ¿Sí? Bueno, la casa estaba muy bonita eso sí. Hasta me sentí en ésa en la que se metió a trabajar Salma Hayek en El callejón de los milagros. Se veía que había harta lana y pensé que de perdida algo me iba a tocar de todo eso.
Y así fue. Los señores que iban me trataban muy bien, me daban propinas espléndidas, me compraban ropa, me llevaban de viaje y me hacían muy buenos regalos. Madam Cocó era una ternura de mujer y todas las chicas que trabajábamos con ella la queríamos como a una madre. ¿Carlos? Bueno, una vez acostumbrada a su dureza, él llegó a ser como un verdadero hermano para mí. Me aconsejaba, me cuidaba y siempre tenía alguna palabra cariñosa.


—A ver, un momento, un momento... Me habías dicho que tenías una historia desgarradora que podía servir de ejemplo y advertencia. Y yo aquí veo que te fue muy bien.


—Así es. Lo que yo quiero advertirles a todas mis amiguitas que me estén leyendo es que no les hagan caso a las monjas. Porque la verdad es que allá en la casa de madam Cocó se la pasa una re'bien. Y si quieren mayores informes, no dejen de visitar su sitio Web, en www.madamcoco.com. Ahí mismo pueden llenar su solicitud y...


—Vaya, qué pena, se nos acabó el espacio. Pero espero que en otra ocasión volvamos a tener el gusto de contar con la presencia de Gabriela. Por lo pronto me despido deseándoles a todos muy buenas noches.


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  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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