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jueves, septiembre 29, 2005 

La doble vida de dom Gerundio

El lunes de esta semana me avisaron de la muerte de don Gerundio. La noticia me conmovió, pues resultó que fue el mismo día en que yo hablé de él en un post, y me quedé pensando si no le habría echado el mal de ojo. Pero Julieta, ex compañera mía en la editorial, trató de calmarme.


—El señor murió de borracho; tú no tuviste nada que ver.


—¿Cómo que de borracho? ¿No que era abstemio y toda la cosa?


Pues no, la muerte de don Gerundio reveló que éste había llevado una doble vida durante 45 años. Trabajador cumplido y responsable, abstemio y frugal, padre y esposo amoroso en una, en la otra era un borracho mujeriego que, hasta donde se sabe, dejó viudas a tres mujeres y huérfanos a media docena de chamacos. El hecho de que haya mantenido en secreto esa faceta suya por tanto tiempo y con tanta habilidad será un misterio que quede sin solución, pues nadie se explica de dónde sacaba tiempo y recursos para dedicarlos a su otra vida.


En cualquier caso, deseché la idea de que yo hubiera sido la causante de su muerte por haberlo nombrado en mi blog, pues además, en realidad le decíamos dom Gerundio, atendiendo al hecho de que hubiera estado en un seminario varios años. Supongo ahora que el hecho de que no haya tomado los votos a última hora (abandonó la vocación faltando dos semanas para su ordenación) obedeció más a una crisis de escrúpulos que de conciencia. En efecto, ha de haber sentido remordimientos de pensar en consagrarse a la vida religiosa, cuando sentía tan fuerte el llamado del siglo.


Y, por cierto, no fue un trombo lo que puso punto final a su vida, sino la descalabrada que se dio al caer y golpearse el cráneo contra la orilla de la banqueta, la madrugada del sábado, cuando venía saliendo de un table dance. Aunque antes de desaparecer con la cartera de dom Gerundio, la chica que lo acompañaba llamó a la ambulancia, los paramédicos ya no pudieron hacer nada.


Había pensado en comentar la aventura que nuestro egregio director editorial se corrió con Diana, la secretaria, y el asombro que nos causó a todos verlo actuar como adolescente en su relación con ella. Pero ahora me parecería de mal gusto hablar de un muerto tan reciente, así que mejor me la guardo para cuando el tiempo haya curado las heridas.


domingo, septiembre 25, 2005 

La confesión de Zeferina

Debido a una crisis de flujo de caja, como explicó, Ontiveros tuvo que renunciar a su proyecto de convertir a Zeferina en la abanderada de un movimiento espiritual que anunciaría una nueva era para la humanidad, como pretendía. Expulsado de su cuarto de azotea por no pagar la renta, tuvo que acogerse a la benevolencia de su hermano y se fue a pasar una temporada en Morelia.


—Esto va a ser un desastre cósmico—, me advirtió hace unos días, cuando me lo encontré sentado en la banqueta, rodeado de cuatro cajas que acumulaban todas sus pertenencias.


Sentí un poco de pena, pues él me había pedido varias veces que "moviera mis influencias" para ayudarlo a explotar su invento del agua en polvo. Él aseguraba que eso produciría una verdadera revolución agrícola, permitiendo el cultivo de zonas desérticas. Sin embargo, las relaciones que tengo en la industria farmacéutica se limitan a traducir folletos y otros materiales, así que malamente hubiera podido hacer algo por él.



Pero este infortunio le permitió a Zeferina librarse del destino que se le había encomendado y por fin pudo salir del encierro en el que estuvo tantos días. De ese modo pudimos enterarnos de lo que realmente le ocurrió los días que estuvo desaparecida. Yo le agradecí que finalmente se hubiera decidido a hablar, pues nadita de ganas que tenía de ir a hablar con el padre Néstor y la tía Asunta. De hecho, poniendo de pretexto una excesiva carga de trabajo, había pospuesto esa cita varias veces. La confesión de Zeferina me liberó de esa enojosa obligación. Y también levantó la jettatura que le había caído a la panadería de don Octavio, por la presunta profecía de que se iba a derrumbar.


—Ya decía yo que esto era una superchería de esos tipos del Seven Eleven—, comentó don Octavio silbando las eses—. Desde que llegaron a la colonia han tratado de sacarme del negocio.


La que estaba inconsolable era doña Meche, pues pocos días antes, su adorado dálmata, el Rayo Negro, había perecido bajo las ruedas del autobús que va a Morelia. Creo, no estoy segura, de que era el que llevaba a bordo a Ontiveros, por lo que sentí un ligero escalofrío cuando me enteré de la noticia.


En fin, el padre Néstor también se sintió aliviado, pues la confesión de Zeferina cancelaba la amenaza que él veía en un movimiento que podría despojarlo de la ascendencia espiritual de que gozaba en la colonia. Ya no volvió a hablar desde el púlpito de los falsos profetas ni del anticristo, como había dado en hacer los últimos domingos, y se animó a organizar una nueva colecta, esta vez para la pintura de la iglesia.


La confesión de Zeferina también tuvo efectos benéficos en su relación con Micaela, pues ahora las dos hermanas Candela andan juntas para todos lados. Pero eso, en lo personal, para mí fue muy gravoso. Aunque la teoría dice que siempre es grata una reconciliación de este tipo, en la práctica me significó que los miércoles Micaela llegara a hacer la limpieza acompañada de su hermana. Contraviniendo la regla de tres ("si un albañil levanta una pared en dos días, dos albañiles la levantan en uno", ¿recuerdan?), las dos hermanas se tardan más tiempo arreglando mi casa del que necesitaba Micaela sola. Eso implica también que las dos se queden a comer. (Antes, Micaela llegaba a las nueve y se iba a las doce. Ahora las dos llegan también a las nueve pero se van como a las cuatro de la tarde, después de la comida y la siesta.)


En lo que sí acataron la regla de tres las hermanitas Candela fue en el rubro de las cosas perdidas o fuera de lugar. Si yo antes perdía media hora al día buscando mis cosas, ahora pierdo una hora exacta. Ah, claro, y también se duplicó el dinero que pago por tener pisos trapeados. Pero, vaya, estas consideraciones mezquinas no se van a interponer a tanta felicidad.


sábado, septiembre 24, 2005 

Los riesgos laborales y cómo evitarlos: primer intento

Hace unas semanas me enteré de que mi jefe en la editorial donde trabajé sufrió de una tromboflebitis. Por alguna razón, cualquier padecimiento que empiece con trombo lo tengo asociado con comidas pantagruélicas y una vida disipada, por lo que me extrañó que don Gerundio pudiera ser su víctima, ya que era conocido por su frugalidad y abstinencia. Bueno, en realidad no se llamaba Gerundio; quiero cubrir su nombre bajo un piadoso velo de anonimato, por si alguna vez llego a hablar de su sorpresiva conducta con Diana. Le decíamos Gerundio por el visceral odio que sentía por esa forma gramatical. Siempre la eliminaba de cuanto texto le presentáramos, por muy justificada que estuviera.


—¡Me metiste seis gerundios en este material!—, espetaba lanzando un montón de treinta cuartillas sobre el escritorio del desprevenido redactor—. Es un exceso. Revisa mejor tus textos antes de entregarlos. Bastante trabajo tengo ya, para encima tener que andar expulgando gerundios.


A esa editorial aún no le llegaba la revolución informática —ya bastante avanzada en otras, por cierto—, así que los redactores teníamos que volver a teclear fatigosamente las cuartillas que don Gerundio había rayoneado, pues la consigna era que había que entregar "impecables" los originales.


Bueno, volviendo a la cuestión de los trombos en las venas (o sea, tromboflebitis), para mi sorpresa descubrí que éstos son causados por estar sentado demasiado tiempo.


—Es un riesgo laboral—, me dijo don Gerundio cuando lo llamé por teléfono para preguntar sobre su estado de salud—. Y no tiene nada que ver con la edad, ¿eh? Así que más vale que tú también te cuides.


No me extrañó que don Gerundio hiciera esa precisión sobre la edad. A sus 74 años creo que ya empieza a sentir pasos en la azotea y, aunque toda la vida fue muy mesurado en sus costumbres —salvo el incidente con Diana, claro—, ahora ha extremado sus precauciones y no tiene empacho en decir que su intención es morir en perfecto estado de salud.


Como quiera, su advertencia me hizo reflexionar. Yo también paso sentada ante la computadora de diez a doce horas cada día y aunque hago ejercicio, la amenaza de los trombos es real. ¿Qué podía hacer? Lo único que se me ocurrió fue buscar algo en Internet y, efectivamente, allí encontré la ayuda.


Se trata de un maravilloso programa que se llama Workrave y lo que hace básicamente es recordarnos cada tanto tiempo que debemos hacer una pausa o, de plano, levantarnos a caminar un rato y alejarnos de la computadora. También propone ejercicios de estiramiento y de relajación de la vista. Encantada con esta solución, instalé el programa —que por supuesto es gratuito— y lo configuré para que cada hora me recordara mi descanso.


Al principio todo marchaba a la perfección. Cada diez minutos hacía una pausa de veinte segundos y cada hora tomaba un descanso de cinco minutos. Realizaba puntualmente los ejercicios que me proponía —estiramiento de dedos, de brazos, de cuello y de espalda— y me iba a dar una vuelta para despejarme. ¡Qué vida tan sana estaba llevando!, pensaba con orgullo. De este modo estaba exorcizando el peligro de los trombos y me encaminaba por el sendero de una vida plena y saludable.


Sin embargo, como a la semana caí en la cuenta de que había aumentado considerablemente mi consumo de cigarros. Un minucioso análisis me hizo ver que cada vez que hacía una pausa encendía un cigarro, pues el programa bloquea el teclado y no me deja hacer nada mientras está activo. Y también había aumentado mi consumo de Coca-Cola, pues en cada descanso aprovechaba para ir a la cocina por una lata.


Por lo demás, el programita éste será muy bueno, pero no distingue las situaciones de urgencia. Varias veces me pasó que, a punto de terminar un trabajo y con el tiempo encima para entregarlo, se aparecía la detestable ventanita que no me deja trabajar. Felizmente descubrí que podía hacerle trampa al programa. Así, cuando me aparecía la ventana conminatoria, simplemente le apretaba el botón de cancelar y seguía trabajando tan tranquila.


Días después me di cuenta de que de plano había dejado de hacer las pausas y de tomar los descansos. De que le había bajado al consumo de cigarros y de Coca, de que estaba cumpliendo a tiempo con las entregas y de que, en general, me sentía muy bien. ¿Cómo iba a permitir que algo tan frío e impersonal como un programa de computadora me viniera a decir cuándo y cómo trabajar? ¡Al diablo! Así, anoche me metí al Panel de control de Windows y desinstalé el mugrero de programa. Ya veré yo de qué otra forma puedo evitar la tromboflebitis, ese riesgo laboral de redactores, traductores y fauna similar.


¡Ah, qué latoso es querer llevar una vida saludable!


viernes, septiembre 23, 2005 

La neta del planeta

Si quieren netas, échenle un ojo a este sitio.


 

El principio de las pirámides

Parece que a mi vecino Ontiveros ya se le acabaron los clientes para sus lecturas de cartas, pues el otro día lo vi en el tianguis, vendiendo unas pirámides "energéticas", así como cuarzos y dijes de la buena suerte.


—Está demostrado que la forma piramidal atrae la energía, lo cual tiene numerosos efectos, no sólo en el ser humano, sino también en los animales y hasta en las cosas—, me explicó mientras me enseñaba algunas pirámides de diversos materiales, si bien cuidando de no entrar en detalles de quién lo había demostrado.


Uno de los efectos que más me ponderó fue el de conservar el filo de las navajas de rasurar.


—Las pones abajo de una pirámide y así duran años.


Supongo que así ha de haber sido, pues para la demostración usó una Gillette de doble filo como las que usaba mi abuelito.



—¿Y qué tal funcionan con las Prestobarba?—, pregunté temiendo que no fuera a ser efectiva con los artefactos modernos por tratarse de una tecnología tan antigua (Ontiveros aseguraba que había sido descubierta por los egipcios, no los de Mubarak, claro, sino los de los faraones).


Pues me quedé con la duda, porque Ontiveros se limitó a lanzarme una mirada furiosa y a repetir que "la energía piramidal funciona con todo". Ah, pero también me enseñó un jitomate que conservaba adentro de una pirámide de vidrio.


—Está tan fresco como si lo acabaran de cosechar hoy mismo, pero tiene ahí una semana.


Yo no sé dónde coseche sus jitomates Ontiveros, pero el que me estaba mostrando me pareció apachurrado y triste.


—Oiga, ¿y no ha oído hablar de los refrigeradores?—, se me ocurrió preguntarle—. Esos también conservan las verduras varios días.


No sé porqué los comerciantes de la credulidad tienen la piel tan delicada y no aceptan ningún comentario que aun de lejos parezca poner en duda sus creencias. Digo, porque si efectivamente las pirámides son capaces de hacer todo eso que dicen, ¿no sería bueno combinarlas, por ejemplo, con los refrigeradores? Imagínense un refrigerador en forma de pirámide: juntando la tecnología de la antigüedad y de la modernidad, de seguro la coliflor no se me echaría a perder una semana después de comprarla. Aunque quizá lo mejor sería dejar de comprar coliflores y aceptar que no me gustan, por muy sanas que digan que sean.


jueves, septiembre 22, 2005 

Memorias del clintonismo

Cuando estaba en su apogeo el escándalo de Monica Lewinsky, un observador político me comentó que Bill Clinton era como los gatos: "Como lo tires, siempre cae parado", afirmó, para predecir después que el presidente estadounidense saldría bien librado del proceso de impugnación que se estaba llevando a cabo en el congreso. Tenía razón: Clinton no sólo remontó esa crisis sino que al término de su segundo mandato entregó un país en condiciones bastante buenas, en términos de la economía principalmente.


Bill Clinton también logró sortear las andanadas de difamación que se le lanzaron con motivo de las campañas electorales, basadas especialmente en su turbulenta vida sexual. Para ello contó con el valiosísimo apoyo de su esposa, Hillary, quien tuvo el valor de declarar en público que, si ella como principal afectada le perdonaba a su marido sus infidelidades, los demás no tenían nada que decir.


[Recuerdo un chiste oído en ese tiempo, en el que ya como presidentes, los esposos Clinton viajan en auto por su estado natal. Al llegar a una gasolinera a cargar combustible, Hillary descubre que el despachador es un antiguo pretendiente suyo. De vuelta en la carretera, Bill comenta:


—¿Te imaginas que te hubieras casado con él? Ahora serías la esposa del gasolinero.


A lo que la brava Hillary replica:


—No, si me hubiera casado con él, él sería el presidente de los Estados Unidos.]


Anécdotas aparte, la prudente postura adoptada por Hillary durante los escándalos provocados por su esposo le permitieron conservar el favor del público, lo que le valió ser elegida senadora por Nueva York al término del mandato de su marido.


Una vez entregado el cargo, Bill Clinton asumió una postura discreta, al menos durante el primer mandato de su sucesor. Rompió el silencio el año pasado al publicar sus memorias y ahora ha vuelto a la carga en la escena internacional con la Iniciativa global que lleva su nombre y que tiene el ambicioso propósito de acabar con la pobreza y otras plagas del género humano.


Como buen Leo, Clinton basa su proyecto en hechos concretos, cifras precisas, plazos a cumplir y programas específicos. Nada de catálogos de buenas intenciones, como suelen ser los acuerdos y programas de los organismos internacionales (sí, claro, me refiero a los multipublicitados objetivos del milenio de Naciones Unidas, que más que objetivos son subjetivos, en la medida en que su cumplimiento depende de los caprichos de los países ricos, concretamente los del grupo de los Ocho).


Y como buen político que no deja de ser, el ex mandatario aprovechó la ocasión de hacer leña del árbol derrumbado por Katrina y ayer asistió como presentador a un festival en Nueva York, en favor de los damnificados del huracán. Ese festival contó con el talento de Cindy Lauper, Aaron Neville, Lenny Kravitz, Dave Matthews, Tom Waits, The Dixie Cups, Elton John y Bette Midler, y entre los presentadores estuvo también la hermosa Scarlett Johansson, cuya foto aquí les dejo para que se recreen mis fieles 17 lectores.



miércoles, septiembre 21, 2005 

...

A veces siento que mi libertad cuesta más de lo que vale (sólo a veces).


 

También nuestros abuelos fueron modernos

No deja de asombrar la gracia y el ingenio que, después de casi setenta años, siguen asomando en las películas de Charles Chaplin, como es el caso de Tiempos modernos (1936). Estaría de más referirnos a su genio, que le permitía escribir los libretos, actuar, componer la música, producir, dirigir y editar sus propias películas (aunque los malintencionados digan que lo hacía para ahorrarse el sueldo de otros). Sólo una mirada crítica y burlona como la suya podría soportar el paso del tiempo.


Claro, Chaplin era cineasta, no profeta y así su visión de la modernidad está teñida de las nociones de su tiempo. El progreso de los Tiempos modernos consiste en la mecanización y ésta se manifiesta en el tamaño. Las máquinas de la acerería donde trabaja al empezar la película son enormes: grandes turbinas y engranes, mientras más grandes, más modernas. Nadie imaginó que el progreso tecnológico apuntaría en la dirección contraria, la miniaturización. Las enormes consolas de nuestros abuelos, para quienes el tamaño sí importaba, se han reducido hasta caber en la palma de la mano, reencarnadas en el iPod.



Conviene detenerse en el título de la película. Para nosotros, el año de 1936 es historia, relacionado para unos con el inicio de la guerra civil española, para otros con los Juegos Olímpicos de Berlín (el gran escaparate del nazismo, como lo serán los de Pekín para el régimen autoritario chino); en todo caso, con eventos de los que nos enteramos ahora por los libros de historia. Pero para Chaplin y su generación eso era la modernidad, que se anunciaba mecanizada y deshumanizada, olvidada de placeres tan sencillos como el de hacer una pausa en el trabajo para tomar el almuerzo.



La mecanización, pues, oprime al hombre, como lo vemos literalmente cuando Chaplin es arrastrado a través de los engranes de una maquinaria gigantesca. ¿Y qué lo libera? Ah, ahí es cuando entra en escena la inolvidable Paulette Goddard, en su papel de bribonzuela fugitiva de la justicia. Aunque en toda la película no se ve un solo beso —cuando mucho un apretón de manos y un abrazo—, ya quisieran muchos personajes transmitir ese amor y devoción que refulgen en los ojos de la chica al ver a su galán. Sí, el amor nos hace libres. Constituye el único placer que les queda a los desheredados de la tierra, a los aplastados por los engranes y a los marginados del sistema.


Ésta es una película subversiva —no por nada fue presentada como prueba en las infames audiencias de la comisión McCarthy que declaró comunista a Chaplin— y como tal sigue vigente. Y es subversiva contra lo que se percibe en el telón de fondo. Detrás de la trama y el humor, brillan los ojos malignos de un sistema represivo, que persigue más a la chica que roba una hogaza de pan que a quienes se llevan a la fuerza a sus hermanitos para ponerlos bajo la tutela del estado. Un sistema que reprime a los huelguistas y premia a los empresarios que declaran quiebras fraudulentas para evadir sus obligaciones. Que deja perecer ahogados a miles de negros por ser pobres mientras despilfarra los fondos defendiendo sus intereses petroleros a miles de kilómetros de distancia... ¡Un momento! Creo que ya se me están confundiendo los tiempos. Bueno, después de todo, los nuestros también son tiempos modernos.


martes, septiembre 20, 2005 

La piratería es nuestra amiga

Anuncia El País en su edición del martes que los seis principales estudios de Hollywood se unieron en una cruzada contra la piratería que, dicen, les causa pérdidas por 3,500 millones de dólares anuales. Para tal fin crearon una entidad llamada Movielabs que, con un presupuesto de 30 millones de dólares, tratará de combatir la reproducción ilegal de sus producciones cinematográficas. La lucha se anuncia en dos frentes: contra quienes graban las películas en el cine —por lo general en funciones previas al estreno oficial, lo que les permite colocar en el mercado negro sus productos aun antes que las distribuidoras— y contra la reproducción y distribución de películas por Internet.


Yo en lo personal sí estoy en favor de que impidan esas copias piratas tomadas de la pantalla del cine. No porque violen los derechos de autor, sino simplemente porque son infames. Por ejemplo, me tocó ver así la primera película de Harry Potter y les juro por el osito Bimbo que se veían las cabezas de los espectadores que estaban frente a la cámara. Por no hablar, claro, del pésimo sonido y de la imagen distorsionada debido a que al fulano seguramente le tocó sentarse de lado. Sí, definitivamente estoy de acuerdísimo en que se acabe ese atentado contra el séptimo arte.


Ah, pero eso sí, que no me toquen la copia y distribución de películas por Internet. ¿De dónde más se pueden conseguir películas de Buster Keaton y Charlie Chaplin? No me digan que en Amazon, porque tampoco voy a pagar 40 dólares por cada una. Y con todo el dolor de mi corazón, a mi novia Angelina Jolie le voy a quedar a deber el dólar que le tocaba de regalías por su película Gia, que también me descargué de gorra pues no la encontré de oferta en la Comer.


Que no inventen los productores. La piratería no les roba clientes, simplemente explota otros nichos del mercado, alejados de la posibilidad de desembolsar hasta 300 pesos por una película. La gente que puede pagar esa cantidad la desembolsa con gusto, quizá por el puro placer de romper el celofán o de presumirles a sus amigos su videoteca original. Esa gente no compra pirata, señores, esténse tranquilos. Y la gente que frecuenta el mercado pirata ni se acerca a los Mix-Up y demás tiendas de lujo.


Además, otra cosa: ¿destinan 30 millones de dólares para recuperar 3,500? O sea que los señoritos quieren multiplicar por más de cien su inversión, destinando esa relativamente ínfima cantidad a impedir que los simples mortales tengamos acceso a los productos culturales. Ítem más: ¿han estado perdiendo esa millonada de dólares y aun así la industria cinematográfica sigue siendo el negociazo del mundo? ¡Por dios! Si se pueden dar el lujo de perder esa cantidad y aun así llevar un tren de vida faraónico, consignen esa cantidad en el renglón de pérdidas y dejen de andar averiguando cómo fastidiar a los demás. Además, viéndolo bien, no es dinero que pierden, no es dinero que les estemos sacando de sus bien forrados bolsillos, sino simplemente es dinero que no les estamos entregando. Es dinero que nos estamos ahorrando y que así podemos destinar a otras cosas. Y eso, como lo sabemos desde Economía I, incrementa el consumo, eleva la producción, crea empleos y abate la delincuencia. ¿Qué más quieren por 3,500 millones de dólares? Hay planes de rescate que salen más caros y que resuelven menos problemas.


sábado, septiembre 17, 2005 

La estrategia de Felipe (2)

Una de las cosas de las que más se quejaba Silvia de los romances virtuales era que, una vez establecido el primer contacto e intercambiado algunos mensajes, el galán se le desaparecía sin dejar huella. Pero también le ocurría lo contrario, que al segundo mensaje el aspirante le confesaba su amor eterno y le proponía matrimonio. Y Silvia será medio alocada, pero nunca tanto para dar ese paso tan trascendental en esas condiciones. También se quejaba de los "profetas", aquellos que se limitaban a repetir, mensaje tras mensaje, lo maravillosa que iba a ser su amistad, lo mucho que deseaban "conocerla mejor", pero sin dejar ver nunca quién estaba detrás de esos anhelos.


Estas observaciones constituyeron la base de la estrategia que le sugerí a Felipe. Ni tardo ni perezoso, el chamaco se inscribió en el club de amigos cibernéticos, localizó el perfil de Silvia —el rostro de Shakira era inconfundible— y bajo el anonimato de un seudónimo (eligió el de KrazyBread, por lo que una mente más avispada que la de Silvia hubiera reconocido ahí al fogoso aprendiz de panadero) se dedicó a cortejar a la que ya veía dueña de sus quincenas, que se escondía tras el nick de FlowerMoon.


Armado con mis consejos, Felipe no dejó recado sin respuesta, no propuso ni citas ni matrimonio a las primeras de cambio, ni habló de un hipotético futuro cuando ambos estuvieran juntos. Se limitó a hablar de sí mismo, disfrazando un poco sus actividades para no revelar su identidad, pero sí exponiendo sus sentimientos e inquietudes. Se dio a conocer, pues, aun mejor de lo que podía hacer antes, cuando andaba con Silvia. A esto sin duda contribuyó el anonimato de la red, pese a la frialdad del medio. Sí, McLuhan se equivocó: el mensaje es el mensaje, no el medio.


Pero teorías aparte, Silvia me comentó días después que "por fin" había conocido a alguien que valía la pena, que no la aburría ni la acosaba. Y que después de pensársela mucho, había decidido que era el momento de conocerse en persona. Éste era el punto débil de mi estrategia. ¿Cómo reaccionaría Silvia al enterarse de que KrazyBread era ni más ni menos que aquel a quien ya había rechazado? Eso era totalmente imprevisible y Felipe me llegó a mencionar la posibilidad de no asistir a la cita, tanto era el miedo que tenía de que Silvia lo dejara con un palmo de narices al sentirse engañada.


—¿Qué tal que se enoje cuando sepa que yo soy yo?—, me preguntó angustiado.


—¿Por qué se iba a enojar?


—Pues vaya a pensar que la engañé, que me quise burlar de ella... no sé, veces que no entiendo a las chavas.


—Tú también podrías reclamarle que haya puesto una foto que no es de ella—, traté de tranquilizarlo.


—Pues sí, ¿verdad? Oiga, ¿y si de veras la chava con la que estoy chateando es Shakira y no Silvia?


No sé qué haya visto en mi mirada, pero Felipe se calló y ya no siguió explorando la posibilidad de haber conquistado a la célebre cantante.


Pese a todos sus temores, a Felipe le fue bien. Cuando Silvia llegó al café donde se habían citado, vio a Felipe pero no pensó que fuera KrazyBread. Felipe la invitó a tomar un café con él, cosa que Silvia aceptó —"en lo que llegaba mi galán", según me dijo después—, y sin hacer alusión ni al chat ni a sus encuentros virtuales anteriores, empezaron a platicar muy a gusto. Tanto, que pronto Silvia descubrió que no quería que fuera a llegar su pretendiente cibernético y le propuso a Felipe que se fueran a otro lado.


Y, como decía, ahí andan los dos muy contentos. No sé si algún día Felipe le revele a Silvia la argucia que le permitió recuperar sus favores, pero mientras se llega esa fecha, los dos se la están pasando muy bien. Supe que para este puente se fueron a Chapala a "ensayar la noche de bodas", según me explicaron muy alborozados en la terminal del camión.


 

Réquiem por un payaso

Considerada "menor" por la crítica, ya que fue realizada para la televisión, la película "I Clowns" (1971) de Federico Fellini conserva, no obstante, todos los elementos a los que nos tiene acostumbrados el genial director italiano en sus cintas, particularmente la nostalgia, tema fundamental en "Amarcord" (1973) y en "Intervista" (1987).



Nacido en 1920, para Fellini su infancia no se distingue del régimen fascista establecido en 1922 (y caído en 1945) y, así, éste aparece en sus películas visto por los ojos de un niño, exagerado quizá hasta la caricatura. La primera parte de "I Clowns" muestra los paralelismos entre los payasos y los personajes de su pueblo natal (Rimini) entre los que no falta el ridículo jefe de la estación de trenes, el loco del pueblo —apodado irónicamente "Giudizzio" (juicio), tal vez por carecer de él— y los vagos del billar y del café.


La siguiente parte está hecha a modo de documental y el propio Fellini aparece en ella, a cargo de un equipo técnico que, a su vez, se asemeja un poco a los mismos payasos que están entrevistando. Es notable el cariño y el respeto que siente y trasmite Fellini por estos personajes fundamentales del circo. Aun en los casos de los payasos viejos y retirados, deleitados de poder revivir sus viejas glorias, el cineasta se les acerca casi con veneración, sin que en ningún momento se sienta el menor tono de burla.


Los payasos han muerto, proclama el documental ya hace 34 años, y por ello la cinta cierra con el montaje del funeral bufo de un payaso, en el que una nutrida cuadrilla recurre a todos los actos clásicos de su oficio: golpes y caídas se multiplican en medio de una elegía que pondera los vicios y defectos del difunto. Y el final, un acto de trompeta a cargo de dos payasos en un circo vacío y solitario, remacha el mensaje de este documental tan sui generis: aunque los payasos ya no tengan público, aunque las butacas de los circos ya no se llenen de gente admirada ante la audacia de los trapecistas y divertida con la gracia de los payasos, éstos seguirán representando sus rutinas, ejerciendo su comedia, dándose de pastelazos y lanzándose cubetadas de agua, ya que jamás caducará la necesidad humana de reír. Mucho menos cuando podemos reírnos de las desgracias ajenas.


viernes, septiembre 16, 2005 

Del fervor patrio y otras calamidades

Desde principios de septiembre, el padre Néstor empezó a organizar la kermés mexicana de la iglesia, para contrarrestar, dijo, "las violentas bacanales" en que se convierten los festejos patrios. Alarmados ante la posibilidad de pasar el grito bajo el signo de la Cruz y no de la botella, los varones de la colonia decidieron organizar su noche mexicana alternativa, con el entusiasta apoyo de don Elías, el de la cantina, que poca gracia le hacen las cruzadas antialcóholicas del cura.


Cuando esto llegó a oídos del padre Néstor, éste aprovechó el púlpito del domingo para tronar contra "la tentación de confundir el patriotismo con el alcoholismo, el verdadero nacionalismo con el desenfreno y la defensa de nuestra soberanía con la relajación de las costumbres".


Sin embargo, por parte del cotarro de los hombres decidieron ignorar el exhorto del párroco.


—Sólo nos faltaba que un curita viniera a decirnos cómo celebrar al Padre de la Patria—, se irritó don Elías.


El ingeniero Benavides estuvo a punto de señalarle que el Padre de la Patria, el cura Miguel Hidalgo, también había sido hombre de la iglesia. Pero la fiera mirada del cantinero le hizo ver lo fuera de lugar que estaría su comentario.


—Lo que necesitamos es otro Juárez que venga a liberarnos de todos esos ensotanados—, exclamó, ganándose con ello la aprobación de todos.


Por esta razón, la celebración de ayer no estuvo tan lucida como dicen que ha sido otros años. En el atrio de la iglesia se instalaron puestos de pozole, quesadillas y tostadas; un cuñado del padre se presentó vestido de charro y con un aparato de karaoke se puso a repetir el repertorio de Jorge Negrete. Y la diversión corrió a cargo de los caballitos de don Matías, que por esa única ocasión instaló en el atrio su tiovivo y permitió que los menores de diez años se subieran sin pagar. La concurrencia a la kermés fue básicamente femenina e infantil. El padre Néstor se paseaba entre los pocos puestos, saludando benevolente a la gente, tratando de disimular la molestia que le causaba constatar su poco poder de convocatoria.


Contra lo que podría pensarse, el bando del alcohol no estuvo mucho más concurrido. Con don Elías como líder natural, el festejo se organizó en el patio de su casa, cosa que él aceptó a regañadientes. En efecto, muchos dijeron que si llevaban a su mujer a la cantina, ésta yo no volvería a ser lo mismo. "Sería casi una profanación", comentó alguno. De todas maneras, algunas señoras se negaban a ponerse en contra del párroco y, emulando quizá sin saberlo a Lisístrata, amenazaron a sus maridos con una huelga de abstinencia si osaban desafiar la autoridad eclesiástica. La estrategia, sin embargo, no dio el resultado deseado, debido a que no faltaron quienes actuaron de esquiroles. Sobre todo las muchachas de doña Mercedes, allá en Apaseo.


En todo caso, la celebración en el patio de don Elías consistió en el pozole de Matilde, la esposa del ingeniero, que además coordinó a las demás señoras para que prepararan los antojitos. Del alcohol, obvio decirlo, se ocuparían los señores.


El episodio dividió profundamente a la colonia y los bandos del cura y del cantinero incluso llegaron a tener algunas escaramuzas, con saldos, afortunadamente, de sólo raspones y una que otra descalabrada. La mañana del día 15 la tensión había crecido a tal punto que en la tortillería tuvieron que organizarse dos colas para evitar que se desbordaran los ánimos por la cercanía física.


No faltaron, claro, los tibios que coquetearon con ambos bandos. De ese número fue, entro otros, la tía Asunta, cuya cercanía con el padre Néstor la obligó a darse una vuelta por la kermés para echarse un pozolito, para después dejarse ver en el patio de don Elías para entrarle a las cervezas al dos por uno.


Yo en lo personal, dado mi carácter de observadora imparcial, tuve que hacer similar acto de malabarismo. Pude constatar que el pozole blanco de la kermés estuvo mucho mejor que el rojo de Matildita. Y también —y que dios me perdone— que don Elías tiene mejor colección de música que los dos tristes discos de karaoke que llevó el cuñado del padrecito.


Esta mañana la colonia amaneció más tranquila. Pasado el fervor patrio y las pasiones que enciende, se olvidaron los rencores y la tortilleria volvió a funcionar con una sola cola. Es lo bueno de que nuestro patriotismo sólo nos inflame una vez al año.


miércoles, septiembre 14, 2005 

Reflexiones de una trujamana

Muchas personas me felicitan —e incluso me envidian— por trabajar por mi cuenta, por ser, como dicen quienes no sienten prurito por usar anglicismos, free lance, en memoria de aquellos lanceros medievales que ponían su habilidad marcial al servicio de quien mejor pagara. Ahora diríamos mercenarios, si esta palabra no llevara una carga negativa que la emparenta con prostituta.


Sí, me llamo Gina y soy mercenaria de la tecla. El arte que ejerzo es el del trujamán, si queremos emplear esta palabra tan poco usada pero tan clásica que hunde sus raíces en el arameo. Soy también pontífice de oficio: construyo puentes de uno a otro lado de los fosos que separan pueblos y culturas, derribo barreras y echo por tierra los muros que impiden comprender lo que nos dicen los bárbaros del norte.


Las palabras son la materia prima de mi oficio. Son lo que la madera al carpintero y la harina al panadero. Talladas, pulidas y amasadas, las palabras son los ladrillos del puente que permite el tránsito de significados. No para ahí mi arte. Así como el ingeniero obedece a las estrictas leyes de la física al levantar sus obras, mis palabras deben plegarse a los rígidos dictados de la gramática en sus varios capítulos: sintaxis, prosodia, morfología, ortografía, cada uno con apartados e incisos que exigen respeto por cuenta propia.


Digo que soy mercenaria de la tecla por sinécdoque: la tecla como representante del teclado y éste, a su vez, de la computadora completa. Por muy breve tiempo lo fue de la máquina de escribir; una vieja Olympia que usé para mis primeros trabajos antes de adquirir mi primera computadora. Pero mi arte no está en la máquina, como lo he podido comprobar al practicarlo en diferentes aparatos. Tampoco en los dedos, pues existe la posibilidad de ejercerlo en forma oral, dictándole a la computadora mediante un micrófono y un programa de reconocimiento de voz. Alguna vez, confieso, exploré esta posibilidad, que descarté por faltarme la paciencia para entrenar al programa de marras para que reconociera los matices de mi voz.


Mi oficio reside en el cerebro, no sé si concentrado en un macizo de neuronas o desperdigado por sus dos hemisferios. Residiría en el espíritu o en la mente, si yo supiera el significado preciso de esos términos tan manoseados. Su fundamento es el conocimiento de las equivalencias entre pares de palabras de diferente lengua. Continúa con la comprensión de esas mismas palabras en diferentes contextos y culmina con la familiaridad y conocimiento íntimo de los contextos.


Por ello mismo, desconfío de las posibilidades de la traducción automatizada. Si bien ignoro al dedillo todo lo que se refiere a la inteligencia artificial (término que estoy tentada a calificar de oxímoron), efectivamente dudo que se llegue a producir un sistema que distinga matices, establezca diferencias de tono y de contexto, detecte ironías y giros idiomáticos, analice referencias culturales y que, después de hacer todo esto, tenga la capacidad de trasladarlo a otra lengua.


Ergo, tengo chamba para rato. Por muy apurado que fuera el ritmo de extinción de las lenguas, por muy acelerados que sean los avances en el dominio de la traducción automatizada, éstos no alcanzarán a dejarme fuera de la jugada. Lo único que podría dejarme sin chamba sería dedicarle más tiempo al blog que al trabajo, así que mejor me pongo a trabajar.


lunes, septiembre 12, 2005 

Desventuras domésticas

La ventaja más evidente de no tener luz es que no se puede trabajar. Bueno, yo no puedo trabajar, ya que todo lo hago en la computadora. Y el triste no break que tengo apenas dura unos diez o quince minutos. Con eso aguanta los apagones más frecuentes, que no pasan de cinco minutos (eso sí, por lo menos uno al día aquí en mi colonia). Pero hoy en la mañana, la luz se me fue a las 10 de la mañana y quince minutos después empezó a sonar la alarma del no break.


¿Qué se puede hacer sin luz? Lavar los trastes que haya en la cocina. Tender la cama. Ordenar un poco la casa (no mucho, para no quitarle su chamba a Micaela). Pero eso lo hice en media hora y la luz no regresaba. ¿Qué otra cosa podía hacer? Recordé que desde hace cinco meses se me picó un tubo que va del distribuidor a uno de los cilindros de gas y que, por lo mismo, sólo puedo usar uno. Y es una lata andar pidiendo el gas a cada rato. La semana pasada había comprado el tubito, que aprendí que se llama pictel, con la idea de cambiárselo algún día. ¿Qué mejor día que éste que no tenía nada más que hacer?


No me pareció una tarea difícil: era cosa de desatornillar un extremo del tubo y colocar el nuevo. Lo único que necesitaba para mi reparación casera era un perico, que por veinte pesos le compré a don Bernabé, el viejito que vende herramienta y otros fierros en la banqueta de la vuelta. Armada con el perico y el pictel nuevo, salí a la azotehuela a enfrentarme a la tarea.


Quitar el pictel viejo no fue problema. Como estaba picado, el señor del gas lo había doblado para impedir que se siguiera fugando. Pero yo no reparé en ese detalle. Como dije, lo quité con unas cuantas vueltas del perico y, poco antes de quitarlo por completo, escuché un silbido peculiar y percibí el característico olor del gas. ¡Horror! Según yo, si el distribuidor estaba señalando hacia el lado derecho, el izquierdo estaría sellado. Pero por lo visto no es así. Volví a atornillar el pictel para cerrar la llave del tanque de gas.


Bueno, pues el pictel lo quité muy fácil, pero cuando quise conectar el nuevo, me di cuenta de que no le quedaba. La rosca del nuevo era visiblemente más angosta y jamás podría atornillarla. Ése no era todo el problema: si abría la llave del cilindro, el gas se saldría por ese agujero que había quedado... Y mi preocupación creció cuando mi estómago me advirtió que ya se acercaba la hora de comer. ¿Cómo iba a cocinar sin luz ni gas?


Decidí sacar la basura y aprovechar para ir a la ferretería, a ver si me cambiaban el pictel por uno de rosca más ancha. Fue buena decisión. Frente a la ferretería había una bolita de curiosos, admirando a tres arbolistas que desramaban un elevado cedro. Al menos obtuve una explicación de la falta de luz: a fin de prevenir que las ramas cayeran sobre los cables y que éstos electrocutaran a los operarios, la Compañía de Luz cortó el servicio en la colonia. La previsión era que a las 3 de la tarde se reanudaría.


En la ferretería me recibieron con la mala nueva de que los picteles eran estándar.


—Pero es que no le entran a mi distribuidor—, alegué sin ninguna esperanza de que eso fuera a producir picteles de rosca ancha.


—Lo que puede hacer entonces es llevarse toda la pieza.


Por 128 pesos más me hice dueña de un distribuidor nuevo y sus respectivos picteles. De todos modos, hube de reconocer, el anterior ya estaba bastante viejo y no caería mal cambiarlo, por aquello de las fugas. Me sentía realizada con la idea de hacer un trabajo en la casa. Toda la vida me había sentido una inútil para esas tareas, cosa que además se complicaba con la cuestión de los roles sociales: la ferretería es para los hombres y la mercería para las mujeres. Pero de vez en cuando, a una mujer se le puede antojar manipular los fierros y a un hombre, ensartar una aguja, ¿o no?


Fue muy fácil quitar el distribuidor viejo del tubo de alimentación. Lo que sí me fue imposible fue desconectar el pictel del cilindro. Mi pobre perico de a veinte pesos nomás se barría sin lograr mover la tuerca. Decidí que necesitaba mejores herramientas así que de plano me fue a la plomería a pedir prestada una llave inglesa. El maistro casi se carcajea cuando le expuse mi problema.


—No señito, mi herramienta 'ora que sí es muy grande pa'usté. Mejor le presto unas pinzas de presión. Ésas sí le entran bien. ¿Sabe usarlas?


¿Que si sabía usarlas? No sabía ni que existieran esas pinzas, extraña cruza de perico con pinzas.


—Nomás las agarra bien fuerte y le da vueltas a este tornillito sin dejar de apretar y cuando haga clic, ya está, le da vuelta a la derecha.


¡Qué fácil!, pensé, agradeciéndole al maistro no sólo el préstamo, sino también la instrucción.


Pero aunque esta vez sí traía herramienta de hombre, profesional, jamás pude mover la maldita tuerca del cilindro. Me colgué literalmente de las pinzas para vencerla con mi peso, y ni así. Darme por vencida significaba renunciar a comer. Y ni mi estómago ni mi ánimo estaban para esas noticias. Dicen que la necesidad es la madre de la invención. Si mi problema era la fuga del distribuidor viejo —por el hueco que dejé al quitar el pictel picado —, ¿qué me impedía taparla con plastilina epóxica? Ya cuando vinieran los señores del gas a cambiarme el tanque, ellos mismos me podrían instalar el distribuidor nuevo. Tendría que darme otra vuelta a la ferretería para comprarla. Y aun más fácil, pensé: ¿qué me impedía llamarlos de una vez para que me vinieran a hacer el trabajo completo? Así cambiaba el cilindro que no había podido usar durante cinco meses a causa del pictel picado y me quedaba con distribuidor nuevo y dos tanques bien provistos.


¿Qué me impedía llamarlos? ¡Ay! Una chispa de orgullo que se negaba a darse por vencida. Pero el hambre —y la perspectiva de no comer más que sándwiches fríos— dieron cuenta de ese orgullo.


Total, el camión del gas llegó media hora después de que lo llamé. Al chamaco que me hizo el trabajo le di veinte pesos de propina y a las tres de la tarde ya le estaba entrando a mi cecina asada con aguacate. En esos momentos, ¡ay!, regresó la luz, tal como habían prometido. No me quedó más remedio que hacerme un sándwich de cecina y venirme a trabajar a la computadora, pues ya se me hacía tarde para entregar el trabajo del día. Por lo menos no comí sándwiches fríos.


domingo, septiembre 11, 2005 

Desventuras automovilísticas

Después de que me trajo a las vueltas, con sustos y sofocones, angustias y expectativas, mi querido carrito regresó al amoroso garage que lo cobija, tras una gira de cerca de tres semanas por varios talleres.


Bueno, el primero no fue taller: por alguna ignota razón, una mala tarde el coche se negó a arrancar. Y ahí se quedó, necio, estacionado junto a la banqueta, empeñado en no moverse. Le hablé a un amigo que al rato llegó con un mecánico. Debí haber seguido mi corazonada desde un principio, pues su astrado aspecto no me infundió nadita de confianza. Pero no tenía más remedio que depender de su pericia. Luego de una breve inspección, el técnico operario emitió su dictamen:


—Mire, seño, lo que pasa es que, mire, 'ora sí que lo que tiene, es que la bobina está mal, o sea que se fregó y hay que cambiarla.


—Pues cámbiela, ¿no?


—Ay, señito, pus sí, pero, ¿a'ónde voy a conseguirla ahorita?


En efecto, era sábado como a las 7 de la tarde.


—Entonces, ¿qué hago?


—No, pus si quiere, deje el coche aquí y ya el lunes me compra la bobina y yo se la coloco.


Volteé a ver a mi amigo, buscando su opinión. La cara que tenía me hizo ver que, en cuestión de coches, él era tan ignorante como yo. Se encogió de hombros e hizo además de "pues, ni modo".


Pues sí, ni modo. Le eché su bendición al coche, confiada en que en ese estado nadie se lo iba a robar, y me fui a la casa en taxi.


El lunes temprano fui a una refaccionaria a buscar la bobina.


—¿De qué modelo es el coche?


—Es un Pointer.


—¿Trai turbo?


—No, pues no sé... ¿eso afecta mucho?


—Pus es que le puedo vender cualquier bobina, pero si no le queda, no hay devoluciones.


—¿Y entonces qué hago?


—Pus llévese dos, pa'más seguridad, señito.


Decidí hablarle al mecánico para que me asesora en tan difícil materia.


—No, pus mi compadre no'stá, pero si quiere yo la atiendo, seño—, me contestó una voz desconocida del otro lado de la línea.


Vuelta a explicarle el mismo problema que ya le había expuesto a su compadre y al dependiente de la refaccionaria.


—¿Sabe qué? Chance y son los sensores.


—¿Y eso qué es? No me habían dicho nada de sesnsores.


—Ah, es que eso hay que revisarlos 'ora sí que con escáner.


—¿Qué hago entonces?


—Pus si me puede traer el carrito, yo aquí le doy su buena escaneada.


Ese día sí había desayunado y creo que eso me ayudó: de repente, alguna substancia del cerebro hizo reacción con otra, y recordé que mi coche tenía un seguro que incluye asistencia en el camino. Hablé a la aseguradora y en una hora mi coche ya estaba en el taller del compadre, cómodamente transportado en una grúa de plataforma.


—Mire, 'orita tengo mucha chamba, pero en la tarde le doy su repasada al carrito—, me dijo el mecánico, cuya pinta no difería en mucho de la de su compadre—. Hábleme mañana al mediodía y ya le doy razón.


Me dio una tarjeta arrugada y engrasada que sacó con mucho cuidado del bolsillo del overol que traía, en la que el número de teléfono que estaba impreso había sido tachado y reemplazado por otro, escrito a mano y con lápiz.


Al día siguiente le hablé al mediodía, que según yo viene cayendo a las 12 del día. Pero al parecer en mi colonia el tiempo pasa más despacio y en el taller apenas era la mañanita, pues me dijeron que "el maistro está desyunando" y que al rato volvía. Después de varias llamadas, finalmente lo encontré a las 4 de la tarde. Bien desayunado, el "maistro" estaba de buen humor, lo que no le impidió darme la mala noticia de que el escáner no había detectado nada y que me tendría llevar mi coche de su taller, pues si se lo dejaba, me cobraría el estacionamiento. Vuelta a llamar a la aseguradora, y un nuevo arrastre del coche, esta vez del taller a mi casa.


Cuando llegó Micaela y le conté el problema del coche, ella me dijo que tenía unos amigos mecánicos muy buenos y barateros, que me lo podrían arreglar. A falta de otras opciones, le pedí que los llamara.


Los Moscos se presentaron ante mi puerta dos días después. Sin ser hermanos gemelos, eran igualitos. Uno se llama Roberto y el otro Humberto, así que a los dos les decían Beto. Pero desde hace tiempo que les dicen los Moscos por alguna razón que escapa a mi entendimiento. Nuevo examen del motor y nuevo dictamen:


—Nos lo tenemos que llevar al taller—, dijo el Mosco Mayor.


—Sí, al taller—, reiteró el Mosco Menor.


—Es que lo tenemos que escanear con el equipo grande. El escáner de mano luego no detecta todo.


—Sí, no detecta todo.


Otra vez intervino el ángel guardián de la aseguradora con su grúa, que se llevó a mi carrito al taller de los Moscos.


Al siguiente lunes me llamó uno de ellos para avisarme que lo que pasaba era que se le había tronado la computadora al coche. Yo no sabía que el coche tuviera computadora (¿Windows, Linux, Mac?) pero tuve que creerles cuando me dijeron el precio.


—En la agencia sale como entre seis y ocho mil pesos—, me soltaron, con lo que se me cayeron los calzones—. Pero en México la podemos conseguir entre tres y medio y cuatro. Usted dice.


¿Qué podía decir? Los autoricé a que fueran a México a buscar el chisme.


—Es que eso puede tardar varios días, si no la tienen en existencia.


De todos modos, calculé que era preferible quedarme unos días más sin coche que pagar el doble en el mercado local. Reiteré mi autorización.


—Nosotros le hablamos cuando la téngamos.


Eso fue lo último que supe de los Moscos en toda la semana. El sábado finalmente me hablaron para decirme que ya tenían la computadora y que sólo faltaba programarla. Colgué con la confianza de que a más tardar el lunes ya tendría el coche de nuevo.


Al lunes siguiente sonó el timbre y en mi alma brilló la esperanza de volver a ver a mi querido carrito. Fue vana. Los dos Moscos estaban ante la puerta, indistinguibles entre sí, con una sonrisita totalmente fuera de lugar, dada la noticia que me pensaban dar.


—¿Sabe qué? Es que necesitamos el número de serie del carro para programar la computadora. ¿No lo sabrá usted?


¿Cómo lo iba a saber si ni enterada estaba de su existencia?


—Viene en una plaquita de plástico que está junto a la llave. ¿No se la dieron cuando lo compró?


Ahí sí se me fue el alma al suelo. El coche lo había comprado hacía más de seis años. ¿Cómo y dónde iba a conservar una "plaquita de plástico" todo este tiempo? Pero, ¡oh, milagro! La dichosa plaquita efectivamente estaba junto a la llave de repuesto. Tenía años de no sentirme tan agradecida con la vida.


—Le hablamos hoy en la tarde o mañana temprano—, fue la promesa de los moscos al despedirse.


No la cumplieron, claro. Pero a estas alturas ya estoy acostumbrada al lento caminar de las manecillas y de las hojas del calendario. Hay cierta atemporalidad en el concepto mexicano de los compromisos que nos emparenta de alguna manera con las culturas orientales, donde la eternidad es más importante que el tiempo. Las citas y compromisos de cualquier naturaleza están siempre supeditadas al humor reinante. Y, a final de cuentas, tengo la impresión de que ese humor depende de la buena o mala digestión de los celebrados platillos de nuestra cocina. Bueno, pero ya estoy divagando.


El miércoles en la mañana volví a recibir la visita de los sonrientes Moscos.


—¿Sabe qué? Lo que pasa es que no pudimos programar la computadora.


—Sí, no pudimos.


—Y nos vamos a tener que llevar el coche a la agencia.


—Sí, a la agencia.


La cara de consternación que puse los ha de haber asustado a ellos más que a mí saber la noticia.


—Pero no se preocupe. Ahí tenemos un amigo que ya nos dijo que nos cobra bara.


—Sí, bara.


—Entonces, o sea que si le puede hablar a la grúa para que se lo lleven a la agencia.


—Sí, la grúa.


Creo que los arrastres de grúa de estas tres semanas valieron por todos los años que he pagado la póliza del seguro sin haberla usado. No sé si ya en la aseguradora me alucinaban, pero al menos no me lo hicieron sentir cuando les llamé. Los Moscos se fueron de inmediato para recibir a la grúa en su taller. Sí, en su taller.


Los días, como dije, transcurren lentos en mi colonia. Más cuando no tengo coche para movilizarme, para ir al súper, para salir, para... en fin, para hacer todo lo que se supone que se hace con un coche. Pero no hay plazo que no se cumpla, así que, finalmente, tres semanas después de haberse negado a arrancar, oí el claxon de mi cochecito sonar ante mi puerta. La sonrisa de los Moscos ahora sí estaba justificada. Luego de comentarme las peripecias que tuvieron que vivir para programar la computadora —un poco con el ánimo de justificar lo que me iban a cobrar— me dieron la llave del coche y me dijeron que había quedado "pior que nuevo". Y así fue. Al darle vuelta a la llave, el motor ronronea como gato satisfecho. ¿Qué más puedo pedir por seis mil pesos?


viernes, septiembre 09, 2005 

La estrategia de Felipe

El otro día, mientras esperaba a que saliera el bolillo calientito en la panadería, se me acercó Felipe y, con una mezcla de orgullo y de agradecimiento, me dijo que Silvia ya había vuelto con él. No pude dejar de sentir cierta satisfacción, quizá como la de fray Lorenzo al arreglar los amores de Romeo y Julieta. Aunque, claro, espero que mi intervención no tenga las desastrosas consecuencias de las del bienintencionado fraile. Bueno, y en realidad eso no me preocupa mucho: después de todo, mi colonia no es la Verona del Renacimiento, qué caray.


Después de sus infructuosos esfuerzos por conseguir galán en Internet, Silvia se quería dar por vencida.


—Es que te juro que no sé qué se traen los chavos. Muchos me escribían, me bajaban el sol y la luna y después de tres o cuatro mails, ni más; no me volvían a escribir. Otros eran unos vejestorios de más de 50 años, que ponían una foto de un chavito cuero y ya cuando nos íbamos a conocer en persona, me soltaban la neta. Supongo que pensaban que para entonces yo estaría taaan enamorada, que no me importaría que ellos tuvieran edad suficiente para ser mis padres.


No consideré prudente sacar a colación la teoría de que el verdadero amor no tiene limitaciones de edad, así que dejé que siguiera hablando.


—Y los otros mensajes que recibía eran de extranjeros que me prometían llevarme a vivir al primer mundo... eso queda allá en Estados Unidos, ¿verdad? por el mundo Disney. Pero, ay, no, qué flojera irme a vivir allá. Además, todavía debo el inglés de la secu y ni les iba a entender nada.


Tampoco era cosa de ponerme a explicar teorías de economía política y establecer las diferencias entre el primero, el segundo y el tercer mundos que, por lo demás, yo tampoco tengo muy claras.


—Y también me escribieron varias chavas... ellas me decían que me podían enseñar muchas cosas que ni me imagino... Pues la verdad, no sé. Chance. Pero si voy a tener que estudiar y aprender otras cosas, mejor estudio para terminar la secu, que al fin ya sólo me faltan tres materias. Y me quedo muy a gusto de este lado, que al cabo ya lo conozco bien.


Y vaya que lo conocía. Ella ya había andado con todos los chicos en edad de merecer de la colonia, y con alguno que otro sin mayor merecimiento que haberla invitado al cine. Silvia encendió un cigarro y se puso a fumar, clavada la mirada en algún punto del infinito. Tenía la costumbre de interrumpirse de pronto, y uno no sabía si ya había acabado de hablar, o sólo estaba tomando aire. Decidí esperar un tiempo prudencial antes de hablar.


—¿No tienes nada qué decirme?—, me preguntó de repente.


En realidad en ese momento se me había ocurrido un plan, pero su éxito se basaba en que Silvia no lo conociera, así que me limité a recomendarle paciencia y que siguiera insistiendo por Internet.


Una vez que se fue Silvia, me fui a la panadería para sondear el terreno con Felipe. Y cuando le expuse mi plan, él se mostró más que dispuesto a colaborar, así que ahí mismo afinamos la estrategia.


Y funcionó de maravilla, como ya dije. Espero tener tiempo en otra ocasión de contar en qué consistió esa estrategia. Eso sí, advierto: amiguitos, para emplearla se necesita mucho entrenamiento. ¡No traten de hacerlo ustedes en su casa!


lunes, septiembre 05, 2005 

La solidaridad del padre Néstor

Desde la semana pasada, el padre Néstor empezó a hacer una colecta para ayudar a "nuestros hermanos en desgracia de Nueva Orleans". Pero cuando la gente se enteró que eso significaba ayudar a los gringos, la respuesta fue más bien tibia. La mayoría decía que no estábamos para ayudar, sino para que nos ayudaran. "Y menos para ayudar a los pin-@#$%&-ches gringos", agregaban en voz baja algunos.


—No es posible—, tronó desde el púlpito en su sermón del domingo—, que sólo se hayan recolectado 42 pesos, una caja de aspirinas y medio frasco de Melox. Es hora de olvidar rencores mezquinos y agravios del pasado...


—¡Que nos devuelvan Texas y sí los ayudamos!—, interrumpió una voz desde el fondo de la nave.


Como el padre Néstor también era conservacionista, las luces de atrás estaban apagadas y, en la penumbra, no pudo distinguir a qué blasfemo pertenecía esa voz. Más irritado aún, el padre Néstor fustigó a esos "corazones secos, incapaces de sentir compasión ante la desgracia ajena". Y trató de dar por terminado el asunto, anunciando que se formaría una brigada de recolección, que pasaría casa por casa para recabar la ayuda.


La coordinadora de esa brigada fue nada menos que doña Meche, la portera y madre de Silvia. Y fue por Silvia como me enteré de las vicisitudes de este colosal esfuerzo humanitario.


El padre Néstor mandó a un grupo de siete beatas a recorrer la colonia para hacer la colecta, armadas simplemente con la amenaza de excomunión y el fuego eterno para aquellos que no quisieran ayudar. Esta vez, la campaña sí dio frutos más generosos: un total de 1,088 pesos en efectivo, dos costales de ropa y una caja de medicinas, ésta aportada por Fulcanelli, el dueño de la botica, que vio en el altruismo la oportunidad de deshacerse de todos sus medicamentos caducos.


Sin embargo, el siguiente revés para el padrecito provino de donde menos lo esperaba: los organismos de ayuda se negaron a recibir los donativos ya que, explicaron, el gobierno federal de Estados Unidos no quería nada de ayuda externa. El ingeniero Benavides, que se había ofrecido a llevar en su coche las cosas, se regresó desairado y por demás furioso.


—¡Estos pin-@#$%&-ches gringos qué se están pensando!—, exclamó, bajando sudoroso los dos costales y la caja del boticario—. Con razón nadie los quiere.


Con todo, el incidente estaba lejos de haber terminado. Cuando mi colonia se enteró que la ayuda había sido devuelta, todos empezaron a exigir que se les regresara su aportación. Pero como las beatas no habían tenido el cuidado de registrar los donativos que les daban, el padre Néstor, basándose en el principio de "lo caido, caido", propuso que esas cosas se quedaran para el dispensario de la iglesia, ya que no habría manera de hacer una devolución justa.


Pero la gente alegaba que cada quien se acordaba de lo que había aportado, por lo que casi se arma un motín enfrente de la iglesia, con las personas que exigían que se les devolviera lo suyo.


Nadie quedó contento. Hubo gente que decía haber donado un suéter de angora y haber recibido de vuelta "un pin-@#$%&-che rebozo". El padre Néstor, por su parte, aseguró que, a la hora de reembolsar el efectivo, la iglesia "había erogado más de dos mil pesos" y lanzó un anatema contra aquellos "sacrílegos que aprovecharon la situación para meterse en el bolsillo un dinero mal habido".


Días después llegó la noticia de que Estados Unidos finalmente había decidido aceptar ayuda extranjera. Pero creo que al padre Néstor ya se le había agotado la compasión, pues esta vez no volvió a mencionar nada de ninguna colecta.


sábado, septiembre 03, 2005 

Not A Wonderful World


Louis Armstrong no imaginó una Nueva Orleans después de Katrina.


viernes, septiembre 02, 2005 

La vi allá (7)

El teléfono sonó poco después de que se fuera Gina. Me dio ternura pensar que me estaba hablando apenas llegar a su casa y contesté con la voz que creo que es la más sexi que tengo. La mala onda fue que no era Gina, sino Clara. Y lo peor fue que me hablaba para reclamarme que Gina había pasado la noche conmigo. ¿Cómo lo supo? La infeliz había venido en la noche y, al ver el coche de Gina se asomó por la ventana de la sala. Sólo vio nuestra ropa que habíamos dejado cuando nos fuimos a la recámara. Lo demás lo adivinó.


No puedo expresar el coraje y la rabia que me dio oírla. ¿Qué derecho tenía de venir a espiarme a mi propia casa? ¿Quién se creía que era para reclamarme lo que yo hiciera de mi vida? ¡Pinche Clara! Siempre se las dio de muy fuerte, pero esa vez sí se quebró todita. Cuando le confirmé las sospechas y además le negué todo derecho a meterse en mi vida, se echó a llorar y a rogarme; a prometerme que todo iba a ser diferente y que le diera otra oportunidad. La neta me conmovió, pues nunca la había visto en ese plan, y en ese momento de debilidad mía acepté que viniera a hablar conmigo en persona. Y ahora que lo veo, creo que fue lo mejor que pude hacer, pues así pudimos finiquitar el asunto.


Llegó una hora más tarde, con un maquillaje que se veía que era la primera vez que usaba, y con vestido, como muy pocas veces la había visto. Me dieron ganas de decirle que aunque la mona se vistiera de seda, pero tampoco quise ser tan cruel. Además, la muy pendeja seguramente no entendería mis palabras. Encima de todo, me llegó con flores.


Toda sonrisas, se sentó en la sala con la intención de convencerme de que regresáramos. Y queriendo verse "generosa", me dijo que entendía que hubiera salido con Gina y que me lo perdonaba. Claro, siempre y cuando la dejara de ver y volviera a andar con Clara. Me di cuenta de que Clara se me había salido de los huesos aun antes de conocer a Gina. De que si había seguido con ella había sido por inercia, por costumbre. O, francamente, por no estar sola. Reconozco que por mucho tiempo, mi lema fue que más valía estar mal acompañada que sola. Que nunca me atreví a terminar una relación, si no tenía ya a alguien, o por lo menos un prospecto a la vista. Bueno, todo esto no lo tenía bien claro en esos momentos. Eso lo llegué a entender mucho después. En ese momento en realidad sólo sentía rabia con Clara y conmigo misma por haberme enredado con ella.


Bueno, pues cuando le dije a Clara que ya ni más, ella se puso una furia. De golpe se quitó la máscara de civilizada que traía puesta cuando llegó y se me lanzó a los golpes. Al hacerme a un lado para esquivarla, se tropezó y se cayó sobre la mesa, tirando las tazas y platos que había dejado ahí desde el desayuno. Tumbada en el suelo, hundió la cara entre las manos y empezó a llorar. Yo me le acerqué, más por curiosidad (nunca la había visto llorar) que por compasión. Pero supongo que ella confundió mi actitud y me abrazó de las piernas, rogando entre lágrimas que no la abandonara. De alguna manera me pude zafar. Ella se levantó y, ahora llorando en silencio, tomó la escoba y se puso a barrer los pedazos de tazas y platos que se rompieron al caer.


No me considero cínica ni mucho menos, pero al verla así me dio un ataque de risa. Primero traté de contenerla, pero al final me di por vencida y estallé. ¡La cara de Clara cuando volteó a verme! Traía el rimmel chorreado, por lo que los ojos se le veían hundidos y la mirada perdida. Creo que su primera reacción fue de sorpresa. Después fue de humillación. Y cuando de ahí pasó a la rabia, todo eso se resolvió en una espantosa mirada de odio concentrado. Sentí escalofríos al verla.


Clara tomó la escoba con las dos manos y la rompió en la rodilla. Aventó los dos trozos a los lados, me lanzó una maldición (algo así como "espero que te pudras en el infierno con tu puta de mierda") y salió del departamento azotando la puerta. No la volvería a ver en toda mi vida.


jueves, septiembre 01, 2005 

Las reglas del juego

Recuerdo que de chica, al jugar futbol con mis hermanos, ellos se burlaban y se enojaban conmigo pues decían que yo no tomaba en serio el juego. Para mí eso era un oxímoron. Claro, en ese tiempo yo no sabía lo que era un oxímoron y decía que era una bobada (nótese que de hecho tampoco sabía que se decía pendejada). ¿Cómo tomar en serio a un juego? ¿No es el juego lo contrario a la seriedad? ¿No es su libertad uno de los principales atractivos?


Pues al parecer no. Había que respetar una serie de reglas que me parecían absurdas. ¿Por qué no se podía tocar la pelota con la mano? ¿Por qué la pelota tenía que pasar entre las dos chamarras que marcaban la portería para que fuera gol? En fin, lo que no comprendía era que nosotros, que hubiéramos tenido la libertad de jugar como quisiéramos, estuviéramos atados a un montón de reglas salidas de quién sabe dónde.


Para comprender la importancia de las reglas del juego, el valor de jugar en serio, tendrían que pasar mucho años y yo tuve que practicar un deporte con cierta regularidad, hasta agarrarle sabor y entenderlo. Este deporte fue el tenis, del que aprecié enormemente la sencillez de sus reglas y la complejidad de sus aplicaciones. Se trata simplemente de hacer pasar la pelota por encima de la red y que caiga en la cancha del contrario, claramente delimitada por las líneas. Sólo el tiro inicial, el servicio, está sujeto a una restricción adicional: la pelota tiene que caer dentro de un cuadro, que viene a ser más o menos la cuarta parte de la cancha. Fuera de eso, cada quien tiene toda la libertad de arreglárselas para ganar.


Bueno, pues ahora que he estado viendo los partidos del Abierto de Estados Unidos por la tele, tengo varias preguntas. La primera es más bien una observación. ¿Por qué los locutores en español se sienten obligados a estar hablando todo el pinche tiempo? Uno de ellos, para acabarla de amolar, no sólo es argentino sino también ex tenista, así que no pierde oportunidad de contarnos sus anécdotas (aunque no vengan al caso) con su molesto acento porteño. Y, por supuesto, sus comentarios siempre se dirigen a alabar a sus compatriotas cuando juegan éstos, sin pelar siquiera la actuación del contrario. Y esta obsesión por llenar de palabrería hueca hasta el último minuto de trasmisión se hace evidente cuando le cambio el idioma (¡gracias, Sky!) y oigo a los locutores gringos. Ya sé que me van a decir malinchista, pero la neta prefiero ver el juego sin que me distraigan las insulseces egocéntricas de un patético has been como Javier Frana.


Y una observación más, aunque me tilden de racista, sexista, machista u lo que sea: ¿cómo ponen a jugar a las hermanas Williams con mujeres tan delicadas como Daniela Hantuchova? ¡No se vale! Ellas deberían de jugar en la sección masculina. Bueno, pues eso era todo.


 

Exolingüística para principiantes


Cuando conocí a Ontiveros y me dijo que era exolingüista, yo pensé que era una forma adornada de decir que se dedicaba a las lenguas extranjeras. Pero él mismo se encargó de sacarme de mi error.


—La exolingüística—, me dijo en un tono que no carecía de ribetes ampulosos—, es el estudio de las lenguas extraterrestres.


Y juro por mi madre que me lo dijo sin pestañear.


En nuestro planeta existen alrededor de seis mil idiomas, de los cuales la mitad, y quizá hasta el 90 por ciento, habrá desaparecido al finalizar este siglo. El 97 por ciento de la población habla 240 idiomas, lo que quiere decir que 5,760 idiomas son hablados por apenas el 3 por ciento restante, que son 180 millones de personas. Es decir, en promedio, esos idiomas tienen 31,250 hablantes. La desaparición anunciada de estas lenguas tiene varias causas, pero la principal es la ruptura de la trasmisión generacional: los padres ya no les enseñan a sus hijos su lengua, sino la hegemónica del país. De ese modo, la lengua desaparece por completo tras dos generaciones (y los nietos no pueden comunicarse con sus abuelos).


Por lo visto, los lingüistas del siglo XXII tendrán mucho menos materia de estudio que los actuales. Aún así, si sólo quedaran esos 240 idiomas, sobrará chamba para traductores e intérpretes, pues nadie sería capaz de aprendar tantísima lengua.


Por eso no me explico que haya quien se dedique a estudiar idiomas de otros planetas, habiendo tanto material en el nuestro. Aunque pensándolo bien, lo que no me explico es cómo pueden estudiar esas lenguas si, para empezar, no sabemos ni siquiera que haya vida inteligente en otros planetas. ¿De dónde habrá conseguido Ontiveros un silabario marciano?


—No, no, mi estimada—, quiso explicarme con su tonito condescendiente—. En la exolingüística nos dedicamos a analizar cómo podría ser una lengua hablada por seres con diferente sentido de la percepción.


El resto fue un rollo incomprensible. No porque Ontiveros alcanzara niveles muy elevados, sino porque no salía de repetir los lugares más comunes de la lingüística, la arbitrariedad del enlace significado-significante y demás bases que echara Saussure hace casi un siglo. Y todo, claro, sazonado con viajes extraterrestres, civilizaciones perdidas y conocimientos milenarios, oportunamente rescatados por el líder de su secta de contactados.


Yo ya había leído las Otras inquisiciones y las Ficciones de Borges, por lo que en realidad no me apantallaron sus argumentos. Borges habla de la posibilidad de un idioma sin substantivos, con puros verbos, en el que, por ejemplo, para decir luna se usaría un verbo que más o menos significaría lunescer. Pero Borges era escritor de ensayos literarios y de ficciones y no andaba por el mundo leyendo la baraja.


—Borges no hubiera podido leer las cartas— replicó Ontiveros—, pues era ciego. ¿No lo sabía?


Se me quedó viendo con una sonrisita de triunfo. No le respondí. No porque no supiera qué decir, sino por considerar que no valía la pena alegar con tamaño embaucador. Al darme la media vuelta para irme, todavía alcancé a oír que decía:


—Aunque pensándolo bien, no sería mala idea fabricar unas barajas en Braille. Entre los ciegos hay un nicho que no se ha explotado.


Me alejé sin escuchar el resto de sus planes.


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