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lunes, diciembre 19, 2005 

Para el fin de año

Mañana salgo de vacaciones, con el plan de regresar a principios de enero. A mis amigos, lectores y al uno que otro detractor que se ha colado por aquí, les deseo que pasen muy feliz temporada de fiestas y tengan todos un próspero año nuevo. ¿Por qué el año nuevo ha de ser próspero y las fiestas felices? Bien podría ser al revés. En todo caso, amor y paz para estos días y los que vengan.


lunes, diciembre 12, 2005 

Apuntes para una depresión

La depresión no tiene causa visible, no entiende razones ni atiende consejos. Parafraseando a Pacheco, diríamos que no tiene principio: empieza donde la encontramos por vez primera y nos sale al paso por todas partes..

Sus manifestaciones visibles son las cuatro envolturas de Magnum de chocolate que quedaron en el piso de la sala, la tarde pasada viendo Animal Planet, la cobija con que me tapé para dormir en la sala esa noche, en lugar de irme a mi recámara, los tres libros abiertos, sin leer, incapaces de atraer mi atención, y el disco de Chopin, oído una y otra vez.

Los domingos en la mañana iba a ver a mi papá jugar beisbol. Los domingos, como su nombre lo indica (al menos en otros idiomas), son días de sol, las mañanas son calurosas y sus cielos están despejados. Mi papá estaba muy orgulloso de ser el cuarto bate y al menos recuerdo una vez que lo vi conectar un triple play para darle la victoria a su equipo.

Los cerillos pueden encenderse espontáneamente por el calor, me consta. Así ardió una vez la chamarra de mi papá, en la que traía una caja de cerillos y que quedó bajo los rayos del sol mientras él estaba jugando. El humo llamó mi atención y de pronto vi surgir las llamas. Me pareció sumamente divertido, claro, y no hice nada por apagarla. Simplemente me quedé viendo la chamarra ardiente. No recuerdo que mi padre se haya molestado por el incidente.

No sé si la depresión tenga que ver con la añoranza.

La depresión es como una trampa para anguilas: es fácil entrar, pero imposible salir. No se sale voluntariamente de ella. Es inútil levantar inventarios de “bendiciones”, de causas de alegría o por lo menos de contento. La vida puede ser perfectamente satisfactoria y, empero, esconder en algún doblez el aguijón de la depresión.

Por último: no busquen mis defectos, quedarían abrumados ante tan descomunal tarea; quien realmente tiene espíritu de investigador busca las minucias. Entre ellas quizá descubrirían alguna de mis virtudes.


miércoles, diciembre 07, 2005 

Micaela hace feng shui

No sé quien cometió el error de prestarle a Micaela un libro de feng shui. Y, bueno, el verdadero error fue que no calculó que efectivamente lo iba a leer. Y así, el otro día que regresé del mercado, me encontré con que había cambiado de lugar los muebles de la sala.

—Es que se le bloqueaba su chi a la sala—, me dijo a modo de explicación.

El cambio de muebles no estaba tan mal, así que preferí no discutirle y dejar así las cosas. No quise arriesgarme a oírla predicar sobre la importancia del Pa Kua y la disposición de los objetos.

Quizá animada por esto que fue su primer éxito, la semana siguiente Micaela apareció en la casa con un bote de pintura. Estaba convencida de que mis problemas domésticos se debían al arco color rojo de la entrada.

—El rojo es un color muy agresivo y por eso...

Se quedó callada, con un poco de vergüenza, agachando la mirada.

—¿Por eso qué?—, le insistí.

—Ay, seño, es que a veces sí siento malas vibras cuando entro a su casa... no me lo vaya a tomar a mal.

Micaela quería pintar el arco de color salmón, lo que no me pareció mala idea, así que yo misma le ayudé a hacerlo. En treinta minutos habíamos “neutralizado” esa fuente de discordia.

Tengo que confesar que esta moda del feng shui siempre me pareció sospechosa, al igual que todas las ideas orientales que, al pasar por el filtro comercial de Estados Unidos nos llegan teñidas de mercadotecnia y disfrazadas de remedios de todo tipo de mal. Sin embargo, he de reconocer que, al menos los primeros días, sí noté cierto cambio en Micaela, a quien veía de mejor humor y, me da pena cierta pena decirlo, menos atarantada.

Lo que definitivamente no pude permitirle fue lo que propuso semanas después, cuando llegó armada de planos para llevar a cabo una remodelación completa de toda la casa. Según ella, la ubicación del baño estaba haciendo que mi prosperidad literalmente se estuviera yendo por el caño, la cocina era fuente de desgracias de todo tipo y había que cambiar la orientación de varias ventanas para permitir la libre circulación del famoso chi.

El presupuesto que me traía rebasaba varias decenas de miles de pesos y creo que eso encendió la primera señal de alarma.

—¿De dónde sacaste este presupuesto?—, le pregunté tras examinar las varias páginas que lo formaban.

—Me lo dio el profe Ontiveros... él ha estudiado mucho estas cosas. Y me dijo que también puede localizar el “nido del dragón”... ¿sí sabe lo que es? Es donde se juntan sus energías de la tierra y...

—Mira, Mica, para empezar, la casa es rentada y no puedo meterme a remodelarla sin permiso del dueño.

—Pero, es que... el chi...

—Ni voy a gastar miles de pesos que no tengo en algo en que no creo...

—Es que el profe dice que eso se paga solito, con lo que va a ganar después... ¿no ve que tiene que cuidar su prosperidad?

—Será la prosperidad del profe; está cobrando un buen pico por su “consultoría”.

En efecto, ese renglón del presupuesto constituía casi la mitad del total. De pronto me asaltó una idea tan terrible que hubiera preferido no expresar; pero no podía quedarme con esa pregunta:

—Oye, ¿y a ti te da alguna comisión el profe?

Micaela abrió grandes los ojos, sintiéndose descubierta. Pasada la primera turbación, alcanzó a responder.

—Bueno, es de que... o sea, yo vengo a ser algo así como su ayudante, y pues, entonces... o sea de que, pues si es justo que me pague algo, ¿no?

No sé si sentí tristeza o coraje de ver a Micaela reclutada para la causa de la charlatanería con taxímetro. En todo caso, no tenía ni tiempo ni ganas de sermonearla ni, mucho menos, de ponerme a discutir de ética con ella. Con todo, tomé nota mental para reclamarle a Ontiveros la próxima vez que me lo encuentre en la recaudería. No se vale que me ande corrompiendo a mi fuerza de trabajo.


domingo, diciembre 04, 2005 

Mi amiga Violeta

Violeta es una mujer menuda, chiquita, delgada, de ojos grandes y sonrisa generosa, con un corazón tan noble que yo me preguntaba qué hacía aquí, viviendo entre tantos lobos. Madre soltera desde los 22 años, a los 25 salió de su natal Lima para venirse a vivir a México, no tanto en busca de fortuna, sino para poner distancia entre ella y el padre de su hijo, que le hacía la vida imposible.

Bueno, ésa fue la versión oficial, al menos la que me contó cuando la conocí en casa de unos amigos. Fue gracias a ellos como pudo entrar a trabajar en una empresa litográfica, establecerse más o menos, y tiempo después mandar por su hijo, que había quedado al cuidado de su madre.

Había algo cautivante en ella. Es posible que su acento peruano y el hecho de oírla hablar de Lima me hayan evocado algún personaje de Vargas Llosa y que tan sólo por eso me haya parecido simpática. Pero ése no fue el único factor. Había algo en la calidez de su voz que invitaba a escucharla, algo me conmovía en sus palabras tan apasionadas, una como chispa en los ojos, o cierta electricidad en el movimiento de sus manos al hablar...

Meses después, por la confianza o quizá porque ya le dejó de importar una vez reunida con su hijo, me reveló el carácter “levemente” político de su autoexilio. Debido a su ocupación como diseñadora gráfica, su nombre figuraba en la libreta de la secretaria de un departamento de una universidad (con todo, no me quiso decir el nombre de la universidad). A raíz del arresto de Abimael Guzmán, en 1992, y la ola de detenciones que se sucedieron, resultó que dicha secretaria era miembro de una célula urbana de la organización terrorista dirigida por el peligroso “presidente Gonzalo”. Un conocido suyo de la Dirección de Seguridad le advirtió que ese débil vínculo la volvía susceptible de ser detenida también. Aprovechando el pitazo, y sí, un poco también para alejarse del padre de su hijo, Violeta empacó sus cosas y esa misma noche voló a México.

No ha querido regresar a su país, ni aun después de aclararse las cosas y levantarse las sospechas que pesaban sobre ella. Asegura que aquí tiene muchas más oportunidades y está convencida de que México sigue siendo un país en el que se sigue recompensando el esfuerzo y el trabajo. Dice que allá en Perú, trabajando lo que trabajaba en México, no viviría tan bien como acá.

Los mexicanos que la escuchan apenas pueden contener una expresión de ligero desdén. Están convencidos de vivir en el peor de los países posibles y si ella no se da cuenta de eso, es por su ignorancia o su carácter de extranjera. Por supuesto que nadie se atreve a contrariarla. El deporte nacional de los mexicanos es quejarse de la situación, culpar a los demás y buscar responsables de los errores propios. Y luego nos da coraje que vengan extranjeros a “quitarnos” oportunidades.


¿Quién soy?

  • Yo soy Georgina
  • de Mexico
  • Quisiera ser heteróclita e indefinible: no me gusta que me encasillen. Claro, la sociedad ya tiene una casilla bien definida para gente como yo. En todo caso, no seré yo quien se meta por su gusto en ella.

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