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domingo, noviembre 27, 2005 

Homenaje a don Jesús

Conocí a don Jesús cuando yo tenía 15 años y él tendría sesenta y tantos. Era el padre de unos amigos de la escuela, con quienes me empecé a llevar al terminar la secundaria.

Siempre lo veía de boina y cigarro (fumaba Delicados, por cierto), como caricatura del clásico refugiado español. Además de fumar, don Jesús tenía un vicio: hablar. Y no hablar en general, sino hablar específicamente con jóvenes, pues decía que de esa manera “se rejuvenecía”. Quizá haya tenido razón; en los diez años siguientes siempre lo vi igualito, no perdió más pelo del que ya había perdido cuando lo conocí, ninguna arruga nueva apareció en su rostro. Y sobre todo, nunca perdió la jovialidad.

Cuando iba a su casa él siempre platicaba conmigo. Hablaba de muchísimas cosas, como es de suponerse, pero siempre tuvo un tema central, una preocupación constante: el valor humano y, más precisamente, la importancia de conservarlo en una era en la que él veía que se estaba perdiendo la dimensión humana de la vida.

Yo no entendía bien a bien muchas cosas de las que él me decía; al menos no esa época. Estaba muy chica para entender las premuras del tiempo, para pensar en el futuro, para tener referencias del pasado. Pero muchas de sus palabras se me quedaron y aún a la fecha las recuerdo, junto con su eterna sonrisa, y una chispa traviesa en los ojos, que le brotaba siempre que me soltaba alguna de sus paradojas.

Con los años, y por esas razones médicas que nunca acabamos de entender, don Jesús sufrió una embolia que lo privó de sus dos vicios. El médico le prohibió fumar y perdió el habla.

Me confieso egoísta: me dolía tanto verlo así que dejé de visitar su casa. Simplemente no toleraba la idea de verlo apagado, vuelto un bulto sentado ante la televisión. Las primeras veces que lo llegué a ver en esa condición, sus intentos de volver a platicar conmigo eran tan patéticos, que yo tenía que hacer un esfuerzo indecible para no llorar.

Pagué muy caro mi egoísmo: meses después, mi amigo me llamó para avisarme que don Jesús había muerto de un paro cardiaco. La sensación de culpa fue abrumadora... ¡tantas cosas que no le dije, tanto tiempo que no le dediqué, tantas veces que lo evité!

Aunque él se declaraba ateo, su esposa le mandó decir unas misas. Yo fui a una de ellas, en una iglesia consagrada a san Judas Tadeo. Me tuve que sentar hasta atrás de la nave pues estaba llore y llore. En esa ocasión decidí hacerme devota de san Judas, en memoria de don Jesús, y durante varios meses efectivamente asistí a una iglesia a prenderle su veladora cada día 28.

Ya han pasado varios años desde la muerte de don Jesús y sigo lamentando haberme alejado de él en sus últimos tiempos. Y hace poco me di cuenta de que ni siquiera recuerdo la fecha exacta de su muerte. Pero creo que era más o menos por estas fechas, pues el día de su misa hacía un frío del demonio. La devoción por san Judas, por cierto, no me duró mucho tiempo, pero ya que mañana es día 28, quisiera ofrecer esta vela en memoria de don Jesús. No sé dónde esté (¿habrá un cielo para los ateos?) pero ciertamente ocupa un lugar muy especial en mi corazón.


 

En busca de las búsquedas

Preferiría no saber cómo es que alguien llegó a este blog con esta búsqueda.


 

Qué hacer cuando se descompone el coche

Toods nos extrañamos este sábado en la mañana, cuando Matilde nos avisó desconsolada que su marido, el ingeniero Benavides, no había llegado la noche anterior de Guadalajara. La extrañeza se debía a que el ingeniero está considerado un hombre recto e intachable, incapaz de desviarse de sus obligaciones conyugales. Pero no faltó una que otra ceja levantada y un asomo de burla ante la aflicción de Matilde. Claro, las mujeres se condolieron de ella pues, en su avanzado estado de gravidez, “cualquier mortificación puede ser fatal”, como sabiamente advirtió doña Meche.

Como moderno hombre de ciencia que es, yo sabía que el ingeniero siempre carga con su celular, por lo que le pregunté a su esposa si ya le había marcado.

—Es que me contesta la grabadora de que está fuera de servicio.

Claro, como buen hombre de ciencia, dedicado a difundirla en su modalidad de profesor de secundaria, el ingeniero es bien prángana y nunca trae crédito en su celular, por eso no podía recibir llamadas de larga distancia. Le propuse a Matilde que fuéramos a abonarle crédito en algún cajero automático para poder llamarlo.

Al filo del mediodía finalmente entró la llamada. El ingeniero ya venía de regreso en su coche, que había sufrido un “desperfecto” por lo que tuvo que pasar la noche en la carretera.

Varios vecinos pusieron en duda la versión del ingeniero, razonando que su profesión le hubiera permitido arreglar cualquier problema del coche. Sin embargo, Benavides es ingeniero químico cosa que, en sus propias palabras, sólo lo capacita para abrir la tapa del motor y rezar por un milagro que se lo arregle.

—A mí que me pongan probetas, no engranes—, comentó el ingeniero una vez de regreso en su casa.

Recordé haber hecho lo mismo cuando tuve el problema con mi coche: abrí la tapa esperando ver algo muy obvio, un cable desconectado, una banda suelta o algo evidentemente fuera de lugar. Pero los coches son mucho más complicados que eso y saben ocultar sus desperfectos a la vista del lego.

Ése es el precio del progreso. La descompostura de una carreta suponía simplemente un eje roto, cosa que el mismo arriero podía arreglar. Pero para reparar un coche se necesita más que buena voluntad (¿verdad, Mosquitos?). Lo mismo ocurre con la computadora: cuando tenía problemas con mi máquina de escribir, varias veces yo misma los arreglaba, pues por lo general era un ganchito zafado (de los que transmiten el movimiento de las teclas a los tipos). Pero si mi computadora se traba, lo único que me queda es apagarla y volerla a prender, confiando que en el ínter el artefacto va a recapacitar y a funcionar como debe.

Bueno, pues volviendo al asunto del ingeniero, habrá que agregar que no todos los vecinos quedaron conformes con la explicación que ofreció. A más de uno le pareció sospechosa su desaparición en viernes, “la noche más animada en casa de doña Amparo” y aprovecharon para criticarlo ferozmente; otros, más piadosos, agregaban que había que ser comprensivos con el ingeniero.

—Como quiera es hombre y tiene sus necesidades. Y Matildita no está en condiciones de cumplirle...

Creo que no habrá forma de acallar las maledicencias de la colonia. Éstas, como tantas veces hemos visto en la prensa, sólo se agotan cuando surge un nuevo objeto de interés. El ingeniero puede estar tranquilo: no tardará en aparecer otro motivo de escándalo.


viernes, noviembre 25, 2005 

El regreso del mago

Hace unos días, Ontiveros regresó de Morelia, con sus finanzas restablecidas al parecer de manera milagrosa. No, no es retórica; literalmente fue un milagro el que sacó a Ontiveros de sus carencias. Y ayer que me lo encontré en la recaudería (el señor, por cierto, es vegetariano y trae pleito casado con Elpidio, el carnicero) me platicó la historia. Yo la paso al costo, reservándome mis comentarios.

Ontiveros se instaló en lo que hasta entonces había sido el cuarto de triques de su hermano, separado del resto de la casa por el jardín. Ese le permitiría disfrutar de cierta libertad de movimientos. No que Ontiveros fuera muy movido, sino más bien el hermano temía que su presencia interfiriera en la placidez de su vida conyugal, de por sí perturbada por la oposición de su esposa a la presencia del cuñado pobre.

De costumbres metódicas, Ontiveros se levanta en punto del mediodía (cuando “la energía del Sol está en su culminación y se puede aprovechar mejor”, según explica) y dedica los primeros momentos de su jornada a haraganear en la cama, repasando la agenda del día. Después cumple un elaborado ritual que incluye limpieza de cara, cepillada del poco pelo que le adorna el cráneo y un minucioso examen de la lengua (para diagnosticar el estado de sus intestinos) y de los dientes, más para comprobar que ahí sigan que para lavárselos, pues Ontiveros asegura que la higiene dental es “un mito fomentado por las compañías de dentífricos”.

Una vez vestido y acicalado, Ontiveros se dispone a desayunar. Como ya dije, él es vegetariano y esa condición, llevada al extremo, le impide el consumo de huevos (“animales en embrión”), por lo que su desayuno consiste en quesadillas. A Ontiveros le gustan las tortillas de harina integral pues, según él, “engordan menos”. Que yo sepa, no hay ninguna base para suponer que las cinco quesadillas de harina integral que suele despacharse a modo de desayuno engorden menos que dos de tortillas comunes, pero allá él. Además, ya dije que me iba a reservar mis comentarios y no me voy a poner a criticar sus hábitos alimenticios.

Pues bien, el día del milagro, Ontiveros se preparó sus quesadillas en la hornilla eléctrica que instaló en su cuarto (la cuñada le tenía prohibida la entrada a la cocina desde que descubrió que a Ontiveros le gusta desayunar en calzoncillos): colocó el comal, lo embarró generosamente de aceite y puso a freír la primera quesadilla de la serie. Al darle la vuelta fue cuando ocurrió el milagro: entre las partes crudas y fritas de la tortilla se había formado la inconfundible imagen de la Virgen de Guadalupe. Dada la solemnidad del momento, le cedo la palabra a Ontiveros para que sea él mismo el que narre el suceso:

—Al darle la vuelta fue cuando ocurrió el milagro: entre las partes crudas y fritas de la tortilla se había formado la inconfundible imagen de la Virgen de Guadalupe.

Llevado de su innato espíritu científico, Ontiveros quiso comprobar la validez del milagro, no fuera a ser que el rigor investigativo de un Carlos Trejo o un Jaime Mausán se lo viniera a echar por tierra. Así, colocó la imagen milagrosa en un plato y rezó para que le concediera un milagro. De nuevo le cedo el micrófono a Ontiveros.

—Sentí un leve dolor de cabeza, señal inequívoca de que en alguna remota neurona de mi cerebro se estaba gestando una idea. Turbado y sorprendido, un poco mareado y falto de aliento, tuve que regresarme a la cama.

El resto es historia. Ontiveros le tomó una foto a la quesadilla milagrosa y la sacó a subasta en eBay. Ahí volvió a manifestarse la sorprendente potencia de la reliquia: no faltó un gringo que le ofreciera 28 mil dólares, suma que, como queda dicho, le permitió a Ontiveros regresar a su terruño y continuar con sus investigaciones para anormales.


miércoles, noviembre 23, 2005 

Las inmoralidades de la moral

No ser practicante no me exime de la moral católica. Vivo en una sociedad que se rige mayoritariamente por los dictados de la Iglesia y que, peor aun, está acostumbrada desde hace siglos a renunciar al ejercicio de la razón y a normar sus criterios conforme a la doctrina católica.

Por lo mismo me preocupa la instrucción del Vaticano que se dio a conocer este martes, en la que se refuerzan y remachan algunos prejuicios que ciertos sectores optimistas creíamos que ya estaban desapareciendo. Me refiero en concreto a la prohibición expresa de ordenar sacerdotes y diáconos homosexuales.

Es muy curiosa esta moral de la Iglesia. La instrucción, emitida por la Congregación de Educación Católica, señala que "no se puede admitir en el seminario ni en las órdenes sagradas (diaconado y sacerdocio) a quienes practican la homosexualidad", esto es, a quienes tienen relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. Esto, supongo, deja abierta la puerta a los miles de sacerdotes que tienen relaciones con mujeres. Pero, a ver, vamos por pasos, ¿dónde quedó el voto de castidad? ¿Por qué el Vaticano siente la necesidad de prohibir específicamente las relaciones homosexuales cuando ya tiene prohibidas las relaciones sexuales en general a sus ministros del culto?

Hasta ahora, la Iglesia se había querido ver compasiva con los homosexuales y hacía el distingo entre la “tendencia” y la “práctica”: el individuo puede sentir atracción por personas de su mismo sexo, pero sólo cae en pecado si consuma dicha atracción. Aun más, “vencer la tentación de la carne”, como dirían, resultaba encomiable. El homosexual católico que reprimía sus deseos aseguraba de esa manera su parcela en el cielo.

Esto, obviamente, valía tanto para los laicos como para el clero. Y es lógico. Si de todos modos los padrecitos no van a tener relaciones sexuales con nadie, da lo mismo que no se acuesten con hombres que con mujeres. La única diferencia en ese caso sería el objeto de su devoción que les permite sublimar su libido: los sacerdotes heterosexuales la subliman dedicándose a alguna de las once mil advocaciones de la virgen María, mientras que los homosexuales lo hacen con alguien como san Esteban (proclamado por la misma comunidad gay como su patrono).

Bueno, pues ahora ya no se va a poder. Ahora se les negará la ordenación a quienes tengan relaciones homosexuales (insisto con mi pregunta: ¿qué hay de los que tienen relaciones heterosexuales?). Y, no contento con eso, el Vaticano barre de una vez con "quienes presenten tendencias homosexuales profundamente arraigadas y que apoyen lo que se llama la cultura gay" y también les impide alcanzar el sacerdocio. De remate, deja a juicio de superiores y maestros determinar qué seminaristas y novicios presentan estas tendencias. “¿Mariquitas en mi convento? ¡Nada de eso, señor! ¡Queda usted expulsado por andar viendo con mirada concupiscente las estampitas de san Martín de Porres!”

La Iglesia ya les negaba a los homosexuales el sacramento del matrimonio (el séptimo); ahora les niega el sacerdocio (el sexto sacramento). A este paso, empezará a negar el quinto, la unción de los enfermos, y se seguirá hasta negarse a bautizar a un niño que presente “tendencias homosexuales profundamente arraigadas”.

No me digan que esto no me afecta porque de todos modos yo no quería ser sacerdote y ni católica soy. En efecto, no me considero católica y menos tenía pensado abrazar la carrera del sacerdocio (por lo demás, negada también a las mujeres). Pero no quiero vivir en una sociedad en la que los homosexuales son considerados indignos de dedicarse al servicio de su Dios. No quiero vivir en una sociedad que actúa como si no existiera un nutrido número de sus miembros. No quiero vivir en una sociedad que permite un clima de acoso e intimidación contra uno de sus sectores. No quiero vivir en una sociedad que condena a alguien por su naturaleza, por un factor que está fuera de su control, por una característica genética. No quiero vivir en una sociedad prefascista, pues, y no creo que nadie lo desee.


martes, noviembre 22, 2005 

De mañana

Despertar, pensar en ti y sentir que me recorre la cara un relámpago de alegría.


 

La sonrisa de Mona Lisa

Ya la había visto antes. Y había visto que me veía. Nos encontrábamos de repente en la panadería y en la recaudería. Así me enteré de que se llama Mónica y le dicen Mona. También me enteré de que los chamacos malcriados de la colonia, dada la deficiencia de sus glándulas mamarias, la llaman Mona Lisa. Deficiencia que, permítanme agregar, se ve compensada con creces en otra parte de su anatomía, mucho más atractiva desde mi punto de vista, ya que creo haber superado ampliamente la etapa del destete.

Saber que la llamaban Mona Lisa y verla sonreír —con cierta timidez, por cierto— me remitió a aquella película de Julia Roberts, que no me desagradó del todo pese a su alto contenido de melcocha y ser una versión femenina de La sociedad de los poetas muertos, con el también experto en melazas de varios sabores Robin Williams, actor prohibido para los pacientes de diabetes.

Pero ya divago. En realidad quería hablar de Mona, de sus ojos obscuros, de su nariz recta, de su pelo negro y cortito. Y sobre todo de su sonrisa. ¿Ya dije que estoy hablando en primera persona? ¿Que era yo, esta tecleadora, la que se inquietaba al verla por la calle y la seguía con la mirada ansiosa después de intercambiar los breves saludos que dicta la cortesía? Sí, era yo la que tejía fantasías fundamentadas sólo en su sonrisa y en una lejana chispa que alcanzaba a percibir en su mirada. Con todo el cinismo del mundo, aprendí a pedirle a Dios que no permitiera que me fallara el instinto.

No me falló. En una ocasión coincidimos en el banco y la espera de nuestro turno nos permitió avanzar más allá del bueno días. Así supe su nombre completo y supe también que era secretaria en una empresa constructora.

Estaba fascinada. Era la primera persona —hombre o mujer— que no sólo sabía quién era Django Reinhardt sino que en verdad le gustaba. Igual que a mí, a Mona le dolió en el alma no tener dinero para comprar el álbum de homenaje de Gershwin que sacaron para el centenario de su nacimiento. Y en la cuna fue arrullada por Pink Floyd. Había recorrido el jardín de los senderos que se bifurcan, vislumbrado el alef y cerrado tras de sí una puerta que jamás habría de volver a abrir.

Nunca he creído en el argumento de las “almas gemelas”: toda relación requiere de algo más que un inventario de gustos e intereses compartidos. Siempre me pareció banal ese argumento, más que nada por sentirlo como disfraz de una necesidad urgente de compañía. “Es que fue amor a primera vista” siempre lo traduje como “Es que ya no soportaba la soledad” (está bien, soy traductora, ¿qué esperaban?).

No podría decir que con Mona he aprendido nada... pero sí tengo la sensación de estar aprendiendo. Cosas tan sutiles que todavía no las localizo en mi limitado vocabulario. Lo que ya sé es que hay algo más en esta vida. Y que vale la pena vivir para encontrarlo... Chale, esto último me salió como para hacer una presentación en PowerPoint y mandarla a todos mis contactos. Prometo no volver a escribir nada bajo la influencia de la sonrisa de Mona Lisa.



Mona Lisa and Mad Hatters (Indigo Girls)

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¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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