]]>

« Inicio | Una muerte en la colonia » | La doble vida de dom Gerundio » | La confesión de Zeferina » | Los riesgos laborales y cómo evitarlos: primer int... » | La neta del planeta » | El principio de las pirámides » | Memorias del clintonismo » | ... » | También nuestros abuelos fueron modernos » | La piratería es nuestra amiga »

miércoles, octubre 05, 2005

En el café de Li

Entró a la fonda convocando con su presencia la mirada de todos los clientes. Era más bien un café de chinos que había visto sus mejores tiempos a mediados del siglo pasado. Si en ese tiempo el dueño hubiera tenido más visión, ahora las paredes estarían cubiertas con fotos de las glorias periodísiticas de aquella época que lo frecuentaban. Pero no fue así y las paredes del local, descascaradas en buena parte, apenas alcanzaban a estar adornadas con calendarios viejos y litografías chinas. Unas farolas rojas, cubiertas de un polvo centenario, complementaban la decoración.


Entró a la fonda porque era el único lugar abierto a esa hora, quince minutos antes de las seis de la mañana, sin importarle la suciedad que el descuido había impuesto en el lugar con el paso de los años. Empero, había algo en el ambiente que lo volvía más acogedor, mucho más agradable que cualquier Vips o sitios semejantes, donde el exceso de limpieza se vuelve agresivo. Aquí sabía que podía encender su cigarro en cualquier lugar que se sentara sin que nadie la viera con malos ojos.


Entró a la fonda primero para aplacar sus ideas y después para leer el periódico. El lugar estaba lleno de distribuidores de periódicos, que recién habían terminado de repartir sus tambaches a los voceadores. Su trabajo empezaba a las tres de la mañana y ahora estaban disfrutando de un merecido descanso. Ella también lo necesitaba. Y un café con leche muy azucarado, un cigarro y un periódico era lo único que quería en esos momentos.


Se concentró en la lectura, sin importarle que, al sentarse en la barra, el top se le levantara por atrás y dejara ver una generosa porción de sus carnes. Muchos ojos se clavaron en la rosa tatuada de su espalda, cuyo tallo desaparecía en la misteriosa zona apenas cubierta por la tanga que asomaba sus encajes. Los parroquianos también pudieron contemplar la larga cabllerea roja que le cascadeaba por los hombros hasta rematar a media espalda. Más de uno se preguntó qué podía hacer una mujer así en un lugar como ése y la única respuesta que acertó a encontrar, dada la sensualidad del cuerpo analizado, fue que se trataba de una prostituta que, habiendo terminado su trabajo, quería relajarse un poco antes de irse a descansar. Esa hipótesis era falsa.


Las noticias del día la mantuvieron entretenida un tiempo, no sin considerable esfuerzo de su parte. Olores, escenas y ruidos rivalizaban con las notas por su atención. Las rencillas internas de los partidos políticos de pronto se desvanecían bajo el fuerte olor a almizcle. ¿Quién había encendido ese incienso de pachuli? Al segundo café y al tercer cigarro, las imágenes de esa noche se habían impuesto y ella se declaró vencida. Dobló el periódico y clavó los ojos en la mirada triste de la muchacha que la miraba desde el espejo. Quiso sonreír para infundirle ánimos, pero todo lo que pudo esbozar con los labios fue una mueca vacía.


Sí, se sentía vacía, exhausta, agotada. La mente no le daba para razonar, sólo para repetir infatigable los mismos argumentos que ella misma había dicho y los que había escuchado de Lorena. Todos habían sido inútiles. ¿Con qué argumentos hubiera podido convencerla de que no la dejara? ¿Qué podía haberle dicho, que no se lo hubiera dicho ya mil veces, para que ella entendiera que el tipo con el que pensaba regresar era un desgraciado y que la haría sufrir con una vida miserable? ¿Y por qué había decidido anunciarle que se iba con él el día de su cumpleaños? (Ella todavía no lo sabía —no lo podía saber pues todavía no ocurría—, pero dos años después, también en su cumpleaños, se iba a encontrar en una situación similar.)


Miró su reloj. La carátula digital indicaba las 6:43. Siempre que veía la hora recordaba a su abuela y su costumbre de redondear a cuartos de hora, adquirida después de años de leer la hora en relojes de manecillas y acendrada en su rechazo a los relojes digitales “tan feos”. Entonces eran las siete menos cuarto, como hubiera dicho su Nona de haber estado a su lado en esos momentos. Ese jueves de enero empezaba a despuntar la mañana. Muchos de los voceadores ya se habían ido y su lugar lo ocupaban oficinistas tempraneros que pasaban por un café antes de llegar a sus labores. En algún momento ella también tendría que irse pues en su casa la esperaba el trabajo que le habían encargado el día anterior.


Pero antes tendría que bañarse y descansar. Antes tendría que limpiarse el cuerpo y aclararse la mente. Antes tendría que convencerse a sí misma de que valía la pena hacer el trabajo, seguir con su vida, volver a sentarse ante la computadora para ganarse una subsistencia que, en estos momentos, le parecía sin sentido. Antes tendría que descansar y recuperar las fuerzas agotadas en la interminable dicusión de la noche anterior, recobrar la energía perdida en escuchar reproches y tratar de defenderse de ellos; en hurgar en sus profundidades en busca de lodo para aventárselo a esa mujer que, de buenas a primeras, le había salido con que “se me acabaron las pilas”, queriendo decir con esa estúpida frase que ya se había agotado el amor eterno que le había profesado meses antes. O, mejor dicho, que ya había encontrado otro cauce. Su antiguo cauce, para redondear la humillación de ver que se iba con aquél de quien habló pestes y a quien no se cansó de insultar y de llamar “poco hombre” por haberla dejado la primera vez.


Sí, claro, tendrían que pasar muchas cosas para que volviera a ver las cosas como las veía apenas veinticuatro horas antes. Tenía mucho por digerir, mucho por olvidar y mucho más por perdonar. Pero lo primero, claro, era pagar su consumo en el café de Li, ponerse la chamarra que había colgado del respaldo del banco, salir, buscar un taxi que la llevara a su casa, entrar... clavarse en las minucias cotidianas, fingir que todo importa, que todo es emocionante. Recordar que hay que hacer un trabajo, pagar el teléfono, mandar a arreglar la olla exprés, recoger la ropa de la lavandería. La vida cotidiana como terapia, ¡eso era! Levantó la mirada y vio que la chica del espejo ya le estaba sonriendo de nuevo.


Envía por correo esta nota



Recordar mis datos (?)



Todos los datos personales que proporcione aquí estarán regidos por la política de confidencialidad de Blogger.com. Más...

Esta bonito...

De esos cafés como el Li, cargados de historias, en sus personajes. Siempre es atractivo y su magia radica, precisamente en eso, en encontrarse con el pasado, en el presente y "vivir", "dibujarse", las historias de los allí presentes, acompañado de una taza de café bien caliente..Saludos!

Gina

Veo muy asociado este relato al de "La vi alla" y me da la sensacion de que es el epilogo de este historia, espero que no sea asi, ya que siento que todavia hay mucho que contar

Muy interesante como siempre, deberias considerar seriamente en escribir un libro

Saludos

Lalo:
En realidad esto no es el epílogo, sino el prólogo, ya que se refiere al final de una relación anterior. Y sí, siempre quedan muchos qué contar. Supongo que una vez que haya hecho el relato de toda mi vida, haré el relato de cómo lo hice. Saludos.

No te quedes callado

 

¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

  • Mi perfil (de frente)
Diseñado para Blogger
por Blogger Templates