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miércoles, agosto 10, 2005

Una verde mirada

Creo que sólo lo vi una vez: sentado en una banca de piedra adosada al muro de adobe. Su traje negro contrastaba con la pared encalada. Parecía un fotografía en blanco y negro. El único destello de color eran sus ojos verdes, profundos en las cuencas sumidas, brillantes sobre su tez blanquísima, realzados por un enorme bigote que llevaba engomado, con las puntas para arriba. El traje brillaba de lo usado y al chaleco le faltaban varios botones. El nudo de la corbata se le había aflojado y le llegaba a medio pecho: una corbata de franjas diagonales azules y blancas, anchísima que se le hubdía torcida en el chaleco. Los zapatos estaban sucios y, aunque no se viera, se adivinaba un agujero en uno de ellos, quizá el que tenía las agujetas desatadas. Entre las manos nerviosas llevaba un sombrero, también negro. Y su cabeza destocada estaba coronada por una melena de pelo rebelde, negro, negrísimo, diría, como renegando de la edad que revelaban las arrugas del rostro.

Esa es la imagen que tengo de él, que no sé porqué se me quedó grabada de verlo tan sólo una vez. Tampoco hablé con él. Con sólo verlo de reojo, cuando me bajé del camión, me di cuenta de que estaba frente a un asesino. Y cuando le puse los ojos encima, mejor dicho, cuando él me traspasó con su mirada verde, comprendí que había venido a matar al cacique Tolentino.

No me asustó la idea. De hecho, esa ansia de venganza flotaba en el pueblo desde hacía muchos años, desde que el cacique había acaparado el agua de los Amates, el río que pasaba al lado del pueblo. No pocas familias habían tenido que abandonar sus tierras, yermas, comidas por el sol y el calorón del Bajío, debido a la imposibilidad de cultivarlas. Esas mismas tierras volvían a florecer una vez bajo el control del cacique.

No, no me asustó la idea de que este hombre viniera a matar al cacique. Pero por ahí en el fondo me pareció detectar una ligera emoción en alguna fibra del corazón. ¿Me estaba alegrando? No quise detenerme a analizarlo en ese momento. Me repegué a la pared de la terminal, tratando de que las columnas de los portales me ocultaran de esa mirada verde. Seguí mi camino tratando de no voltear. De no pensar que pronto el cacique Tolentino yacería en el polvo alimentado con su sangre, el cráneo o el corazón perforados con una bala, o traspasados por un cuchillo. No, mejor una bala. Una bala que saliera lentamente del cañón de la pistola, para que el cacique tuviera tiempo de darse cuenta de que iba a morir. De que le quedaban unas fracciones de milésima de segundo para encomendar su alma a dios o al diablo.

No estaba asustada, más bien estaba agitada cuando llegué a la casa. La puerta del zaguán estaba abierta, los perros ladraban inútilmente en el patio de atrás, donde estaban amarrados, las gallinas corrían ciegas de un lado a otro, cloqueando quejas incomprensibles. Uno de los puercos estaba sentado a la entrada de la casa, mirándome fijamente con sus ojitos muy juntos, quizá pidiéndome una explicación que nunca le podría dar.

Sí, ahí estaba tirado en el patio central, junto a la fuente que tanto orgullo le causó mandar instalar. Su sangre todavía seguía corriendo, formando arroyitos que desembocaban en un charco brillante bajo el sol, lleno del zumbido de las moscas. Su mirada vidriosa no me permitió averiguar si había tenido tiempo de darse cuenta. Tendido boca arriba, el limpio balazo en la frente le había causado, misterios de la anatomía, un chorrete de sangre que le salía de la boca, entreabierta, donde sus dientes podridos se perdían tras el borbollón sanguinolento. Entonces aceleré el paso para ir a buscar en la casa una sábana con la que cubrir el cuerpo del que había sido mi marido durante treinta años y que se había convertido en el cacique Tolentino desde que lo obligué a desviar el agua del río para quedarnos con las tierras que colindaban con las nuestras.


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