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martes, octubre 11, 2005 

Premio


José Emilio Pacheco recibió el premio de poesía Federico García Lorca. Es un reconocimiento que le da lustre a este joven premio, que nos recuerda que aún existe la poesía y que reconforta a los lectores del genial JEP.


 

Metapost

Siguiendo a Jakobson, que hablaba de la función metalingüística para designar al lenguaje que habla de sí mismo, podríamos hablar de metabloguear cuando por alguna razón —que por lo general es la falta de tema— el bloguero se pone a decirles a sus lectores: “Miren, estoy blogueando.” Tarde o temprano, todo ciudadano de la blogosfera ha caído en ese tremedal y yo no habría de ser la excepción. Así que, ojo, miren, pongan atención: lo que sigue es un post sobre el blog.


La primera reflexión gravita sobre el nombre mismo. Los puristas quieren que esto no sea un blog ya que, insisten, propiamente dicho, el blog, como aféresis de weblog, viene resultando una bitácora en la que el autor registra sus comentarios sobre las páginas Web que encuentra dignas de consideración. Constituye, de ese modo, el diagrama de sus travesías y serviría, llegado el momento, para trazar la biografía intelectual de su autor. Y a los blogs que sirven para exponer la vida, gustos y opiniones, estos cancerberos del lenguaje recomiendan llamar diarios en línea.


La mayoría de los blogueros instala un contador de visitas, que tiene mucha más utilidad que la de simplemente llevar la cuenta de cuántas personas se han asomado por nuestra página. En mi caso, mi servicio de estadísticas recoge también datos que supuestamente son importantes sobre los lectores. Por ejemplo, la resolución de su monitor, dato que, según esto, me ayuda a determinar a qué resolución debo diseñar mi sitio, basándome en la mayoritaria. ¡Vaya! Me doy de santos por haber podido instalar una plantilla que tomé de otro lugar... ¿y quieren que me ponga a ver en qué resolución se ve mejor? Lo mismo vale para el navegador que se utiliza. Yo no pienso entrarle al juego de la guerra de navegadores. Yo utilizo Firefox y soy feliz, pese a que el 45% de los lectores de este blog usa Internet Explorer. Si alguno de éstos no está conforme con lo que ve, le aconsejo que se pase a Firefox; quizá de ese modo vea que mis posts son más divertidos que cuando los leía en Explorer.


Una buena fuente de inspiración podrían ser las palabras que buscan los lectores. Sí, este servicio me revela qué estaban buscando (y en qué buscador) quienes vienen a caer a esta página. Y me aconseja que ponga atención a ellas, para aumentar el número de visitantes. O sea, al cliente lo que quiere (o lo que busca). Pero, a ver, desde hace varios ha estado cayendo por este sitio alguien que se queja de que se me bloquea el rosa tatuada (sic). Tendría que hablar de alguien a quien se le bloquea el rosa tatuada pero, francamente, no tengo idea de lo que quiere decir eso. Otra cosa que buscan muchos que caen por aquí es USAFIS fraude. Bueno, pues ya hablé de que el USAFIS me ha estado bombardeando con espam para convencerme de que pida mi visa de residencia en Estados Unidos. ¿Tengo que volver a hacerlo? En fin, ¿qué puedo hacer para atraer a gente como aquel españolito que buscaba chiquillas en tanga y vino a darse de bruces con mi blog?


lunes, octubre 10, 2005 

Amor homosexual

Creo que fue Oscar Wilde quien definió al amor homosexual como “aquel que no se atreve a decir su nombre”. Y si no fue él quien lo dijo, ya sé que no faltará un sabelotodo que me corrija la plana.

Aceptar esta definición es un proceso doloroso. José Emilio Pacheco señalaba en Las batallas en el desierto la estupidez de que el amor que sentía su personaje fuera pecado. ¿Por qué, si el amor es una fuerza liberadora, hemos de mantenerlo escondido y reprimido? ¿Por qué habríamos de sofocar nuestros sentimientos por otra persona, sólo por el hecho de ser de nuestro mismo sexo?

Tratar de responder a estas preguntas es meternos en el berenjenal de los prejuicios sociales y los anatemas religiosos. Es hablar de la doble moral que suele aplicarse y que permite que los hombres se deleiten con escenas de amor lésbico y sientan repugnancia por un hombre que manifieste atracción por su mismo sexo. Incluso podríamos preguntarnos si la excitación que sienten con la porno lesbiana no es un disfraz de una atracción homosexual latente (o por lo menos de una curiosidad inconfesable). La femenina, en todo caso, es una homosexualidad menos anatemizada que la masculina.

Pero en la práctica eso no le da ninguna ventaja a una mujer lesbiana. Sigue acechando en la obscuridad en busca de indicios de que el objeto de su afecto comparte su misma inclinación. Su misma preferencia, por decirlo con términos al gusto de la corrección política, que quiere ver una característica cultural en un determinismo genético.

¿Y qué sucede cuando, en un arranque desesperado, deja de otear y decide comunicar sus sentimientos a otra mujer, sin importarle ya lo que ésta pudiera responderle? Eso depende totalmente de la situación específica, pero si los cálculos no fueron correctos, si no fue acertada la lectura de indicios y señales, si se equivocó al interpretar gestos y actitudes, la mujer lesbiana que se abre puede resultar profundamente herida.

Claro, los golpes convertidos en experiencia nos van dando una especie de sexto sentido que nos afina la identificación mutua. Los frentazos sufridos en la adolescencia —o aun antes— nos van enseñando que el amor es muy bonito, pero hasta cierto punto. Que la intimidad que comparten las amigas íntimas se detiene en determinado umbral infranqueable. Que no podemos andar por la vida diciéndoles a todas las mujeres que nos gustan que queremos todo con ellas, so pena de vernos condenadas al ostracismo.

No es de extrañar, pues, que haya tantos homosexuales —hombres y mujeres— que viven en el asfixiante clóset de un matrimonio de apariencias, de relaciones heterosexuales establecidas para taparle el ojo a un macho intolerante, que se siente facultado para determinar a quiénes podemos amar y a quiénes no. Que quiere obligar al corazón a realizar un examen genital antes de expresarse.

A mí en lo personal no me interesa el matrimonio y el debate que algunos partidos quieren abrir para permitir el enlace homosexual en nuestro país me deja fría. Y ya hay demasiados chistes homofóbicos sobre este asunto para que yo me moleste en transcribir aquí alguno. Pero pienso que sería un enorme paso hacia el reconocimiento no sólo de nuestros derechos, sino sobre todo para la aceptación de que un importante sector de la población es homosexual y de que no es justo que siga llevando una vida sexual prácticamente al margen de la sociedad.


viernes, octubre 07, 2005 

Cine para principiantes

Hay ocasiones en que llegamos tarde al cine, no vemos los créditos iniciales y nos quedamos sin saber de dónde es la película que vimos. Como un servicio más a nuestros fieles 17 lectores, presentamos aquí esta


Guía para determinar la nacionalidad de las películas



  • Si antes de verla ya nos enteramos cuánto costó, en qué escándalo están implicados los protagonistas o ya anunciaron la continuación para el próximo año, la película es de Hollywood.

  • Si la acción se desarrolla en una fría aldea del mar del Norte, la cámara se mueve lentamente mostrando los ojos angustiados de los actores y al final nos damos cuenta de que no entendimos nada, la película es de Dinamarca (o algún país escandinavo)

  • Si no entendemos lo que dicen los actores, pese a hablar en español, o si lo único que distinguimos son las palabras “gilipollas ” y “porro”, la película es española (sobre todo si tiene un título kilométrico y está protagonizada por Victoria Abril).

  • Si también está hablada en español pero tampoco entendemos lo que dicen los actores (por deficiencias del sonido) y lo único que percibimos son las palabras “chingados” y “puta madre”, la película es mexicana (sobre todo si sale alguno de los Bichir o María Rojo).

  • Si toda la película se desarrolla en una reducida cocina, con eventuales escenas exteriores en multifamiliares derruidos, la película es rusa.

  • Si la acción transcurre en un departamento diminuto y los exteriores son en algún parque en invierno, entonces la película es polaca. (OJO: en este caso también podría ser checa. Si hay una escena en donde una familia se reúne para comer, definitivamente sí es checa.)

  • Si la película narra el viaje en coche por carreteras remotas de dos personajes contradictorios, que al final acaban enamorados (si son hombre y mujer) o matándose mutuamente (si son dos hombres) o despeñándose (si son dos mujeres) de seguro es gringa.

  • Si los personajes se pasan toda la película tratando de demostrar que no fueron simpatizantes nazis en su juventud, la cinta es alemana.

  • Si el tema de la película es la imposibilidad de las relaciones (o por lo menos su dificultad), la fragilidad de la pareja o el análisis de la vida posmoderna, la cinta es francesa (en especial si hay una escena en la que una pareja se pelea y uno de los dos sale del departamento dando un portazo).

  • Si los personajes hablan a gritos y manotazos, no le busque más: se trata de una película italiana. Y si tiene alguna duda, la copa triple D de la protagonista se la disipa definitivamente.

  • Si la película tiene como protagonistas a varios niños, con toda certeza es iraní (sobre todo si los chiquillos y las chiquillas tratan de hacer algo bueno por su aldea).

  • Si la película trata del sitio de Sarajevo, las cosas se complican y tenemos que buscar más detalles.

    • Si habla del drama de los matrimonios mixtos separados por la guerra civil, el odio entre los vecinos o los sufrimientos de los niños huérfanos de guerra, la película es yugoslava.

    • Si está contada desde el punto de vista de un corresponsal de guerra extranjero, la película es de algún país de Europa occidental. Pero si el corresponsal se convierte en héroe al rescatar a un niño y a su inseparable mascota, si resuelve con la mano en la cintura todos los problemas o acaba con el conflicto a punta de balazos punteados con comentarios irónicos, definitivamente la película es gringa.


miércoles, octubre 05, 2005 

En el café de Li

Entró a la fonda convocando con su presencia la mirada de todos los clientes. Era más bien un café de chinos que había visto sus mejores tiempos a mediados del siglo pasado. Si en ese tiempo el dueño hubiera tenido más visión, ahora las paredes estarían cubiertas con fotos de las glorias periodísiticas de aquella época que lo frecuentaban. Pero no fue así y las paredes del local, descascaradas en buena parte, apenas alcanzaban a estar adornadas con calendarios viejos y litografías chinas. Unas farolas rojas, cubiertas de un polvo centenario, complementaban la decoración.


Entró a la fonda porque era el único lugar abierto a esa hora, quince minutos antes de las seis de la mañana, sin importarle la suciedad que el descuido había impuesto en el lugar con el paso de los años. Empero, había algo en el ambiente que lo volvía más acogedor, mucho más agradable que cualquier Vips o sitios semejantes, donde el exceso de limpieza se vuelve agresivo. Aquí sabía que podía encender su cigarro en cualquier lugar que se sentara sin que nadie la viera con malos ojos.


Entró a la fonda primero para aplacar sus ideas y después para leer el periódico. El lugar estaba lleno de distribuidores de periódicos, que recién habían terminado de repartir sus tambaches a los voceadores. Su trabajo empezaba a las tres de la mañana y ahora estaban disfrutando de un merecido descanso. Ella también lo necesitaba. Y un café con leche muy azucarado, un cigarro y un periódico era lo único que quería en esos momentos.


Se concentró en la lectura, sin importarle que, al sentarse en la barra, el top se le levantara por atrás y dejara ver una generosa porción de sus carnes. Muchos ojos se clavaron en la rosa tatuada de su espalda, cuyo tallo desaparecía en la misteriosa zona apenas cubierta por la tanga que asomaba sus encajes. Los parroquianos también pudieron contemplar la larga cabllerea roja que le cascadeaba por los hombros hasta rematar a media espalda. Más de uno se preguntó qué podía hacer una mujer así en un lugar como ése y la única respuesta que acertó a encontrar, dada la sensualidad del cuerpo analizado, fue que se trataba de una prostituta que, habiendo terminado su trabajo, quería relajarse un poco antes de irse a descansar. Esa hipótesis era falsa.


Las noticias del día la mantuvieron entretenida un tiempo, no sin considerable esfuerzo de su parte. Olores, escenas y ruidos rivalizaban con las notas por su atención. Las rencillas internas de los partidos políticos de pronto se desvanecían bajo el fuerte olor a almizcle. ¿Quién había encendido ese incienso de pachuli? Al segundo café y al tercer cigarro, las imágenes de esa noche se habían impuesto y ella se declaró vencida. Dobló el periódico y clavó los ojos en la mirada triste de la muchacha que la miraba desde el espejo. Quiso sonreír para infundirle ánimos, pero todo lo que pudo esbozar con los labios fue una mueca vacía.


Sí, se sentía vacía, exhausta, agotada. La mente no le daba para razonar, sólo para repetir infatigable los mismos argumentos que ella misma había dicho y los que había escuchado de Lorena. Todos habían sido inútiles. ¿Con qué argumentos hubiera podido convencerla de que no la dejara? ¿Qué podía haberle dicho, que no se lo hubiera dicho ya mil veces, para que ella entendiera que el tipo con el que pensaba regresar era un desgraciado y que la haría sufrir con una vida miserable? ¿Y por qué había decidido anunciarle que se iba con él el día de su cumpleaños? (Ella todavía no lo sabía —no lo podía saber pues todavía no ocurría—, pero dos años después, también en su cumpleaños, se iba a encontrar en una situación similar.)


Miró su reloj. La carátula digital indicaba las 6:43. Siempre que veía la hora recordaba a su abuela y su costumbre de redondear a cuartos de hora, adquirida después de años de leer la hora en relojes de manecillas y acendrada en su rechazo a los relojes digitales “tan feos”. Entonces eran las siete menos cuarto, como hubiera dicho su Nona de haber estado a su lado en esos momentos. Ese jueves de enero empezaba a despuntar la mañana. Muchos de los voceadores ya se habían ido y su lugar lo ocupaban oficinistas tempraneros que pasaban por un café antes de llegar a sus labores. En algún momento ella también tendría que irse pues en su casa la esperaba el trabajo que le habían encargado el día anterior.


Pero antes tendría que bañarse y descansar. Antes tendría que limpiarse el cuerpo y aclararse la mente. Antes tendría que convencerse a sí misma de que valía la pena hacer el trabajo, seguir con su vida, volver a sentarse ante la computadora para ganarse una subsistencia que, en estos momentos, le parecía sin sentido. Antes tendría que descansar y recuperar las fuerzas agotadas en la interminable dicusión de la noche anterior, recobrar la energía perdida en escuchar reproches y tratar de defenderse de ellos; en hurgar en sus profundidades en busca de lodo para aventárselo a esa mujer que, de buenas a primeras, le había salido con que “se me acabaron las pilas”, queriendo decir con esa estúpida frase que ya se había agotado el amor eterno que le había profesado meses antes. O, mejor dicho, que ya había encontrado otro cauce. Su antiguo cauce, para redondear la humillación de ver que se iba con aquél de quien habló pestes y a quien no se cansó de insultar y de llamar “poco hombre” por haberla dejado la primera vez.


Sí, claro, tendrían que pasar muchas cosas para que volviera a ver las cosas como las veía apenas veinticuatro horas antes. Tenía mucho por digerir, mucho por olvidar y mucho más por perdonar. Pero lo primero, claro, era pagar su consumo en el café de Li, ponerse la chamarra que había colgado del respaldo del banco, salir, buscar un taxi que la llevara a su casa, entrar... clavarse en las minucias cotidianas, fingir que todo importa, que todo es emocionante. Recordar que hay que hacer un trabajo, pagar el teléfono, mandar a arreglar la olla exprés, recoger la ropa de la lavandería. La vida cotidiana como terapia, ¡eso era! Levantó la mirada y vio que la chica del espejo ya le estaba sonriendo de nuevo.


domingo, octubre 02, 2005 

Una muerte en la colonia

El lunes pasado nos enteramos de la muerte de mis vecinos, el Chueco Tolentino y su esposa Raquel. Aunque los primeros informes fueron confusos y contradictorios, finalmente pudimos establecer que se mataron en un accidente de carretera, cuando regresaban de México, por venir a exceso de velocidad: una llanta se ponchó, el Chueco, que venía al volante, perdió el control del auto que se fue a estrellar contra un retén, volcándose y causando la muerte instantánea de sus dos ocupantes.


En la privada cundió la consternación, en especial por sus dos pequeñas hijas, que habían quedado al cuidado de la abuela en lo que sus padres iban a México a "arreglar unos asuntos". La primera que reaccionó fue doña Meche, la portera, quien al enterarse de la fatal noticia se hizo presente en la casa de los Tolentino para ofrecer su ayuda "en lo que pudiera ocuparse". Pues la abuela —madre de Raquel— le tomó la palabra y le dejó encargadas a las dos chiquillas en lo que iba a México a hacerse cargo de los trámites para el traslado de los cuerpos, el funeral y el entierro.


Ya sabemos que los trámites, de cualquier tipo, pueden llegar a dilatarse mucho, en especial cuando no hay mucho dinero para engrasar debidamente los engranes de la burocracia. Así que para el jueves, doña Meche vino a verme muy angustiada.


—Es que ya me están saliendo muy gravosas las muchachitas. Estarán muy chiquitas, pero comen como grandes. Además, al pobre Cuico tengo que tenerlo amarrado en la zotehuela porque parece que no las quiere.


El Cuico era el perro que había recogido doña Meche en reemplazo de su nunca bien llorado Rayo Negro.


—Y como anda de malas, el Cuico ya me desgarró varias prendas de ropa interior que tenía ahí tendidas.


Así es, doña Meche no usa calzones ni brasieres, sino "prendas de ropa interior". Un poco por pena con ella y otro poco por solidaridad con las pobres niñas, me ofrecí a recibirlas en mi casa durante el día y darles de comer, en lo que regresaba la abuela.


A mí las chicas no me resultaron tan gravosas como a doña Meche, pues la abuela regresó el viernes por la tarde. Llena de tristeza pero también de coraje, nos relató el viacrucis que supuso el trámite, el cual le fue imposible de culminar. Así, decidió que la cremación se realizara en México y se regresó con las urnas, que pensaba guardar en la cripta de la iglesia. Y este lunes se iba a ir a Puebla con las dos niñas, a instalarse en la casa de su otra hija.


El sábado, la abuela fue a hablar con el padre Néstor para que este domingo oficiara una misa de difuntos antes de guardar las urnas en la cripta. Pero ahí empezaron (o mejor dicho, siguieron) los problemas. La iglesia ya tenía programada una boda para el mediodía y el padre no quiso hacer el oficio de difuntos en la mañana, pues ya estaba la decoración de la boda y "ni modo de cambiarla". Lo más que pudo ofrecer fue dirigir un rosario el sábado en la noche, después de haber guardado las urnas en la cripta.


Perdiendo su buen talante habitual, la abuela le soltó unas palabrotas al padre Néstor, se dio la media vuelta y salió de su oficina azotando la puerta. Lo malo fue que, al llegar a su casa se dio cuenta de que las urnas —de las que no se había desprendido desde que las recibió en el crematorio de México— se habían quedado en la oficina del padre.


Doña Meche y yo recibimos la comisión de ir a rescatarlas, pues la abuela ya no quería tener tratos con "ese desalmado" del padre Néstor, que anteponía una "pinche boda" a las necesidades espirituales de los difuntos.


—Además—musitó—, pa'lo que va a durar ese matrimonio.


En efecto, había serias dudas sobre la viabilidad de la pareja de Elpidio y Justina y las famas que corrían en la colonia aseguraban que sólo el dinero del carnicero era lo que había atraído a Justina a su lado, aunque otras apuntaban al avanzado estado de gravidez que presentaba Justina como justificación de esa unión. Bueno, pero chismes aparte, la abuela ya había decidido irse a Puebla de inmediato para guardar allá las urnas. En su oficina, el padre Néstor nos reiteró la oferta de dirigir el rosario esa noche, pero tuvimos que declinarla, pues la abuela no nos había facultado para negociar en su nombre.


Esta mañana muy temprano acompañamos a la abuela y a las dos niñas a la estación de los camiones. A doña Meche y a mí nos dejó el encargo de desmontar la casa y enviarle sus cosas en cuanto se hubiera instalado en Puebla. Cuando regresamos a la casa a inspeccionarla, lo primero que vimos al entrar fueron las dos urnas sobre la mesa del comedor.


¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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